(…) Con ello no hacéis sino demostrado que la hidalga ciudad de Santiago de los Caballeros, que con tan justo título representa en la historia de nuestra cultura, no es tan sólo sede del heroísmo y de la dignidad cívica, sino que también lo es de la idealidad y del estudio. Y es que si aquí hubo un pueblo indómito y bravío que en la jornada memorable del 30 de Marzo supo seguir la inspiración de Imbert y de Valerio; si aquí hubo una Juana Saltitopa que por su femenil arrojo supo rivalizar con su homónima la de Orleans; también hubo valores de vasto saber, cuya vida fue ejemplo y grandeza, como Ulises Francisco Espaillat; poetas de dulce entonación como Peña y Reynoso; tribunos que convirtieron la palabra en rayo apocalíptico, como Eugenio Deschamps… iQuién pudiera tener su verbo para entonar aquí mismo un himno a vuestra gloria inmarcesible, santiagueros! ¡Quién pudiera, como él sabría hacerlo, formar los versículos de ese himno, pidiendo a vuestros históricos bastiones un grito de heroísmo; a vuestro Yaque, sus ondas y rumores; a vuestro cielo, idealidad; a vuestros campos, ver-dores; a vuestras aves, arrullos; a vuestros jardines, color y perfume; y a vuestras bellas mujeres, lila magia luminosa de su sonrisa…!¹
Introducción
Sobre la historia de la literatura de Santiago de los Caballeros prácticamente no aparece nada; solo hay algunos datos dispersos sobre autores reseñados por varios historiadores e intelectuales. Cuando una persona quiere evaluar su pasado literario, se ve sometida a una tenebrosa parálisis bibliográfica. Esta situación es la que nos ha motivado, rebosantes de entusiasmo, a escribir este libro, para el cual hemos investigado durante más de tres décadas. En nuestra provincia hay varios libros sobre la historia colonial²; fue fundada en 1495³, tres años después de la llegada del conquistador Cristóbal Colón en 1492.
La mayoría de nuestros historiadores, investigadores y humanistas han sostenido que la historia de la literatura dominicana comienza con las descripciones que hizo el célebre genovés. Empero, un grupo muy reducido contradice este criterio, argumentando que entonces aún no se había producido la génesis de la nación dominicana. Ambos planteamientos se analizan en este libro como antecedentes históricos: convergencias y divergencias. Presentamos también la presencia literaria en la época colonial, pese a que Santiago no tuvo el desarrollo cultural y literario de Santo Domingo. No obstante, fue construyendo su propia trayectoria con perseverancia, hasta convertirse, como dijo el eximio puertorriqueño Eugenio María de Hostos, en «la provincia más provincia de todas las provincias de la República Dominicana». Durante ese periplo, distinguidas familias y personalidades empezaron a residir en la hidalga ciudad, propiciando un rico y variado desarrollo económico, social, cultural y literario. Aunque las incesantes luchas intervencionistas, caudillistas y dictatoriales provocaron una grave inestabilidad histórica y política en la isla, lo mismo sucedió en nuestra provincia, cabecera Este lado del país denominado Norte[1].
De ahí que muchas familias y escritores se vieran en la necesidad de tener que emigrar a otros países, principalmente Cuba, Puerto Rico, Venezuela y México, donde realizaron sus obras eclesiásticas, históricas, literarias, periodísticas y profesionales. Sin lugar a duda, nacieron en nuestra provincia y se convirtieron en prohombres de una nueva civilización, no solo en el país, sino también en las naciones donde residieron, ya fuera de manera esporádica o permanente. Algunos lo hicieron por conflictos e intereses entre distinguidas familias santiagueras, que obligaron a ciertos parientes a abandonar su terruño natal. El caso más trascendente del período colonial fue el conflicto entre las familias Pichardo y Morell. Lo tratamos en el preludio de esta obra porque fue en ese contexto donde nació y vivió nuestro primer escritor histórico-eclesiástico, Pedro Agustín Morell de Santa Cruz (1694-1768). Emprendimos así un extenso recorrido por la historia de las letras santiagueras, que prosiguió con autores como Gaspar de Arredondo y Pichardo, Leonardo del Monte y Medrano, Tomás de Portes e Infante, Andrés López de Medrano, Antonio del Monte y Tejada, Esteban Pichardo y Tapia. Igual que Francisco Muñoz del Monte, Ulises Francisco Espaillat, Pedro Francisco Bonó, Manuel de Jesús Peña y Reynoso, Eugenio Deschamps Peña, Pedro María Archambault, Enrique Deschamps y Peña, Rosa Smester Marrero, Ramón Emilio Jiménez, entre otros.
