El escritor está a la cabeza del dolor, de sus memorias y de la tensa satisfacción. Además, cuando lo hace con nivel refleja secretos en torno a su vida. Con lo vivido en la infancia, la adolescencia y la madurez, el narrador se desenchufa de la hostilidad de los accidentes de la condición humana.  La tradición literaria ha preferido las duras condiciones a las felices, los huracanes devastadores a las resacas. En la novela, Treinta años de silencio de Idelys Izquierdo Laboy presenta una relación urgente de hechos personales en carne y hueso. El relato es un camino espinoso donde lo que se considera pertinente es saboreado con el corazón en la mano sin tener miedo de las consecuencias.

Desde la primera página, se echan sobre el tapete las cartas del suicidio de la madre Maita Esmeralda. El personaje de Deliris es la hija narradora y protagonista consciente de sus límites entre lo que se puede decir y callar. El egoísmo es siniestro. A una hija de seis años se le vino el mundo encima. ¿Qué demonios es el suicidio? ¿Es el suicidio la única estrella o ancla de salvación?  La novela es un remolino que no para de girar en la cabeza de Deliris.

El suicidio intencional y sus consecuencias son las bisagras que unen al instante fatal, un 24 de enero de 1971 con los siguientes treinta años de preparación afortunada. Ciertamente, el artista dispone muchas veces de recursos para superar las crisis exteriorizando su angustia para después compartirla con la humanidad. Stefan Zwaeig, escritor extraordinario, nos machaca que el escritor hace del problema que atormenta su alma, una preocupación universal.

En Treinta años de silencio la autora hace de su angustia una preocupación que atañe primero a ella y luego a su país. Y no es para menos, en nuestra isla del año 2000 al 2024, se reportaron unos 7,000 suicidios.  Ciertamente, no es fácil entender el suicidio pero el suicidio de la madre en presencia de sus hijos,  es algo verdaderamente horroroso.

En esta época de la vida, el cerebro de una niña entiende de sobrevivencias y no del arte ni de la dignidad que vendrá después. La vida consiste según Izquierdo Laboy en superar la angustia: la tacita de café, la búsqueda de Cristo, las pesadillas, los esposos perversos y hasta se puede remontar el colchón de los abuelos. Por decirlo de alguna manera, Treinta años de silencio es un relato de la dignidad que consiste en transformar el yo atormentado en un yo inquietante y creativo. En Deliris, la voz cortada se proyecta como una fuerza de alerta, de resistencia y, sobre todo, de enseñanza para alcanzar las fronteras rotas del otro.  Treinta años es un tiempo considerado en una persona pero en la vida de un pueblo es un pestañear de ojos.

La obra referida, pudo haber sido, mal que bien, un texto de venganza que oliera a rabia, a letras amargas o a pasatiempo como hacen los escritores exitosos de consumo de emociones. Por el contrario, las reminiscencias de Deliris, producen detonantes para darle la lucha al pasado atado a reglas del sometimiento.  En el esfuerzo poético, a la narradora le toca marcar las líneas de trabajo entre la morbosa realidad y la ficción emancipadora.

Idelys Izquierdo Laboy: una escritora afortunada pero su vida no ha sido fácil

Como la escritora respira confianza y naturalidad, no necesita un lenguaje mordido por venganza patriarcal ni reclama indemnizaciones durante treinta años. La cordialidad de la escritora va por lo relevante. La escritora de Treinta años de silencio no defrauda ni se rehabilita porque no está enferma. En todo caso se ha curado con Platón y Ortega y Gasset.

¿Qué puede hacer una niña de seis añitos con la marca del suicidio de la madre? Enloquecer, quedarse postrada con los nervios hechos polvo o repetir de mujer y madre la experiencia de Maita Esmeralda sin duda ese no fue el camino a seguir por Deliris.

Por otro lado, ¿qué puede hacer un alma asfixiada por la infancia y la adolescencia? ¿Qué puede sacar de útil una escritora con las imágenes de una taza rota, de un sancocho y de una caligrafía bonita sobre la mesa? ¿Qué puede hacer, señores, Deliris con esa dura fotografía de ver a la madre vestida de negro en brazos de un vecino que la lleva moribunda a la ambulancia?

De esta fotografía se han escrito miles de volúmenes de libros de psicología y de autoayuda que llenan las librerías. Sin embargo, poco a poco, Idelys Izquierdo Laboy ha logrado escribir una novela interesada más en la esperanza y menos en esos vientos que generan tempestades comerciales y patológicas.

