“Se hace tarde”, me dijo, “mi esposa me está esperando, pero antes regálame el primer abrazo de un boricua de la isla del encanto”. Mateo siguió rumbo al oeste de la ciudad, pasó por debajo del arco romano y se internó en el mercado de San Pedro, construido por Gustave Eiffel hace más de 100 años. No lo vi más y no lo volveré a ver.
El encuentro con Mateo fue en la Plaza de Armas del Cusco; vendía infusiones de hierbas en un termo. Me encantó tomar su té a las diez de la noche. Los niños se divertían, aún se paseaban los novios. De su enano radio, una quedita canción se escuchaba: "Ven devórame otra vez", del cantante Lalo Rodríguez. Mateo recordaba al salsero boricua y le estaba obsequiando un homenaje por su reciente fallecimiento en la isla. Los salseros adquieren todas las virtudes de su pueblo, y la pasión es la más sentida.
Aquí Lalo tiene su fama bien ganada, desde el Callao, Medellín, Cali o en la mismísima Lima, la ciudad de los reyes. La admiración que se tiene aquí por los salseros boricuas cruza los Andes. Dicen que Puerto Rico le dio la vida a Héctor Lavoe, pero Cartagena le dio la gloria. Cuando murió Héctor, yo aún recuerdo la enorme pancarta que tiraron los estudiantes en frente del edificio principal de la Universidad de Cartagena, que decía: "Mi gente, Héctor, el salsero de América".
"Soy un salserista y doy gracias a tu isla, y mi último sueño, si Dios me lo permite, es visitar Puerto Rico. Conozco Bayamón, Carolina, Santurce, Ponce, Mayagüez, La Perla, la 23 abajo". Mateo me sorprende.
Mateo desconoce que mi país está en el mapa del Caribe. Él da por conocida la isla y la recuerda bien, como si fuera un pedazo de Lima. Mateo conoce la geografía isleña por medio de las canciones de salsa. Las canciones son las fichas de referencia; nuestros pueblos son voces emblemáticas. Mateo habló de ellos como si recordara un concierto de salsa en Arecibo.
El amable Mateo me hizo compañía para hacerme una enumeración de cantantes de salsa cuya lista era mejor y más extensa que la mía. Mateo no solo enumeraba salseros de mucha o poca monta, sino que agregaba con frecuencia una anécdota o una leyenda que entretenía mi parada en un banco de la plaza.
La Sonora Ponceña, El Gran Combo, Los Hermanos Lebrón, Héctor, Gilberto Santa Rosa, Willie Colón, Cheo Feliciano, el Cano Estremera, La India, Tito Rojas, Frankie Ruiz… la lista fue abundante.

Un buen fanático de la salsa tiene conocimientos, y eso se llama salserismo. Conocer los pueblos de la isla y sus cantantes es parte del catecismo salsero. El salserismo es la herencia de una tradición musical caribeña. El salsero y sus leales seguidores se apartan del mundo para descubrir la belleza de los de abajo. Son artistas del dolor, pero no se quejan. El salsero reivindica la vida del caserío y de la urbe. Esa vida está sacralizada.
Con Mateo me entero por primera vez del término "salserismo", que a mis oídos resonó como un movimiento filosófico innovador y fuera de la tradición filosófica europea. Me imagino el tremendo entusiasmo que le daría a Nietzsche por analizar el salserismo como una forma de pensar la vida, donde el dolor es baile y el poeta es salsero.
Para Mateo, el salsero es el último defensor del pueblo; atrás se quedaron los guerrilleros y las doctrinas académicas. El salserismo ha llegado a desplazar la religión y la política. Este reclamo lírico popular está muy dentro de la conciencia colectiva de las ciudades andinas. El salserismo es un reclamo estético, una aventura, es el vuelo alto de la libertad y la sensualidad del cóndor.
Los riesgos del salserismo son reales; es un desafío cotidiano entre la vida y la muerte. El salserismo es la hazaña civil del salsero: sus letras, su baile erótico, su leyenda, su sabiduría y su trágica muerte. La muerte oscura de Lalo Rodríguez encarna los capítulos de vida del salserísimo.
La lectura del presente aviva la inspiración poética del artista creyente del salserismo. Por sus orígenes apasionados, de amor y desamor, el salserísimo camina por el empedrado de la fatalidad. Las canciones del salsero son sinfónicas y luchan contra una causa perdida. El salsero nos sorprende con sus canciones, nos golpea la vida sentimental; su poesía calienta la cabeza y baja a los pies, bailando la angustia de la fragilidad de nuestra condición humana.
En las ciudades de los Andes se canta y se baila salsa hasta el desmayo. Las canciones emocionales del salsero siempre son tenaces, son atrevidas y están fuera de la normalidad; su obra es cantada, bailada, es muda y solidaria. Los pueblos de los Andes admiran mucho a Puerto Rico. Somos la meca del salserismo y su peregrinaje a la isla es, todavía, un sueño.
El encuentro con el salserismo se lo debo a Mateo. Creo que la mitad de su alma es pura salsa boricua. El hombre de los Andes y la salsa conservan un patrimonio de lamentos y alegrías puertorriqueñas.
14 de diciembre del 2022 en el Cusco
Juan Casillas Álvarez. (Mi próximo libro. Saldrá este año)
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