Es decir, hay un eje transversal en esta obra: la traslación de nuestros escritores, intelectuales, historiadores y periodistas a otros países, desde donde concretaron parte de sus obras y de sus vidas sin olvidarse de su tierra natal, que, por circunstancias históricas y políticas, los obligó a marcharse sin abandonar su trayectoria cultural. Es un comportamiento que aún persiste, aunque hoy las razones son de mejora económica. Unos y otros nunca han renegado de su cultura, porque eso equivaldría a negar su propio origen, lo que supondría una forma de aniquilamiento cultural; se negarían desde su mismo umbral —la tierra donde nacieron— a ellos y a nosotros, pues es ella la que nos brinda el sentido de pertenencia.
Esas batallas, oscilaciones y enfrentamientos provocaron una literatura del desarraigo —religiosa, histórico‑documental, política y periodística— donde predomina más la prosa reflexiva que una escritura netamente creativa o friccional. Para que esta última se desarrollara, hubo que esperar muchas décadas para que pudiera evolucionar a partir de sus propias realidades culturales. Lo que queda, evidentemente, claro en este libro es que contamos con una vasta y enérgica tradición histórico‑literaria en nuestra provincia, desde el siglo XVII hasta la contemporaneidad. En total, estaríamos registrando, desde 1694 hasta 1899, 205 años de literatura en la historia de Santiago.
Con obras y escritores que figuran entre los mejores de la literatura dominicana del siglo XX. Por ordenanza de José Rafael Lantigua⁴ en 1999 —para concluir ese período, siendo presidente de la Comisión Permanente de la Feria Internacional del Libro, que había creado en 1998—. Sigue explicando Lantigua: «En medio de ese gran momento que se avecinaba, se nos ocurrió la idea —que, de hecho, ya se venía practicando en otras latitudes— de conmemorar el fin de la centuria encargando a un grupo de notables personalidades de nuestra cultura que confeccionaran una lista con los 100 libros dominicanos más importantes del siglo XX, que estaba presto a fenecer…»
«La finalidad del proyecto era motivar la escogencia de cien obras de nuestra literatura que se listarían por su calidad, trascendencia y por haber alcanzado la categoría de notables durante el siglo XX». Hemos extraído los escritores de Santiago tal como aparecieron, incluyendo su colocación numérica: 7. Apuntes para una historia prosódica de la métrica castellana, 1954 (Joaquín Balaguer). 10. Antología clave, 1957 (Manuel del Cabral). 23. La República Dominicana: directorio y guía general, 1905 (Enrique Deschamps).24. Omar y los demás (Franklin Domínguez). 43. Yelidá, 1942 (Tomás Hernández Franco). 51. Al amor del bohío, 1927 (Ramón Emilio Jiménez). 84. La pintura en la sociedad dominicana, 1978 (Danilo de los Santos). 91. Anadel, 1976 (Julio Vega Batlle). 92. Los Estados Unidos y Trujillo, 1982 (Bernardo Vega). 93. Las frutas de los taínos, 1997 (Bernardo Vega). 94. Trujillo y Haití (Bernardo Vega). 95. Historia del derecho dominicano, 1986 (Wenceslao Vega).
