El pasado Domingo de Resurrección coincidió con el Día Nacional del Periodista en la República Dominicana. ¡Vaya coincidencia!

En serio, ¿qué celebran? ¿El oficio más hermoso del mundo, según el difunto Gabo?

¿O es la oportunidad, en este teteo de calibradores en las avenidas y de influencers de labios hinchados y cerebros consumidos por vapers y perico de la 42, de hacerse millonarios sobornando, extorsionando o defendiendo ladrones que no roban motor?

Mientras a los serios y responsables, a los “abnegados hombres de la prensa”, a los humildes cargapalos destinados a teclear páginas en blanco que no le importan a nadie o notas de prensa directas para el basurero, les siguen pagando sueldos de miseria. Una constante no solo en la República Dominicana, sino también global. Parece que el reporterismo no merece la holgura justa y necesaria en su estruendosa y esquizoide vida profesional.

Las enfermedades más comunes de esta carrera contra ti mismo son tensión arterial, ansiedad y depresión. En treinta y dos años embarrando cuartillas y tecleando hasta que los dedos se confundan, he conocido muchos periodistas dopados literalmente de alcohol y drogas para aguantar el fuete; yo, por lo menos, he tomado varias licencias médicas por el sube y baja de la presión arterial.

No todo es calamidad. Todavía entregan los famosos submarinos que solo navegan en los bolsillos de las élites, léase jefas y jefes de redacción, editores y editoras, así como los viajes, las becas y las capacitaciones ofrecidas a los círculos interiores en torno al jefe o la jefa, pese a que a Trujillo lo mataron hace tropecientos años. Una piñata para los que lamben sacos, lenguas y lo que haga falta. Para las pudorosas colegas invitadas sutilmente por directores de medios y funcionarios estatales, altos y medios, a sus villas en Punta Cana, Jarabacoa o Casa de Campo.

El oficio más hermoso del mundo

Las pensiones-fritura están destinadas para la gleba. Solo sirven para comprar jarabes para la tos, Algho y curitas en las Farmacias del Pueblo, pero a Fefita Matusalén le transfieren mensual 100 mil pesos. Jef@s de redacción y director@s de comunicación que prometen y cumplen la semana de los tres jueves. Otr@s te dan la patá por el culo porque una auditoría de datos fríos y gente que no conoce tu trabajo decide que tu perfil “no es apropiado ni llena las expectativas de la era digital que exige el periodismo de hoy”.

Como siempre, como en todo el transcurso de mi vida, he llegado tarde a todo.

Directivos y directivas que te tratan en la redacción o en los gabinetes de comunicaciones, dependiendo de cómo fue la intensidad de la detonación con sus parejas en la madrugada, antes de comenzar, con buena o mala cara, las faenas del día.

Hay más cosas, pero no voy a caer en abismos emocionales letales que hacen daño y dan pena.

Mi nieta Miranda se hará millonaria y empresaria. La enseñaremos, en lo posible, a tratar a los demás con decencia, respeto y educación; a lo más trascendental: la dignidad humana.

Retornando a mi labor profesional, cuyo primer pistoletazo se lo debo al actual jefe de redacción del periódico Hoy, Claudio Acosta, quien me dio el primer chance redactando publirreportajes sobre todos los días del año que a los doctores, amores, madres, padres, ferreteros y blockseros, tiendas de regalos y fantasías se les ocurría publicar en una revista de contenido acartonado y fácil de digerir.

El tiempo, esa energía que no para y se estrella contra nuestras vidas, repleto de fases moribundas y sorpresas reveladoras, me hace recordar a una destacadísima colega a la cual le solicité trabajo, chamba, laburo para ser periodista en su medio digital.

Recuerdo, como ahora, su hablar pausado pero firme, acre, que yo no era periodista, sino un buen redactor. Mi amor propio por los suelos y en mis bolsillos creciendo la hiedra seca, las cucarachas y un hoyo al final.

Ahora que lo pienso, tenía razón. Yo no soy periodista acucioso, investigador, quisquilloso, chismoso y busca pleito. Esta manera de vivir me llegó, no por vocación ni amor al prójimo, ni buscando el bien común para ese prójimo. Me llegó, punto, y aquí estamos.

Creo que el sistema ya me retiró, pero yo no me he retirado. A partir de ahora escribiré lo que me salga del forro del intestino grueso y sus cruces.

Igual que mi padre, Fermín Arias Belliard, autor de humor político radial, columnista y corrector de estilo, novelista y bolerista en sus primeros años de juventud, creo, igual que él, que esta profesión a la que llegamos por circunstancias personales muy particulares no es para nosotros.

Parodiando al cantautor cubano Carlos Varela, mi corazón no cabe en un nido de víboras.

José Arias

Periodista y escritor

Periodista y escritor

Ver más