“El presente no es otra cosa que una partícula fugaz del pasado”. – Borges
Franz Kafka.

Franz Kafka fue una de las figuras más preponderantes de la literatura del siglo XX. Sus obras continúan siendo un enigma con muchas aristas que nos maravillan. El tiempo en el legado de Kafka es inacabable, un tiempo que se eterniza a sí mismo. Los acertijos son abundantes. ¿Es posible interpretar concienzudamente la escritura de este gran escritor? Al caminar por los pasadizos de sus textos, apreciamos la mirada especial con la que veía la naturaleza humana. En el flujo de su escritura convergen los dilemas, lo hipotético. Las probabilidades danzan ante nuestros ojos desorbitados, porque él siempre desordena nuestros sentimientos. Todo lo que contiene su escritura se divulga en el discurrir del tiempo y el espacio. Su escena literaria nos invita a viajar por marañas enrevesadas, a confrontar dudas de personalidades y a la indagación del conocimiento en una sociedad que se torna cada vez más complicada.

El mundo onírico y metafórico de Kafka es apreciado por lectores que trascienden dos siglos (XIX y XX). ¡Qué desafiante es su estilo literario! Traspasa los linderos de la objetividad. ¡Cuánta habilidad para inventar personajes extraordinarios! ¡Cuánto ingenio en su fraseología llena de absurdidad! Kafka se convirtió en un fenómeno literario, un terremoto cultural. Su escritura emblemática rompió el molde de lo convencional. Este artesano de la novela tuvo conflictos internos, y a través de la escritura encontró su purificación y comunicó sus sentimientos innatos.

El lenguaje de Franz es envolvente. Los ambientes y momentos señalan la posición del sujeto moderno. Sus emociones vacías, su aislamiento y sus indecisiones se hacen evidentes. Kafka cuestiona el lugar tan ínfimo que la humanidad ocupa en el mundo. El tiempo está detenido o tieso. Podemos sentir que todavía hay vida porque lo sospechamos, hay un atisbo. El cosmos ideal se encuentra en la materialidad. Los ambientes se distancian y, a la vez, se aproximan. En este novelista, las creaciones humanas son complicadas de determinar. En la estructura del espacio, nunca omite el tiempo, un tiempo consistente que trituramos en la compatibilidad de su escenografía abstracta. El tiempo es, en efecto, un ingrediente propio del posmodernismo.

Sus figuras, a veces minúsculas, poco menos que incorpóreas, en su soledad son casi olvidables. Sumerge sus manos en un río y se desvanece. Únicamente redacta. Va extirpando de sus carnes su postilleo de vocablos. En su soledad, bocetan. Hay un caique insignificante que se pierde. Simplemente ahondan. Un pozo en la corriente, un glacial de sosiego. En su soledad, se conforman, agachan la cabeza, sin que les importe nada. Van desprendiendo sus palmas y las esconden. Las sombras de sus vidas son devastadoras, engendros locos de la absurdidad, bestias innombrables, destellantes. Observan resecas, inseguras, lentas, produciendo mareos, revolviendo las náuseas.

¿Pasarán estos vahídos? ¿Las manos se compondrán? ¿Solos resollarán? ¿Se quitarán esa impresión de ahogo? ¿Acaso pasará? ¿Se ocultará el tronero veleidoso de sombras? Antes de que aseste el puño último, noqueando lo que queda. ¿Se quebrará este complot fino, esta cobija de hebras que no tapa?

Hay una ingrávida coerción, casi un pálpito, una simiente, un sutil ladeo y una silueta hecha de golpes, como si se introdujera una aguja. Tal vez para coser otra historia. ¡Oh, torpeza! Apresurando el rostro detrás de un pálido dibujo. Un código, una chispa, una mueca, un lunar inesperado del tejido. No hay una gota donde descubrir lo que se anhela. Este abrir del tragaluz solo permite el aire que se cuela, pero no se pueden asomar a esa ventana hostil. Quedan dentro de la casa indagándose, explorando las caras parecidas, los ropajes que portaban sus cuerpos. No se encuentran. Se perdieron, no hay huellas. ¿Qué hilos cortarán? No hay gestos, no hay máquina, solamente hay soledad. La fe se ha esfumado.