De las cien mejores obras del pasado siglo, poseemos 10 obras de 8 autores. Aunque esa sección fue consignada a distinguidos y consagrados escritores e intelectuales nacionales, habría que agregar a otros escritores del país y de Santiago. En el caso de Santo Domingo, debió colocarse propiamente una obra y el nombre de Franklin Mieses Burgos, por ser uno de los poetas más trascendentes de la poesía dominicana del siglo XX; no solo incluirlo como lo hicieron en La poesía sorprendida, donde fue su maestro irrefutable. De la ciudad de Santiago, a Virgilio Díaz Grullón, porque fue quien introdujo en la literatura nacional la cuentística urbana y psicológica, para solo citar dos ausencias irreparables. Fuimos y somos pioneros en obras, escritores, poetas, intelectuales, artistas, acontecimientos históricos, culturales y políticos. Nuestra provincia ha tenido que ser colocada y situada donde le corresponde históricamente.
La literatura y la cultura son las bases que mejor construyen y definen un país o una ciudad. La verdadera patria está es su literatura y su cultura. Un país que no las preserve y respete, necesariamente tendrá que perecer. Ahora que las identidades son tan indispensables para la conservación de la memoria histórica de los pueblos, todos tenemos que luchar por mantener nuestras raíces, como parte de nuestro estado de vida y de conciencia. La personalidad de un país está en sus manifestaciones literarias y culturales.
Los teóricos de la globalización insisten en que debemos ser mundiales, pero nacimos en un contexto que, intrínsecamente, está condicionado por la cultura y sus propias identidades de deberes y derechos, lo que a su vez nos remite a nuestros ancestros, a nuestro presente y a nuestro futuro. Somos ciudadanos reales que nacemos, crecemos y nos desarrollamos en realidades propias y naturales. Tenemos la responsabilidad de ser, primero, ciudadanos culturales de lo nuestro para poder serlo después de cualquier parte del mundo.
Tenemos que dejar testimonios de lo que hicimos y hacemos; en el futuro no se sabrá quiénes fuimos ni qué hicimos. Las culturas más perdurables y reconocidas en la historia de la humanidad son las que más han aprendido y valorado su pasado. Con esto no pretendemos regresar al concepto arqueológico de cultura; simplemente queremos apreciar la nuestra, tan marginada por nosotros mismos y, sobre todo, por la mayoría de los intelectuales dominicanos. Apreciemos lo nuestro sin caer en el prejuicio de desconocer lo demás. Reconozcamos lo que somos: seres humanos que surgimos y habitamos nuestro mapa cultural con sus virtudes y debilidades. Hay que dejar atrás la negación de lo que somos para poder ser culturalmente nosotros: dominicanos.
Este estado de conocimiento cultural, aunque para algunos no lo sea, fue lo que nos motivó a escribir este libro. Con él queremos incentivar el estudio de la historia de nuestras literaturas locales y regionales en el ámbito de las letras nacionales, pues carecemos de este tipo de trabajos en nuestro entorno literario. Por ello, llenos de energía, emprendimos esta investigación para nuestra provincia, siendo la primera de su género. Lo mismo hicimos en 2005, cuando publicamos por primera vez la antología La poesía contemporánea de Santiago: 1977–2005. En la introducción escribimos un pasaje que resulta pertinente transcribir:
«La literatura de Santiago ha carecido de historiadores y antólogos; quizá esa sea la razón por la cual aún no se había hecho nada sobre nuestra literatura. Nadie antes había realizado una antología de los poetas anteriores y, mucho menos, de los actuales. Esta necesidad vital nos ha estimulado a realizar una serie de estudios y antologías sobre la literatura y la cultura en Santiago, que servirán para testimoniar la trascendencia histórica de nuestras letras. Era necesario que Santiago tuviera un registro de su historia literaria: ¿por qué nadie se había atrevido a hacerlo? En un extraordinario poemario titulado El fabulador (1979), hallamos la respuesta en un fragmento en el que el poeta santiaguero José Enrique García dice: […] nadie quiso tomar este trabajo / o no tuvieron tiempo para hacerlo / me lo echaron a los pies a los hombros / alguien tenía que ser dijo la multitud / uno bastaba y ése era yo de cuerpo entero…» (p. 15).
