Rebuscando en mi biblioteca, entre libros de poemas leídos y olvidados a medias, me encontré con un pequeño volumen que llevaba años ahí, en silencio. Era Fantasmas de otros, de Plinio Chahín, publicado en 2016 por Ediciones Ferilibro, en el marco de la duodécima Feria Regional del Libro de Hato Mayor, en la República Dominicana.
Lo había leído antes. Eso lo sabía. Pero no lo recordaba. O tal vez lo recordaba sin haberlo leído realmente.
Hay libros que uno lee. Libros que uno pasa por arriba, sin detenerse, como si todavía no estuviera listo para lo que tienen dentro. Y hay otros —los mismos— que regresan cuando uno ya no es el mismo lector. Cuando uno tiene más paciencia, más silencio, más disposición a concentrarse en el texto.
Volví a abrirlo. Y esta vez no fue una lectura, fueron varias. Volver sobre los mismos textos, sin prisa, dejando que cada uno respirara. Y ahí fue que el libro empezó a abrirse de verdad. Como pasa con ciertas cosas que no se dejan entender de una sola vez. Como pasa con el vino: no sabe igual cuando es joven que cuando ha tenido tiempo de madurar.

Ese reencuentro no solo me devolvió el libro. Me empujó a escribir. No desde la seguridad del ensayista —que no soy—, sino desde el intento, desde el tanteo, desde esa necesidad de poner en palabras algo que uno siente que está ahí, pero que no se deja agarrar del todo. Este texto nace así: ensayando un ensayo.
Hay textos que no se explican, sino que actúan. No necesitan una historia completa ni un desarrollo evidente. A veces basta una imagen, una frase, un pequeño desajuste para que algo se mueva dentro del lector. Eso es lo que ocurre con este libro.
En Fantasmas de otros, los textos son breves, pero no son ligeros. Cada uno abre una pequeña puerta. Un hombre que no se reconoce en su propia historia. Alguien que recuerda el día de su muerte, pero no el de su nacimiento. Un espejo que no refleja, sino que deja salir otra cosa. Nada se termina de cerrar, pero todo deja una huella.
En El hombre solo, la pregunta “¿Acaso es esta mi propia historia?” no es una simple duda: es una ruptura. El personaje se observa como si fuera otro, como si su vida le estuviera ocurriendo desde afuera. La identidad deja de ser una certeza y se vuelve un problema.
En La mujer del pintor, el encuentro tampoco resuelve nada: “la mujer era la misma Mara, a quien anduvo buscando largos años, sin poder encontrarla jamás.” La presencia no cancela la ausencia. Lo encontrado sigue siendo inasible. Como si el tiempo no acercara, sino que multiplicara las distancias.
En Click, la imagen es todavía más inquietante: “del espejo brotó la mujer que todavía andan buscando.” El espejo ya no devuelve una imagen: produce una aparición. Y aun así, lo que aparece no satisface la búsqueda.
En Noche, el personaje está dentro del acontecimiento, pero no logra ubicarse: “sin encontrar el verdadero camino, ni el lugar, ni la hora exacta de la celebración.”
Todo ocurre, pero nada se fija. Incluso cuando lo simbólico entra en escena, como en El matrimonio, donde “un par de hostias ayuntaron los labios del pecado”, no hay separación clara entre lo sagrado y lo humano. Todo se mezcla. Todo se desborda.
Y en Infierno, donde “el cuerpo pierde dimensión y en el alba se confunde con el alma”, las fronteras desaparecen por completo. El lenguaje no explica: empuja, sugiere, descoloca.
Si uno toma estos textos por separado, pueden parecer piezas independientes. Cada una con su propia intensidad. Pero cuando uno se queda con el libro completo, cuando lo lee con calma, empieza a notar que hay algo más. Aquí hay una continuidad.
Fantasmas de otros no es un libro de cuentos ni una simple colección de minificciones. Es una forma de escritura que insiste. Todos los textos giran, de distintas maneras, alrededor de una misma inquietud: la identidad que se mueve, la realidad que no se fija, el lenguaje que no termina de decir lo que parece decir. No hay una historia que avance, pero sí hay una sensación que se construye poco a poco. Y ahí es donde el libro se vuelve fuerte.
Cada texto funciona como un intento. Como si el autor estuviera rodeando una idea sin querer cerrarla. Probándola desde distintos lugares: el espejo, el recuerdo, el deseo, el cuerpo. Ningún texto agota nada, pero todos juntos crean una atmósfera.
Lo que al principio parece disperso, después se siente conectado. Lo que parecía fragmentado se convierte en un tejido. Uno empieza a notar que hay una manera de insistir, de volver sobre lo mismo sin repetirlo exactamente igual. Y entonces el libro deja de ser una suma de textos y pasa a ser una experiencia. Ya no es solo lo que dice cada pieza, sino lo que ocurre entre ellas.
En ese punto, el lector también cambia. Uno deja de leer buscando explicaciones y empieza a dejarse afectar. Empieza a desconfiar un poco más de lo evidente. Del lenguaje. De la identidad. De la idea de que las cosas están fijas. El libro no ofrece respuestas ni organiza certezas. No busca tranquilizar. Pero esa incomodidad es precisamente lo que lo mantiene vivo. Es lo que hace que uno vuelva, que relea, que se detenga más de lo normal. Porque hay algo ahí que no termina de resolverse. Y justamente por eso, permanece.
Al final, eso es lo que hace que este libro, siendo del 2016, no se sienta viejo. O mejor dicho: que sea viejo y joven al mismo tiempo. Viejo, porque está ahí desde hace años. Joven, porque sigue funcionando. Porque no se agota en una sola lectura. Porque no se deja cerrar.
Fantasmas de otros no es un libro que uno termina. Es un libro que se queda. Y en ese quedarse, silencioso pero insistente, está su verdadera fuerza.
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