En su obra literaria, ¡cuántos momentos cruciales! ¿Acaso sus figuras son capaces de despertar, tienen el coraje de salir de sus encapsulamientos? ¿Pueden rebatir lo que las ordenanzas instauran? ¿Cuestionan estos protagonistas de Kafka los gobiernos, sus reglamentaciones y su politiquería barata? ¿Sus figuras evolucionan desde su oscuridad hacia la tan anhelada luz? ¿Puede fluir la fuerza de un Goliat desde su espíritu? En su grafía hay aguaceros y también guaridas. Su expresión es reflejo de su psique. Franz Kafka es capaz de sacudirnos. Nos entristece, nos maravilla y siempre nos altera. ¿Podríamos descifrarlo? ¿Su arcanidad escaparía de su jaula? Sería como pretender abrazar la aurora, o sostener una ola más de un segundo a manos llenas. Su expresión a través del tiempo ostenta una valía consustancial.

Al leer sus libros, nos adentramos en una senda sin fin. Este letrado es un prosista crucial. Nos induce a una abstracción metafísica que conecta nuestro raciocinio con nuestras emociones. Su narrativa es como un orvallo que nos empapa de emociones inimaginables. Este escritor fluye y bebemos sedientos de esa agua sapiente. ¡Cuántas alegorías llenas de desventuras! Evoca la existencia en su horizontalidad. ¡Cuántos desafíos afronta en el cauce de sus letras! La muerte asoma, es una salida que divaga, que cuelga a los ojos que lo leen. Su contexto nos sumerge. En sus corredores hay miedos, y las ataduras son enigmas asombrosos. Siempre con un uso detallista, aproximándose a lo clínico. La sumersión profunda en sus protagonistas es estremecedora. Los estadios recónditos de ellos nos dejan atónitos.

Sus novelas son más que una declaración; traspasan la expresión absoluta, la comprensión de lo que entraña el ser humano en el universo. Descompone el pensamiento que se tenía del cosmos. En el siglo XIX comienza una novelística con métodos y argumentos muy diferentes a lo que concebía la época. Estableció un prototipo distinto. Su cosmovisión tenía una mirada peculiar. La vida es un sendero donde las huellas que ofrecemos nos distancian del sitio donde anhelamos llegar. El tiempo no timbra segundos, solo vestigios de desprecio, y la ciudad es donde se funden los despojos de ilusiones que no cuajaron. A diario, lo cotidiano se arrastra como ola detenida, y la estrella, tan segura, sigue asomando para sucumbir a la noche, solo porque es rutina, y nada más. Absolutamente se ha escrito en un vocablo inentendible el universo. Pero, a veces, surge el enigma de una probabilidad por decodificar.

¿Para qué apresurarse tanto? Si en conclusión solo hay una evidencia: es la oquedad. El mundo se viste de capas, de convicciones, pero sus huellas entienden ruidos y juramentos que se esfuman. Kafka pretendía que el hombre razonara en su mismidad, que reflexionara en el tiempo. Él quería que el individuo meditara en lo insospechado, en otros escenarios de vida en los que el ser humano estuviera concentrado, que se sumergiera en su autopercepción y autoobservación. En cada línea, y en todo caos, el corazón se descuartiza. En la sustancia de sus obras nos encontramos con la privación o déficit de universos para delinear al sujeto que no se percibe integrado, perteneciente o comprometido. En sus líneas, critica las diferencias y convencionalismos del sistema judicial inoperante, las jerarquías que no muestran sus caras y los leguleyos que son un desastre para la sociedad.

Estos son los declarantes mudos del daño de los incomprendidos y abusados. Franz Kafka agranda el clamor de quienes esperan justicia. Nos invita a reflexionar sobre la comprensión, a que seamos capaces de ser empáticos frente a las injusticias de este mundo y a la ayuda de los derechos humanos a través de su lenguaje crudo. Convoca a los lectores a ser defensores, líderes del cambio, a que combatan los peligros de la burocracia, a que nos dediquemos a trabajar por un mundo donde predominen leyes ciertas que no se inclinen con vara arbitraria sobre los inocentes. Apela a la compasión.

‘’Se han cerrado las salidas del espacio donde habito, soy un presidiario y tengo pánico de la humanidad visible”. Es el grito de Josef K en la novela ‘’El proceso’’. Se subastan los rostros, se arrendan las señas. El resplandor de la vista se adquiere al instante. El modo es una catedral, el fondo un vacío. La piel un aviso, el espíritu un pago. El vacío abruma, emerge tapado en augurio de incierto diamante. La creencia es una marca, la palabra troquel y la moneda inmoral centellea. El magistrado, si concierta el importe, se inclina. El erudito enmudece por espanto al poderío. Las normas son solo dígitos que un especulador agita. La población es manada que se afana en creer. La vergüenza y la indiferencia alteraban el espíritu de Kafka. La ilegalidad, la negligencia y el abuso de poder martillaban en su cerebro, y él se revelaba ante todo esto.