Este libro revela el compromiso que tenemos con la cultura literaria donde nacimos y habitamos. No es definitivo; es un texto preliminar cuyo único propósito es ahondar en los datos del pasado y del presente para atestiguar la trascendencia de la historia literaria de Santiago de los Caballeros. Hemos asumido como marco de referencia el nacimiento y el año de cada uno de los escritores para ubicarlos y referirnos a ellos en cada capítulo de esta obra. Nos hemos visto, además, en la necesidad de incluir algunos autores que, aunque no puedan ser considerados escritores en términos creativos, sí lograron destacarse con textos religiosos, históricos, periodísticos, educativos y oratorios.
Para esta obra aplicamos una investigación de campo, siendo la primera vez que lo realizamos para un trabajo de este tipo en Santiago. Tomaremos la primera parte concerniente a la literatura de Santiago. La encuesta fue realizada en el año 2010, pero la hemos actualizado aplicándosela a nuevas personas en el 2014-2015, mediante preguntas que les fueron formuladas a miembros de instituciones, de grupos culturales, talleres, profesores, estudiantes y profesionales de nuestra ciudad; en total fueron 60 personas. Sus niveles de estudios eran: 50% estudiantes universitarios; un 40% profesionales; un 5% técnico; un 5% medio. El 51% trabaja en el sector público; el 27%, en el público y privado; el 15%, en el privado; el 7%, en ninguno. Sus áreas de desempeño eran: el 80% en cultura y en arte; un 13% en otras; un 7% en ninguna.

Con el objetivo de saber si se había publicado un libro que hablara sobre la historia literaria y cultural en Santiago, emprendimos el cuestionario a cada uno de ellos con las siguientes 7 preguntas, para luego tener los resultados estadísticos: ¿Conoce usted algún libro que se haya escrito sobre la historia de la literatura y la cultura en Santiago? 73% dijo que no; sí un 27%. ¿Qué género literario prefiere usted leer: poesía, cuento, ensayo o novela? Un 27 %, todas; un 15 %, poesía; un 15 %, cuento y novela; un 13 %, novela; un 13 %, ensayo; un 7 %, cuento; un 5 %, cuento y poesía; un 3 %, poesía y novela; un 2 %, cuento y ensayo; un 5 %, ninguno. ¿Has leído escritores de Santiago? Un 67% dijo que sí; no, un 33%. ¿Asiste usted regularmente a las actividades literarias que se realizan en las instituciones culturales? Un 55%, no; sí, un 45%. ¿Por qué medios se entera de las mismas? Un 66%, por ninguno; un 27%, por otros medios; un 4%, por la prensa escrita; un 3%, por Internet. ¿Las instituciones culturales de Santiago apoyan la publicación y difusión de la literatura? Un 75%, sí; no un 25%. ¿Conoce usted los talleres literarios de nuestra ciudad? Un 55%, no. Sí, 45%. Estos resultados nos ofrecen una panorámica actualizada de las realidades literarias de Santiago, que dejamos a disposición de los interesados en la materia.
En esta obra utilizamos cursivas para destacar los títulos de las obras. Los autores se citan de forma directa; para resaltarlos, les asignamos un margen adicional. Mayoritariamente citamos a escritores, intelectuales e historiadores locales y regionales; no obstante, cuando es necesario, aludimos también a autores nacionales o extranjeros. Los pies de página se emplean en este libro de distintas maneras: reseñas históricas, bibliográficas y teóricas; notas adicionales o personales; aclaraciones; y correcciones ortográficas o de errores digitales. Para evitar confusiones en la lectura, respetamos los pies de página que figuran en las obras de los autores, a los cuales les añadimos un asterisco para diferenciarlos de los nuestros. A los historiadores y periodistas les insertamos sus obras publicadas en el mismo texto en que escribimos sobre ellos; de igual modo procedemos con nosotros y con otros autores, con el fin de diversificar la escritura y su lectura.