Las duras emociones, los traumas del pasado son experiencias que un escritor valiente no puede pasarlas por alto cuando le ve utilidad creativa.  Es notable cómo la narradora acude desesperada al monte de piedad sin resultado alguno. La lucha de Idelys Izquierdo Laboy es ardua antes de alcanzar el estatus de fabuladora vehemente como lo han logrado muchas de sus colegas escritoras. La creatividad es la instancia de la humanidad, es la empatía del artista que le otorga independencia y protagonismo literario. El escritor, bien hallado, no se pone de rodillas a la ley moral, los prejuicios, la injusticia o la mentira.

No tenemos otro modo más que la vida que llevamos y no podemos pedirle algo más allá que lo vivido. Y eso es lo que se cuenta con fuerza y sensibilidad poética. En 30 años de silencio, Maita Esmeralda es la hermana de Antígona encarnada en Lajas. Maita es condenada por la moral narcotizante. La intolerancia es poder y la violencia es posesión. Aquí repito una frase de Sigmund Freud: “de tus vulnerabilidades saldrán las fortalezas”.  Este libro marca un camino a recorrer y la última parada es la fiesta de la consagración de la vida buena.

El Treinta años de silencio de mi colega Idelys Izquierdo Laboy es, además, un libro de contención entre violencia y mesura, atraco y rescate, estafa y reivindicación, pueblo y metrópolis, entre silencio y visibilidad.  El desafío es mantener en vilo la gramática y la literatura pues el lenguaje y contenido están moldeados por un estilo de decir las cosas por más duras que sean.

Debo decir que las tragedias que nos acompañan suelen ser trampas para el escritor, suele ser una jaula o callejón sin salida donde se pudre la creatividad.  Un escritor prudente no necesita contar tal cual su tragedia entera porque ningún dolor es mejor que otro.  Un huracán de dolor no es equivalente a escribir una obra tormentosa mientras que la desesperación por novelar y ganarle terreno al dolor es mala amiga de la creatividad.

Un escritor cabal responde a un pasado angustioso con calma, conocimiento y con absoluta tranquilidad. Treinta años de silencio es mucho tiempo para despejar la paja del grano, lo útil de lo inútil. Una treintena de años es la mitad de la vida para que el escritor pase de la mera reconciliación al destino definitivo de contar una historia sin ambiciones personales.

Pues bien, Idelys Izquierdo Laboy, después de treinta años se atrevió a cruzar la frontera entre la mordaza y el ruido, entre ocultar y la detonación. Cuando el escritor temeroso cruza esa frontera dice al otro lado” yo conozco la verdad, ya que he sufrido permítame decirle que el dolor ha sido regalo del destino”. El escritor que se muere de vergüenza es un martirio para su creatividad y su obra merece el desprecio.

El abismo y lo perverso en Treinta años de silencio hicieron su trabajo para que surgiera la figura golpeada de la escritora y la poesía al mismo tiempo. Esa es la aguda tesitura: los escritores no son unos santos pero la voluntad de escribir es sagrada. Ellos no descansan en el camino de la creatividad. La vida y sus episodios iniciales no fueron muy gratos para Deliris pero  fueron el combustible, la leña del fuego que calentaron  la temperatura de la creatividad de su homóloga escritora Idelys.

La vida pasada es la cantera del escritor. El escritor que deforma su propia vida producirá una obra mediocre. Emil Zola decía que solo la verdad y la realidad podían producir una obra de arte. A lo largo de la novela podemos ver que no solo la narradora Deliris da a conocer los accidentes sino que lo hace dando la cara con sinceridad. Es de ella lo que calla y es ella la responsable de lo que habla. Así son las cosas de lo privado y lo público.

Sin embargo, la sinceridad sienta las bases de lo narrado y de lo que va a leer el lector. El lector lee una y otra página y también se da cuenta del temperamento sincero que fluye en la voz del binomio narradora/autor.  Precisamente, este es el enganche que crea Idelys con el lector avispado. Ella cuenta su historia y también transmite el encanto entre la verdad y la sinceridad. La tensión entre verdad y sinceridad es un regalo para nosotros los lectores. Esta obra es a cielo abierto donde la tierra es fango. Sin duda este binomio no carece de dilemas y cuestionamientos.

Siempre la honestidad tiene un precio que pasa factura al escritor que pretende que las cosas leídas sean más bellas. Si se piensa bien una obra narrativa no pide llegar al mundo. Los Treinta años de silencio pasaron respirando sin evadir la vida. Fue indispensable para Idelys que naciera su novela pero para que existiera fue requisito que naciera con libertad, lejos de Lajas, con limpieza, en la distancia, de tal modo, que le diera alas a una nueva ilusión pactada con la esperanza y la literatura. En la biografía Deliris, la ilusión es una herramienta extraviada durante la adolescencia pero cuando surge la madre y la escritora recupera la ilusión de conocer y reflexionar paseándose por el jardín de las delicias que impulsa la actividad creadora.