En su metáfora-obra, el ser humano descosido, desvirtuado y endurecido afecta decididamente su cuerpo. La vida aquí no tiene justificación. El ser humano ya no está situado en el núcleo del universo. Está irremediablemente postrado en lo profundo del tiempo. Cuestiona la circunstancia del sujeto en el mundo y la representación de ese flamante ser en el drama que tendrá el mismo personaje en la actualidad. Sus novelas son imágenes (tropos) intrínsecamente del individuo moderno. La literatura se propaga y la simbología escapa de los ceñidos bordes internos de la creación, situándose a la altura de la creación misma.

Pizarnik afirmó que todos proyectan una creación, aunque ella misma no tuvo la valentía de recorrerla en su totalidad. Pizarnik y Kafka compartían la necesidad de su soledad, llena de textos, humareda y una taza parda bien cargada. ¡Qué retador y sugerente es el prisma del temperamento humano que nos presentan en sus novelas! Su prosa es aguda, pero sigue siendo gratificante. Entra en escena con un sueño colgado, con una incógnita pendiendo de su torso y una lluvia impactante, colosal y potente que no podemos dejar de transpirar. Evidencia los malestares de la sociedad moderna: su desamparo, sus desengaños, perturbaciones y la disfunción (impotencia) ante lo exógeno.

Su obra ejerce una poderosa influencia en la literatura contemporánea. A la permanencia del yo contrapone su alterabilidad. En su narrativa, las circunstancias de extrema crueldad parecen normales. Contagia al lector con un efecto de perplejidad y repulsión, pero también provoca conmiseración. El apoyo y la solidaridad en el vínculo fraterno son como un fino cristal. Este autor tiene una fijación por la insensibilidad de la naturaleza humana. Kafka es directo, en su obra el desequilibrio que padece la humanidad nos invita a considerar cómo la alienación conduce por derroteros asfixiantes. Al mismo tiempo, percibimos en sus textos que el valor del hombre se mide según su rentabilidad. Hay un clamor de impotencia ante las organizaciones que lo doblegan y lo subordinan. Muestra duramente que cuando el hombre es explotado hasta agotarlo, el gobierno o el sistema ya no lo necesita y se deshace de él sin que le importe.

En la novela ‘’La metamorfosis’’ tenemos un ejemplo contundente de esto. Si el ser humano pretende ser distinto y no quiere someterse a los estándares, la sociedad lo relega como si fuera un objeto desechable. El sistema no tiene interés en una carga que no tiene valor. Así, su destino final será el abandono y la aniquilación total. Lo descrito en ‘’La metamorfosis’’ es una repetición perpetua del sistema criticado por Kafka, presente en todos los tiempos que le antecedieron, con el mismo gabán que porta su enigma. La naturaleza bestia-hombre se extralimita, alcanza lo imperceptible. ¡Exaltadísima luminosidad del corpúsculo que enaltece al ser vacío que nunca se deleitará! Para Kafka, el hombre es como un arbusto que detiene su crecimiento con raíces, pero sin sustancia, en medio de un sol abrasador. Las pezuñas son tallos rotos, soportando partículas de zombies que no conoció. Su mirada es ciega. La humareda es su compañía en la distancia. El ruido de los que ya no están lo traspasa, no quiere estar allí, no en ese espacio donde los chillidos se transforman en residuos. ¿Cuál fue el sortilegio para que la muerte lo rondara? Pobre hombre, sin hallar su senda y sin el privilegio de los sueños. Pero un latido se escapa, un grito olvidado de lo que le fue arrebatado. La felicidad es una bruma. Gregorio Samsa es un grito. Ese hombre-bestia, en cualquier tiempo y en cualquier espacio de la arcanidad, sigue retumbando.

Franz Kafka, en cuestiones amorosas, tuvo sus incertidumbres que le impidieron afianzar una relación romántica que culminara en un compromiso con el matrimonio. ¿A qué temía? ¿A procrear? ¿A que su vida de escritor no equilibrara con las responsabilidades de pareja? En la remembranza de lo que un día fue, no queda nada. Los amores se marcharon. Al impacto de Eón, el corazón se detuvo. Han sido incontables los tropiezos. Hilvanó versos, saturó el mundo con sonrisas y labranza. ¡Cuánto llanto arrojó al sol y a la alborada! En su boca se posaron besos inimaginables. Contra toda maldición, hubo un beso perdido en sus recuerdos. Ese beso es historia entre la vida y la muerte del amor.