No existe un libro que no genere o provoque algún tipo de rechazo o contradicción, ya sea respecto de algo o de alguien; lo mismo ocurre con la historia de la literatura, sin importar el idioma, el país o el lugar. La historia de la literatura de Santiago no escapa a esa disyuntiva; ahora bien, nuestro propósito es ofrecer una panorámica histórica de las letras santiagueras. Queda claro, por tanto, que este libro resulta necesario para rescatar del olvido a nuestros escritores, poetas, intelectuales, historiadores y personalidades de la hidalga provincia de Santiago de los Caballeros, República Dominicana. Hasta ahora no se había escrito una obra como esta; lo que existía eran datos dispersos sobre algunos de nuestros autores, aportados por diversos historiadores literarios e intelectuales, a los cuales citamos para sustentar y desarrollar nuestra bibliografía. Este trabajo, que hoy entregamos a lectores e investigadores dominicanos y extranjeros, será cuestionado por unos y celebrado por otros. A cada cual le corresponderá asumir su papel: solo tendrá que abrirla y leerla. Después de eso, todo lo demás lo dejaremos, como debe ser, a la posteridad.
Pies de página:
¹ Max Henríquez Ureña. La poesía patriótica en República Dominicana. *(Discurso pronunciado en la ciudad de Santiago de los Caballeros, República Dominicana, en abril de 1931). Obra y apuntes de Max Henríquez Ureña, tomo V. Poesía 2, 2009.
²Los cuales iremos citando.
³Sobre la fundación de Santiago hay divergencias entre los historiadores. Por ello recomendamos la lectura de uno de ellos, oriundo de nuestra ciudad: Julio G. Campillo Pérez (1922-2001), y su obra Santiago de los Caballeros. Imperecedero legado hispano‑colombiano (1977). En ella plantea: «Por consiguiente, si Santiago fue fundada por Bartolomé, entonces no fue en 1495, es decir, después de Santo Domingo. Desde luego, ya sabemos que no; fue fundada por el propio Cristóbal Colón en el verano de 1495, probablemente el 25 de julio de 1495» (Orígenes de la ciudad, p. 23). En otra parte, para revalorizar su tesis, transcribimos dos de las conclusiones del autor: a) Que Santiago es un precioso legado hispano‑colombino que ha mantenido intacto su nombre original desde que se fundó por primera vez en 1495, caso especial en la historia de nuestra isla. b) Que Santiago fue inicialmente un fuerte erigido por el almirante Cristóbal Colón a orillas del río Yaque, en el verano de 1495, quizá el mismo día en que se festeja el patrón Santiago, es decir, el 25 de julio, o en fecha próxima a esta (p. 63). De Campillo escribiremos más adelante, en la parte correspondiente a la literatura de Santiago en el siglo XX; de igual modo procederemos con todos los escritores de ese período. De la obra podría decirse, brevemente, que es la más apropiada y contundente sobre nuestra historia colonial hasta ahora escrita.
Título que le fue conferido por Danilo de los Santos a un libro de diferentes tópicos escrito por escritores e historiadores sobre esta zona del país, teniendo como relatores a los intelectuales Danilo de los Santos y Carlos Fernández Rocha, publicado en el marco de la Primera Feria Regional del Libro Santiago 1998.
