Al caer la tarde, Yonatan camina solo por el batey. El sol está desapareciendo detrás de los árboles y el polvo adquiere un tono rojizo. Pasa frente a una casa. Una mujer permanece sentada en la galería. Tiene el teléfono pegado al oído.
Yonatan continúa caminando. Unos metros después escucha una voz. La reconoce. La voz de Brayan.
—Los muertos escuchan…
Yonatan se detiene. Mira hacia la casa. La mujer continúa escuchando el teléfono. La voz vuelve a sonar.
—Y los muertos… cobran.
Yonatan observa desde la distancia. El audio que ellos grabaron esa tarde ya está circulando. Pero él todavía no se lo ha enviado a nadie. Saca el teléfono. Abre el chat de Marilú. “¿Tú mandaste el audio?”
La respuesta llega: “No.”
Otro mensaje.
“¿Por qué?”
Yonatan mira nuevamente hacia la casa. La mujer comienza a llorar.
Esa noche, los cuatro vuelven a reunirse. Marilú tiene varias capturas de pantalla. —Miren esto.
Un video de Kalunga aparece publicado en una cuenta que ninguno reconoce. Luego otro. Y otro. Todos utilizan la misma voz. La misma fotografía. El mismo símbolo. Pero ninguno salió de sus teléfonos.
Elvis intenta entrar a la cuenta.
—No puedo.
—¿Cómo que no puedes?
—La contraseña cambió.
Marilú se acerca.
—Dame.
Teclea. Nada. Intenta recuperar la cuenta. El sistema muestra un número desconocido.
—Ese número no es mío.
Yonatan toma el teléfono. La pantalla muestra una nueva publicación. Una fotografía del cementerio. La imagen parece reciente. Los cuatro se quedan mirando. Reconocen la tumba. Es la misma donde grabaron. Debajo aparece una frase:
“YA COMENZÓ.”
Brayan retrocede. —Yo no hice eso.
—Nadie está diciendo que fuiste tú —responde Marilú.
—Pero alguien lo hizo. Elvis mira a Yonatan. —¿Tú conoces a alguien que pueda hacer esto?
—No.
Por primera vez, ninguno parece tener una respuesta.
Al día siguiente, el liceo amanecerá distinto. Un grupo de estudiantes se encuentra alrededor de un teléfono. Uno de ellos reproduce un audio. La voz de Kalunga llena el pasillo.
Los muertos escuchan.
Algunos ríen. Otros guardan silencio. Una estudiante se persigna.
Brayan observa desde lejos. Un muchacho se acerca a él.
—¿Tú eres de los que trabajan con Kalunga?
Brayan no responde.
—Dicen que tú haces la voz.
El muchacho sonríe.
—Necesito un favor.
Brayan retrocede.
—No sé de qué tú estás hablando.
El muchacho se marcha.
Pero antes de doblar el pasillo, se gira.
—Dile al brujo que mi papá también necesita ayuda.
Brayan queda inmóvil.
Durante la clase, el profesor vuelve a escribir en la pizarra.
LA VERDAD EN LA ERA DIGITAL.
Yonatan mira la frase.
El profesor habla.
—Una mentira repetida muchas veces puede dejar de parecer una mentira.
Yonatan levanta lentamente la cabeza. El teléfono vibra. No quiere mirarlo. Vuelve a vibrar. Finalmente lo saca debajo del pupitre. Un mensaje de un número desconocido.
“¿Cuánto cobra Kalunga por matar?”
Yonatan siente que se le enfría el rostro. Levanta la mirada. Al otro lado del aula, Brayan también acaba de recibir un mensaje. Marilú mira su pantalla. Elvis, la suya. Los cuatro han recibido exactamente lo mismo. Ninguno se mueve.
El profesor continúa hablando. —Y cuando una mentira comienza a producir consecuencias reales…
Una pausa.
—¿Sigue siendo una mentira?
El timbre suena. Los estudiantes comienzan a levantarse. Los cuatro permanecen sentados. Entonces, desde algún lugar del liceo, comienza a escucharse una voz. Baja. Distorsionada. Familiar.
—Los muertos escuchan…
Todos se quedan quietos. La voz vuelve a sonar. Más cerca.
—Y los muertos… cobran.
Brayan mira hacia la puerta. Yonatan se levanta. El pasillo permanece vacío. Sobre el escritorio del profesor hay una vela. La llama se mueve suavemente.
El profesor la observa. Luego mira a los estudiantes.
—¿Quién trajo eso?
Silencio.
Yonatan mira a Elvis. Elvis mira a Marilú. Marilú mira a Brayan. Brayan no mira a ninguno.
Está mirando la vela.
Su teléfono vibra. Una nueva notificación. Brayan la abre.
Su rostro pierde el color.
Yonatan se acerca. —¿Qué dice?
Brayan le entrega el teléfono. En la pantalla aparece un mensaje:
“MAESTRO KALUNGA: TENEMOS UN TRABAJO PARA TI.”
Debajo hay una dirección. Yonatan reconoce el lugar. El cementerio. Y una hora.
MEDIANOCHE.
Los cuatro se miran. Afuera comienza a llover. La primera lluvia fuerte del año golpea el techo de zinc.
Nadie dice nada.
En algún punto del liceo, un teléfono vuelve a reproducir la voz.
—Los muertos escuchan…
Corte a negro.
CONTINUARÁ.
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