Desde el enfoque indagador que el autor de esta obra sostiene en sus ensayos, encontramos que él recurre a los juicios sostenidos por el filósofo Armando Cordero en su libro Panorama de la Filosofía en Santo Domingo, Ed. La Nación, Santo Domingo, República Dominicana, 1962. Vol. II., donde vemos que “a partir de 1930, la problemática de la enseñanza y divulgación de la filosofía y el pensamiento toma otro rumbo”. (Ver pág. 105, obra citada).
Verificamos que, con la llegada de don Pedro Henríquez Ureña al país el 15/12/1931, y su nombramiento como Superintendente General de Enseñanza, las Humanidades también tomaron otro rumbo, desde la filosofía. Y hoy en día, es todo lo contrario en este país, negando así los principios de Pedro Henríquez Ureña.
Se resalta la creación de la Facultad Libre, la cual inició el 18/2/1932, en la entonces Universidad de Santo Domingo.
Esos datos nos aproximan al interés del autor de El horizonte y la memoria (2010), en valorar nuestro filosofar, desde nuestras academias y también desde nuestro Sistema Educativo Nacional, como un compromiso patriótico, por una sociedad más pensante, solidaria y participativa.
Se advierte que, a pesar de este significativo esfuerzo, fue imposible alcanzar los objetivos propuestos por Don Pedro Henríquez Ureña, por situaciones socio-culturales y políticas que imposibilitaron el logro de esa propuesta.
Esto nos acerca al plan de Pérez Nina, desde este libro, como el facilitar a los estudiosos de la filosofía en nuestro país, un contexto teórico que los induzca a organizar un documento histórico que sirva de referencia, para escribir la historia de la filosofía y de nuestro filosofar en la República Dominicana.
En esta obra, los profesores y estudiantes de Filosofía de la actual Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y sus autoridades administrativas, tienen una fuente de consulta confiable, para aplicar cualquier aspecto que sirva de referente e historial de la carrera y de la actual Escuela de Filosofía en la UASD.
Además de estos aportes, también encontramos apuntes teóricos que recogen parte de los alcances del pensamiento hostosiano en la sociedad dominicana y la creación de la Escuela Normal y el Instituto de Señoritas “Salomé Ureña”, el 3/10/1881.
Y vemos, además, que Pérez Nina también les brinda significativos datos a los estudiosos de la educación nacional, al referirse a la educación hostosiana en nuestro país, donde la reflexión y la acción del sujeto pensante son fundamentales.
De ahí que la relación de lo físico, lo moral y lo social, es tratada como partes vinculantes, en el pensamiento educativo hostosiano, en procura de la formación de un sujeto reflexivo, creativo y crítico.
Las limitaciones en nuestro filosofar no son el resultado de una tarea que surge porque sí, ya que ese vacío tiene programadores y ejecutores.
El Estado dominicano, desde sus gobernantes, en diferentes épocas, tiene vínculos de gran responsabilidad con esta situación, lo que atenta contra el actuar y el pensar del sujeto de hoy.
Y como bien afirma Pérez Nina: “La escasa conciencia filosófica dominicana, la poca valoración de la filosofía en los programas educativos del país es un mal que surge con la historia misma del Estado dominicano y sus instituciones.” (Ver pág. 113, obra citada).
Desde aquí, se sostiene una justa evaluación del pensamiento filosófico y educativo de Eugenio María de Hostos, como un reconocimiento transgeográfico, porque responde a una mirada detenida a sus lineamientos pedagógicos, en apego al desarrollo cognoscitivo del sujeto, su pensar y su vivir.
Hay aquí, también, una observación crítica sobre el tratamiento dado por Armando Cordero a nuestro estado de la filosofía, desde su libro Panorama de la filosofía en Santo Domingo (1962), porque no determina las características y los enfoques discursivos de los filósofos elegidos, por tratarlos de manera general y no específica, según el tratamiento sostenido en su discurso filosófico.
Otro dato a señalar es que Cordero nada más abarca en su estudio hasta el año 1962, ignorando las publicaciones que sobre filosofía y las humanidades aparecieron en los años 70, 80 y 90 en nuestro país.
Siguiendo con sus planteamientos críticos, reflexiona aquí sobre el actual estatus de las investigaciones de Juan Francisco Sánchez (1902). Aludiendo que sus trabajos se conocieron de manera parcial durante la Era de Trujillo y que después de su muerte esa situación de olvido de sus trabajos se mantiene, aunque merece un proceso de recuperación y selección crítica.
Pérez Nina procura que en la actualidad podamos valorar algunas de las obras de Juan Francisco Sánchez, como la titulada Filosofía Española del siglo XVI (1955); o su obra Filosofía, Psicología y Realidad Humana (1955). Además, nos presenta la posibilidad de que se pueda analizar la obra titulada El pensamiento filosófico en Santo Domingo, de Antonio Sánchez Valverde (1956), entre otras.
Pérez Nina, como pensador, procura que los otros pensadores, filósofos o no, sean vistos a partir de sus obras publicadas, como una forma de demostrar al mundo su estatura de intelectual de dimensiones éticas que valora el quehacer de los otros, como se patentiza en estos casos.
Desde la introducción, Pérez Nina fijó cuál sería el trayecto de su discursividad en esta obra, por lo que la búsqueda y aplicación de una teorética que procure reconocer nexos entre los espacios cognitivos e intelectuales de múltiples saberes, asociados a la Filosofía, a la estética y a la literatura.
Este autor ahonda su estrategia en los tejidos de nuestro filosofar, dentro de su complejidad hermenéutica. De ahí la importancia de esta obra, en la trayectoria de ir conformando el posible historial de la filosofía dominicana, hasta la actualidad.
Hay un eje transdisciplinario que sirve de enlace o conexión, para entender la diversidad de saberes que se entrelazan en estos ensayos.
La idea proyectada desde estos ensayos es partir de una base racional que permita poner en evidencia los soportes cognoscitivos que les sirven de enlace, a pesar de su diversidad.
El autor se apoya en los saberes académicos y autodidácticos, como marcos referenciales, para la producción cultural, en los diferentes espacios del quehacer intelectual.
Estamos ante una obra ecléctica que se extiende a lo largo de las complejidades propias de los saberes humanísticos. Es por ese ahondar en los vínculos de estas diferentes fuentes del saber que podemos encontrar aquí los registros sígnicos y simbólicos que entrelazan el ensayismo estético con el ensayismo filosófico y el literario, con el propósito de justificar su interpretación y su comprensión.
En definitiva, desde esta obra, su autor reclama lo que podemos llamar abordaje, la implementación de una lectura humanística. O lo que es lo mismo, una dialogía racional con el texto.
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