Cuando Alán Cohen le pidió matrimonio, su novia se fue sola de camping a un bosque remoto de Maine. La propuesta le alteró el sistema nervioso a Leo. Le llegó la confusión de saltar o no al matrimonio. De todos los pretendientes que Leo llevó a la casa familiar en New Bedford, Alán de inmediato se convirtió en el favorito del padre irlandés.
Pasó dos días expurgando todas sus aventuras infieles que le atormentaban porque aún pensaba acudir al matrimonio, si no ya virgen, al menos honesta, católica y transparente con su última pareja. Asumió esta postura como un deber moral que iba a regir en adelante esa etapa del matrimonio, importante en la mujer. De modo que antepuso el empoderamiento racional frente al instinto sentimental de la familia Carrigan.
A los 32 años, Leo aún sigue soltera; es emprendedora, pero todavía no alcanza a ser una mujer exitosa. Le rogó a Alán espacio y tiempo para darle una respuesta definitiva. El día que salió hacia su exploración interior no demostró nostalgia alguna. Llevó poco equipaje: algunas galletas, queso, naranjas, chocolate, infusiones y vino francés.
Acampó cerca de un lago en medio del bosque. Estaba aislada de ruidos y de ese enjambre loco de la ciudad de Boston. Estaba profundamente convencida de que, desconectada de su novio, amigos y familiares, iba a tomar la decisión correcta. Consideraba que todos los intercambios de la naturaleza, como los árboles de pinos, el lago, las ardillas y el toc-toc-toc del pájaro carpintero, misteriosamente aportarían a la demanda conyugal de Alán. Pasó la primera noche y la segunda sin novedades. Se sintió orgullosa de sí misma porque pudo identificar varias constelaciones en el cielo de la noche cósmica.
Todo le iba de maravilla y según lo planeado. La rutina espiritual se le alteró justo en la tercera noche. Merodeando, apareció un oso de aproximadamente 400 libras, flechado por los orines de una hembra. Tanto en el hombre como en el animal macho, salen de su cueva tentados por placeres exteriores a cualquier hora del día y de la noche.
El placer es necesario para un mamífero seductor que es aguijoneado por la sexualidad. El grande, pesado y lento animal salió a medianoche de su cueva para ocuparse del llamado al convite de un apareamiento inesperado. El flechazo de Cupido arrastra en sus pies su deseo mayor: “iré donde tú estés y te seguiré donde tú vivas”.
En búsqueda de la hembra anónima, el hombre y el animal se lanzan sin miramientos a la mundana ventura. Dueño en su territorio, el oso despertó con calentura, cruzó riachuelos, saltó peñascos y entró a un sendero hasta llegar a un solar bordeado de pinos donde Leo tenía su acampada.
Afuera estaba el oso pardo arrancando la tierra, marcando la corte y arrojando el semen como un toro de lidia. Adentro, la linterna iluminaba la caseta apache. Leo estaba muy concentrada; leía detenidamente el libro El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. Devoraba el texto, indagaba sobre el destino de las mujeres casadas. Esas teorías capitalistas le causaban muchos sobresaltos a sus convicciones urbanas. Sin embargo, se le ocurrió añadir entre líneas que el macho de la selva también expresa su deseo carnal.
El oso bizantino está cerca de la presa; la encontró, no siente pudor porque huele sus orines y quiere su recompensa. El oso tuvo ruidos resonantes que espantan a la presa. Leo da un brinco, sale de su levitación, tiembla y se da cuenta de que él está ahí.
La criatura de terciopelo, descaradamente, se levantó en dos patas, la cató y se sintió respetado como un Casanova irresistible. Lo próximo era caer de bruces y besar el suelo que pisa la hembra de Massachusetts.
El pánico se apoderó de la excursionista vegana. De pronto, imaginó su último segundo de vida, deseada por un oso mundano, abrazada por su baile salvaje y dominada por su musculatura que enseña garras y dientes.
El oso embriagado soltó su último rugido. Hizo varias piruetas como un bufón medieval, se lamió sus befos y se rasgó la espalda en el suelo mojado donde Leo hizo pis. El oso, aunque tentado, no le tocó ni un dedo, a pesar de que cualquier animal en celo es capaz de estrangular. Leo desconocía que un oso no ataca cuando le han indicado que el objetivo es una hembra y no un macho. El meado le salvó de que pasara algo peor.
Desde luego que no durmió en toda la noche; se desveló, no cerró los ojos, pensando siempre en la imagen fálica de unos vastos genitales que le dejó el oso antes de salir en búsqueda de otra hembra más a la altura de él.
Leo calificó de vulgaridad interior la imagen erótica que proyectó el oso en su tienda y ajustó su conciencia concluyendo que la experiencia en el bosque nada tenía que ver con su honra o deshonra. Ambas quedaron intactas según su narrativa.
Cuando comenzó a despuntar el día, Leo se sintió salvada del entuerto porque el oso no podía ver en la luz diurna. De nuevo llegó a la conclusión de que todo fue parte de una desvergonzada pesadilla.
Desencantada y sin daño alguno, de inmediato desarmó el camping, deshizo los conjuros ancestrales y aborreció sus lecturas femeninas. Abandonó el bosque inquieta y magullada por el destino. Claro que, de su redentora experiencia en la montaña, pudo rematar al novio peripatético.
Leo llegó intranquila a Cambridge; no tuvo impedimento para rechazar la propuesta de matrimonio de su “partner” aristotélico.
Nacho, el gitano, escuchó cuando le tocaron la puerta y vio a Leo con el rostro desencajado. Le contó, asustada, la aventura en Maine; le habló del sueño que la dejó roída por dentro. “Ella se toma todo muy a pecho”. Leo le suplicó que la apoyara, que no la abandonara porque ellos eran como dos gotas de agua en el tumulto de un riachuelo. Ya más aliviada, Leo le rogó a Nacho que le diera un potente bálsamo para el síndrome del oso de terciopelo.
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