⁴Y concluía Cuello, en aquella histórica jornada final: Ahí está el trabajo realizado, de cuya responsabilidad solo han de ser culpados los miembros de la comisión que asistieron a las cuatro largas e intensas jornadas de trabajo en las cuales, con espíritu crítico y respeto a las ideas de los demás. Se sometió al debate más de dos mil títulos y casi todos los autores nuestros y extranjeros que tocaron en el siglo los asuntos dominicanos para llegar a las conclusiones que entregamos a la satisfacción temática de los mentideros, para el debate de la crítica y a la posteridad. La misión estaba cumplida. Solo diez de los dieciséis intelectuales convocados firmaron el veredicto en presencia de la abogada Ligia Minaya Belliard, actuando como notario público: Jorge Tena Reyes, José Israel Cuello, Manuel Matos Moquete, Francisco Comarazamy, Soledad Álvarez, Bruno Rosario Candelier, Diogenes Céspedes, Marianne de Tolentino, Pedro Pablo Fernández y Franklin Gutiérrez, este último representando a los escritores de la diáspora. No obstante, la selección fue hecha tomando en cuenta las propuestas de todos los conformantes del jurado. Y la lista definitiva fue la siguiente: 1. Economía dominicana, 1977-1997 (Academia de Ciencias de la República Dominicana). 2. El sabor de lo prohibido, 1993 (José Alcántara Almanzar). 3. Vetilio Alfau Durán en Clío, 1994 (Vetilio Alfau Durán). 4. Décimas, 1927 (Juan Antonio Alix). 5. En el tiempo de las mariposas, 1996 (Julia Álvarez); 6. Folklore de la República Dominicana, 1930 (Manuel José Andrade). 7. Apuntes para una historia prosódica de la métrica castellana, 1954 (Joaquín Balaguer). 8. Los humildes, 1916 (Federico Bermúdez). 9. Cuentos, 1962 (Juan Bosch). 10. Antología clave, 1957 (Manuel del Cabral). 11. Cielo negro, 1950 (Néstor Caro). 12. Una mujer está sola, 1955 (Aida Cartagena Portalatin), 13. Movimiento obrero y lucha socialista en la República Dominicana, 1990 (Roberto Cassá). 14. Lenguaje y poesía en Santo Domingo en el siglo XX, 1985 (Diógenes Céspedes). 15. La sangre, 1914 (Tulio Manuel Cestero). 16. Antología poética dominicana, 1943 (Pedro René Contin Aybar). 17. Entre dos silencios, 1987 (Hilma Contreras). 18. Cuadernos Dominicanos de Cultura, 1997. 19. Contratación de mano de obra haitiana destinada a la industria azucarera dominicana 1952-1966 (José Israel Cuello). 20. Las devastaciones, 1979 (Carlos Esteban Delve). 21. Vudú y magia en Santo Domingo, 1975 (Carlos Esteban Deive). 22. Galaripsos, 1908 (Gastón Fernando Deligne). 23. La República Dominicana: directorio y guía general, 1905 (Enrique Deschamps). 24. Omar y los demás (Franklin Domínguez 25. Epistolario de la familia Henríquez Ureña, 1996. 26. La moneda, la banca y las finanzas en la República Dominicana, 1971 (Julio César Estrella). 27. Diario del mundo, 1969 (Antonio Fernández Spencer). 28. Selección y estudio de Nueva Poesía Dominicana, 1953 (Antonio Fernández Spencer). 29. La canción de una vida, 1926 (Fabio Flallo). 30. De berra morena vengo, 1987 (Ramón Francisco et al.). 31. Geografía dominicana, 1975 (Santiago de la Fuente), 32. Guanuma, 1914 (Federico García Godoy). 33. Folklore infantil de Santo Domingo, 1980 (Edna Garrido de Boggs). 34. En la ruta de mi vida 1866-1966/1970 (Víctor Garrido). 35. Retiro hacia la luz (Freddy Gatón Arce), 36. Las ideas pedagógicas de Hostos y otros escritores, 1994 (Camila Henriquez Ureña). 37. Breve historia del modernismo, 1954 (Max Henríquez Ureña). 38. Panorama histórico de la literatura dominicana, 1945 (Max Henríquez Ureña). 39. La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo, 1936 (Pedro Henríquez Ureña). 40. 1962/1972 (Lupo Hernández Rueda y Manuel Rueda). 