Este autor creía firmemente en el lenguaje, en lo que emana de su hondura. En la expresión que dialoga con el interior. Sus textos son resonancias, una magia que tiene arrullo de cosas que nunca imaginamos y que nos son desveladas. El presente es un credo que nos llama, a veces débil, otras fuerte. Tal vez se evapore o se quede para siempre en las agujas del reloj particular. Cuando todo acaba en las sombras que grita el silencio, su cobijo tiene un abrazo bienhechor o de miedo. Pero hay un destello, una luz que siempre renace en su penumbra.

Yo creo que todo es posible. Franz dejó de creer hasta en sí mismo. Quiso ocupar añoranzas y deseos, retomar el comienzo en su mente, con un dolor en su garganta. Quiso desperdigar ese lugar del que venía, deseó fraccionarse, rehacerse, romperse. Estar vigente en todos los horarios y ofrecer los suyos sobre un lucero de amapolas. Su oscuridad lo rompía en su interior al querer explorar sus misterios. Interpretar el silencio después de su horizonte, ese que escondía su anhelo. La penumbra lo quebró cuando no sintió temor del encuentro con él mismo, en la soledad de su reflejo. El presente es aún más peligroso cuando sabe que no tiene futuro. Tal vez asimiló la pericia de estar estático, mirando una roca ígnea. ¿Sus efluvios llegaron de dónde? ¿Será de los cúmulos de la tristeza de una oruga mutilada? Tuvo los anaqueles llenos, textos codiciados, angustia y sequedad. Los gritos en el cosmos, el alfabeto en ruta, la centuria acostada sobre tinta y papel. Los enigmas de Kafka se desparraman. El mundo en su totalidad lo pudo tener y se le esfumó como el aire.

"El daño que tienen mis pulmones no es más que una extensión de mi aflicción espiritual". Nunca será fácil sentirse álgido por dentro, sentir el alma gélida como un desesperanzado, teniendo el mundo en su puño y negado a mirarlo. ¿Por qué? El gran enigma. ¿Tal vez? Sus interrogantes sobre la razón de la existencia y la naturaleza son las mismas preguntas que todos tenemos. Su palabra es como un limón que se escribe y sabe ácido en los labios del espíritu, y se añeja profundamente sin tiempo. Leerlo es un viaje por los depósitos de lo real y lo quimérico. Su narrativa abarca todos los espacios y tiempos. Su tinta se desliza sagazmente, asciende y, diestra, trasciende eternizándose. Dio giros mientras la brisa se atoraba entre las ramas, sacudió la efervescencia muda de los minutos inagotables y sorbió sal cruda. La bebió y no pudo esfumarse de nosotros. La vida lo obligó a quedarse en la tinta infinita, esa tinta que, sin tiempo preciso, ha sido y será para todos. Su voz vibra en las alas del tiempo y en el vuelo que abren sus enigmas en un giro imparable sin reloj. El tiempo es irregular e interminable para los que han sido predestinados, extintos, salvados de la existencia, y sus palabras se quedan suspendidas con sus secretos, por las avenidas de cualquier ciudad, al alba o en la noche, para ser leídas con una vela encendida, en una biblioteca y de otras maneras innovadoras. "Aunque nada entre la nada", su nada todavía es nuestra nada. Luchamos por la vida leyéndolo con la manzana de Gregorio Samsa pegada en la garganta, y se nos va pudriendo a algunos, a otros ¿No? Tal vez, ¿Será?

EN ESTA NOTA

Evelyn Ramos Miranda

Poeta y narradora

Evelyn Ramos Miranda. Nació en Santo Domingo un 9 de febrero. Obtuvo una licenciatura en Educación Inicial y una maestría en Administración y Supervisión de Programas de Educación Inicial en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Catedrática de Educación en varias universidades. Ha sido funcionaria en diversas instituciones públicas como coordinadora de Educación en (MINERD, CONANI, IDSS y subdirectora de la Estancia Infantil de la UASD). Es Gestora Cultural. Labora como Coordinadora en la Casa de la Rectoría de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Sus poemas han sido publicados en revistas culturales y periódicos e incluidos en varias antologías, destacando Al filo del Agua, del Taller Literario César Vallejo de la UASD; Sororidad, Poesía y Narrativa (2020). Y Antología: Colección Poética Lacuhe (2022), Antología (poesía y narrativa) Detrás de las máscaras (2023). Tiene dos libros publicados: Al filo del vuelo (2023) y El País de los Dulces (2023). Ha participado en diversas Ferias Internacionales del Libro en Santo Domingo, New York, Colombia y Venezuela, como conferencista y poeta. También en diferentes tertulias y recitales del país y Puerto Rico. Es miembro del grupo poético Mujeres de Roca y Tinta. Egresada del Taller Literario César Vallejo de la UASD.

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