Yo imagino que el escritor está por encima de las adversidades más brutales. Para escribir hay que estar alejado de lo que estorba.  Ciertamente, Treinta años de silencio es la crónica de un suicidio pero también es un examen para apartar lo que impide la fluidez de narrar una historia absolutamente difícil.

A los seis años la narradora vio, sin entender, la despedida de la madre de nombre Maita Esmeralda a la sazón madre de cuatro criaturas. Telma, la sobrina, le dice a la tía “Te vas a morir”, al verla vestida de negro. Telma es como Calcas, el adivino que predice las tragedias de Troya. Dicho y hecho la joven madre se quita la vida. En ese momento la narradora dormía y se despertaba para terminar una tarea de caligrafía. Después la llamó y la buscó.

Pero su llamado no tuvo respuesta hasta mucho tiempo después cuando la niña se convierte en una mujer puertorriqueña que da lugar  a la ilusión de ser escritora. Este libro es una larga elegía, es como un himno a la muerte inexplicable de la madre. La autora, con el alma estrellada, nos sorprende con su fuerza fraterna después de una treintena de silencios.

El suicidio siempre se convierte en documento del alma y es la pesada carga errante y homérica. Por eso digo que Treinta años de silencio es una extensa elegía que frecuenta la muerte de ayer porque la elegía que nos trasmite Idelys primero echa sombras, luego deslumbra y finalmente estimula a la heredera de la herida.

La elegía ha sido sentida así por Miguel Hernández cuándo perdió a su amigo Ramón Sijé. ¿La recuerdan?

“No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida”.

Treinta años de silencio es un laudatorio a la muerte de una madre golpeada por el maltrato, la superstición y del malicioso cotilleo callejero en un Lajas barrial entrometido con una moral narcotizante.

Julia de Burgos no se avergonzaba de tener miedo: Dame mi número es un canto a la muerte que le iba a llegar demasiado pronto lejos de su patria. Escuchen estos gelidos versos similares a Los heraldos negros de Cesar Vallejo.

Casi no puedo con el mundo,

que azota entero mi conciencia

Dadme mi número, porque si no,

me moriré después de muerta”.

Los capítulos de la memoria novelada se suceden a través de 114 páginas que  van de recuerdo en recuerdo como si nada fuera nuevo ni en la antigüedad ni en el siglo XXI.

Los recuerdos son claves, marcan al escritor y los expropia para que no sucumban.  El escritor los archiva y, aunque le cueste, le ve otra cara más lírica y social. De modo que, imágenes y palabras se convierten en parte de la literatura puertorriqueña. Idelys también eres tú literatura. Te sirve lo que aprendiste de tu pasado, curiosidad y preguntas te sirvieron para comprender. Es una obra estructurada en defensa del cambio de vida.  La esperanza que dibuja Idelys no se rinde como el sol que sale todos los días.

Treinta años de silencio es un libro que llegará a muchos lectores y seguro que cuando lo terminen de leer dirán: Idelys, gracias por ayudar. Por mi parte, estoy agradecido, muy agradecido de Delys, la amiga escritora de Treinta años de silencio  Gracias por leer y escuchar.

Juan Casillas Álvarez

Juan Casillas Álvarez

Escritor y catedrático universitario

Juan Casillas Álvarez. Natural del pueblo de Las Piedras, Puerto Rico.Estudió en la Universidad de Puerto Rico, donde fue estudiante de historia y literatura. Luego en el Centro de Estudios en Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. También hizo estudios graduados en la Universidad de Connecticut donde terminó su maestría en historia comparada. También ha cursado estudios en Harvard University. Ha dedicado buena parte de su vida a la enseñanza en las escuelas públicas de Boston y Cambridge en Massachussets en USA. Ha publicado en Internacional Poetry Review, University of North Carolina. Ha participado en muchos recitales en diferentes ciudades de los Estados Unidos. Su libro de poemas "Lugar Profano” bajo el sello de Isla Negra (2015) es su primer libro de poesía. También, su poesía ha sido publicada en la revista Cine y Literatura de Chile, Trasdelmar de México, Antología de Voz Celestial, Revista kartmesa ambas de Perú. Sus ensayos, relatos y crónica han sido publicados en la Revista Diálogos, Exégesis, 80grados, Revista Cruces, Periódico Claridad, Adoquín Time, Asento, Revista Siglo22 y Letralia. Continúa respirando y machacando la literatura. Actualmente vive en su país, Puerto Rico. casillasjuna40@gmail.com

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