Conocí a Yinett Santelises hace apenas dos o tres años, en el contexto siempre propicio de una feria del libro. Fue mi amigo José Mármol quien nos presentó, como si intuyera que entre ambos podía establecerse una conversación que iría más allá de lo circunstancial. Desde entonces, lo que comenzó como un intercambio cordial derivó en una amistad sostenida por diálogos profundos, reflexiones compartidas y una sensibilidad común hacia la memoria histórica, la literatura y la responsabilidad ética de narrar el pasado. Su inteligencia, serena pero incisiva, y su sensibilidad —nunca declamatoria, siempre contenida— han enriquecido mi mirada, del mismo modo en que la mía ha encontrado en la suya un espejo crítico.

Esa afinidad se hizo más tangible cuando puso en circulación su novela testimonial histórica “El vuelo de Sina“, publicada en 2025, bajo el sello editorial Querer de la poeta dominicana Rosa Silverio. No se trata de una novela en el sentido convencional del término, ni de un testimonio desnudo que se limite a enumerar hechos. Es, más bien, una construcción narrativa donde la memoria individual se convierte en una forma de resistencia, y donde la escritura asume la tarea de restituir una voz históricamente silenciada. El libro recoge la vida de una luchadora antitrujillista que, desde muy joven, a comienzos de los años sesenta, decidió enfrentarse a la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, cuando hacerlo equivalía a poner el cuerpo, la vida y la dignidad en riesgo permanente.
Desde su adolescencia, la protagonista —Sina Cabral— se integra a los círculos clandestinos de oposición, movida no por una ideología abstracta, sino por una conciencia temprana de la injusticia y del terror cotidiano que imponía el régimen. La novela reconstruye ese proceso de politización íntima: el miedo inicial, la toma de decisiones, la renuncia a una vida “normal”, y la comprensión de que la libertad no es una consigna sino un costo. Santelises narra con sobriedad ese tránsito, evitando el heroísmo fácil, y subrayando las fisuras humanas que atraviesan toda militancia.
Salcedo no fue para ella un simple punto de paso ni un paisaje de infancia: fue la escuela moral donde se templó su conciencia. En ese pueblo pequeño, de vínculos cerrados y afectos vigilantes, la vida transcurría entre la familia, la música y el rumor constante de una violencia que aún no se nombraba del todo. Allí, en el ámbito doméstico, aprendió piano, estudió música como quien aprende una forma de respiración: no como adorno burgués, sino como disciplina, rigor y sensibilidad. La música fue su primer lenguaje crítico, una manera de ordenar el mundo cuando el mundo comenzaba a resquebrajarse.
Salcedo era también el lugar donde lo privado y lo político se rozaban inevitablemente. No se podía crecer allí sin saber que el silencio era una forma de miedo y que la palabra, cuando se decía en voz alta, tenía consecuencias. En ese contexto se produce su primer ingreso consciente a la lucha: la Juventud Democrática, junto a otros jóvenes que, como ella, empezaban a entender que la vida no podía reducirse a la obediencia. La cercanía con una de las hermanas Mirabal no fue una anécdota ni una influencia lateral, sino parte de una atmósfera compartida: la certeza de que resistir era ya una forma de vivir.
Pero toda épica verdadera contiene su zona oscura. La represión no llegó solo desde afuera; llegó también desde adentro. La caída, el arresto, la delación no fueron obra de un enemigo abstracto, sino de uno de los suyos, de un compañero de lucha que cedió, que habló, que entregó nombres. Esa traición —más íntima que el golpe, más devastadora que la tortura— marca un quiebre definitivo. Porque no se trató solo de ser perseguida por el régimen, sino de descubrir que el terror también se infiltra en la fraternidad, que el miedo puede convertir al compañero en verdugo.
Desde entonces, Salcedo deja de ser solo el lugar de la infancia y se convierte en una herida persistente. Allí nacieron la música y la conciencia; allí comenzó también la persecución. Todo lo que vendrá después —la cárcel, la tortura, el exilio interior— ya estaba anunciado en ese pueblo pequeño donde aprender a tocar el piano y aprender a conspirar formaban parte del mismo gesto: negarse a vivir de rodillas.
Las escenas de tortura están narradas desde una primera persona que no busca conmover, sino testimoniar. Golpes, amenazas, simulacros de ejecución, humillaciones físicas y psicológicas se suceden como parte de una rutina diseñada para anular al sujeto. Sin embargo, el relato insiste en algo fundamental: el cuerpo puede ser vencido, pero no necesariamente la conciencia. En medio del dolor, Sina aprende a fragmentarse, a proteger un núcleo íntimo que el verdugo no puede alcanzar. Esa estrategia de supervivencia —que es también una estrategia narrativa— atraviesa todo el libro.
El trabajo de investigación que sustenta El vuelo de Sina es notable. Santelises no se limita a una memoria aislada, sino que articula el testimonio a partir de múltiples entrevistas, contrastes de fuentes y reconstrucciones contextuales que sitúan la experiencia individual dentro del entramado histórico. La novela se convierte así en un archivo alternativo, un contrarrelato frente a la historia oficial, esa que durante décadas minimizó o invisibilizó el papel de las mujeres en la lucha contra la dictadura.
Uno de los momentos más tensos del libro es el que describe la salida forzada del país. Tras años de persecución y encarcelamiento, Sina logra asilarse en la embajada de Argentina, junto a un grupo de mujeres igualmente comprometidas con la causa antitrujillista. La escena del asilo está cargada de ambigüedad: es una salvación, pero también una derrota; una posibilidad de vida, pero al precio del exilio. La salida del país en 1960 no se celebra, se asume como una herida necesaria.

El exilio en Estados Unidos, en la ciudad de New York, donde residía su hermano Tobías Emilio Cabral, introduce otro registro del sufrimiento: el desarraigo. Lejos de la violencia directa del régimen, Sina enfrenta la violencia silenciosa de la nostalgia, la culpa del sobreviviente, la sensación de haber dejado atrás a quienes no lograron escapar. Santelises describe con sutileza esa experiencia, evitando el sentimentalismo y mostrando cómo el exilio prolonga la cárcel por otros medios.
El retorno a la patria, tras el ajusticiamiento de Trujillo, no aparece como una restitución plena. El país que Sina encuentra es otro, y ella misma ya no es la misma. La novela cierra con esa conciencia amarga: la dictadura termina, pero sus efectos persisten en los cuerpos, en la memoria, en la estructura misma de la sociedad. El vuelo de Sina no ofrece redención, sino lucidez.
En ese sentido, el libro de Yinett Santelises cumple una función doble: literaria y ética. Literaria, porque construye una voz narrativa sólida, contenida, capaz de sostener el peso del horror sin caer en la retórica del exceso. Ética, porque devuelve al espacio público una memoria que fue reprimida, y lo hace desde el lugar de quienes pagaron el precio más alto. La novela no busca ajustar cuentas, sino dejar constancia.
Leer El vuelo de Sina es enfrentarse a una historia de sufrimiento, pero también de dignidad. Es recordar que la libertad que hoy se da por sentada fue conquistada por cuerpos concretos, por mujeres y hombres que soportaron la cárcel, la tortura y el exilio. Y es, sobre todo, reconocer que la literatura puede ser un acto de justicia cuando se atreve a mirar de frente aquello que el poder quiso borrar.
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