46. Las finanzas en Santo Domingo (César A. Herrera). 47. Poemas de una sola angustia: obra poética completa 1940-1976/1978 (Héctor Incháustegui Cabral). 48. El pozo muerto, 1960 (Héctor Incháustegui Cabral). 49. Vida musical en Santo Domingo 1940-1965/1998 (Aristides Incháustegui y Blanca Delgado Malagón). 50. Francisco Bobadilla: tres homónimos y un enigma colombino descifrado, 1964 (J. Marino Incháustegui). 51. Al amor del bohío, 1927 (Ramón Emilio Jiménez). 52. El hombre de piedra, 1959 (Ramón Lacay Polanco). 53. Familias dominicanas, 1967 (Carlos Larrazábal Blanco). 54. La paz en la República Dominicana, 1915 (José Ramón López). 55. Over, 1939 (Ramón Marrero Aristy). 56. Microscopio (Orlando Martínez). 57. Diccionario biográfico-histórico dominicano, 1971 (Rufino Martínez 58. Viaje a la muchedumbre, 1971 (Pedro Mir). 59. Del gemido a la fragua (obras completas), 1973 (Domingo Moreno Jimenes). 60. Apuntes para la historia de la medicina de la isla de Santo Domingo, 1977 (Francisco Moscoso Puello). 61. Cañas y bueyes, 1939 (Francisco Moscoso Puello). 62. Cartas a Evelina, 1941 (Francisco Moscoso Puello). 63. La dominación haitiana 1822-1844/1972 (Frank Moya Pons). 64. La poesía folklórica en Santo Domingo, 1946 (Flérida de Nolasco). 65. Cuentos cimarrones, 1958 (Sócrates Nolasco). 66. Historia eclesiástica de la Arquidiócesis de Santo Domingo, Primada de América, 1913 (Carlos Nouel). 67. Dominicanismos, 1940 (Manuel Patín Maceo). 68. Las devastaciones de 1605 y 1606 /1938 (Manuel Arturo Peña Batlle). 69. La isla de la tortuga, 1952 (Manuel Arturo Peña Batile). 70. Oda de un yo, 1913 (Ricardo Pérez Alfonseca). 71. Evolución poética dominicana, 1956 (Carlos Federico Pérez). 72. La Poesía Sorprendida: colección completa 1943-1974/1974. 73. El Masacre se pasa a pie, 1962 (Freddy Prestol Castillo). 74. Plataforma para el desarrollo económico y social de la República Dominicana 1968-1985 / 1968 (Oficina Nacional de Planificación). 75. El viento frío, 1970 (René del Risco Bermúdez). 76. Acerca de Francisco del Rosario Sánchez, 1976 (Emilio Rodríguez Demorizi). 77. En torno a Duarte, 1976 (Emilio Rodríguez Demorizi). 78. España y los comienzos de la pintura y la escultura en América, 1966 (Emilio Rodríguez Demorizí). 79. Relaciones históricas de Santo Domingo 1942-1957 (Emilio Rodríguez Demorizi). 80. Lo popular y lo culto en la poesía dominicana, 1977 (Bruno Rosario Candelier). 81. La criatura terrestre, 1963 (Manuel Rueda). 82. Las metamorfosis de Makandal, 1998 (Manuel Rueda). 83. Pasión y muerte de Juana la loca (Manuel Rueda). 84. La pintura en la sociedad dominicana, 1978 (Danilo de los Santos). 85. Biografía política de Luperón (Hugo Tolentino Dipp). 86. Narraciones dominicanas, 1946 (Manuel de Jesús Troncoso de la Concha). 87. Ramón Cáceres (Pedro Troncoso Sánchez). 88. Monumentos coloniales, 1977 (María Ugarte). 89. Notas y apuntes lexicográficos, 1996 (Max Uribe). 90. Santo Domingo, dilucidaciones históricas, 1978 (Fray Cipriano de Utrera). 91. Anadel, 1976 (Julio Vega Batlle). 92. Los Estados Unidos y Trujillo, 1982 (Bernardo Vega). 93. Las frutas de los taínos, 1997 (Bernardo Vega). 94. Trujillo y Haití (Bernardo Vega). 95. Historia del derecho dominicano, 1986 (Wenceslao Vega). 96. Arqueología prehistórica de Santo Domingo, 1972 (Marcio Veloz Maggiolo). 97. El buen ladrón, 1960 (Marcio Veloz Maggiolo). 98. Solo cenizas hallarás, 1980 (Pedro Vergés). 99. La lumbre sacudida, 1958 (Abelardo Vicioso). 100. Mis 500 locos, 1966 (Antonic Zaglul). (Fragmento, léase completo en: Diario Libre, sección «Lecturas», sábado 20 y 27 de septiembre del año 2014).
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