“De esperar algo o esperar nada, está hecha la materia de nuestro tiempo”. MRG
Desde que irrumpió en el tiempo poético de las letras dominicanas, en la década de los ochenta, Martha Rivera-Garrido se convirtió en un torrente sanguíneo de nuestra poesía: un huracán lírico y un cataclismo de la imaginación, tan poderosa como desbordante. Oírla leer en vivo y leerla es contemplar una fuerza telúrica y cósmica, pues escribe con agallas: con todo su espíritu, en estado de arrebato melancólico, con todo su ser, abierto al aire del mundo y con insólita libertad poética. Su poesía se lee como un testamento al filo de la navaja: entre la muerte y la agonía del vivir. Sus textos literarios representan un credo testimonial, en cuyo arte poético, su ser creativo se despersonaliza, en un estado interior de desesperación, que la retrata, desvela y desnuda. Vive en el exilio interior de un alma errante, que se exilia –o autoexilia—con su corazón y su mente. Rivera-Garrido pasa de lo lúcido a lo lírico, con extrema lucidez y desgarramiento ontológico: narra, canta y poetiza. Su poesía semeja la escritura aforística y fragmentaria de los antiguos filósofos presocráticos o los moralistas franceses de los siglos XVII y XVIII (en especial el más osado y terrorífico: el suicida Chamfort). En el mundo poético que estructura y funda, sobresalen y deslumbran, el sentimiento de orfandad, el desapego, el duelo y el dolor, con una prosa poética escrita entre el amor y el desamor, la vigilia y el insomnio, y en estado de duermevela.
En 1996, estremeció el panorama literario del país, al obtener el Premio Internacional de Novela de Casa de Teatro, con su opera prima, He olvidado tu nombre: un fenómeno extraño, pues se suele decir que “los poetas no son novelistas”. Se trató de una novela testimonial y autobiografía, que se lee como una anatomía –o radiografía– de su generación y sus excesos, de la ciudad capital y de su vida nocturna, narrada con soltura, desenfado, altísimo aliento poético y alta temperatura onírica. Su primer poemario fue 20th Century (1985); luego publicó Transparencias de mi espejo (1985), Geometría del vértigo (1995), Enma, la noche, el mar y su maithuna (2013), Alfabeto de agua (Poesía reunida, 2014) y Narraciones de ella (2022).
Memoria de medusa (Huerga & Fierro, Madrid, 2024) es un poemario del duelo, escrito en prosa. Es la expresión de un ser lírico atormentado por el dolor y la culpa: texto del delirio y del amor enfermo, que invoca y convoca el silencio de la música y las palabras del tiempo. Dedicado a su fallecido marido, Harry Carbonell Hurst, este libro navega entre el surrealismo y el simbolismo, por su potencia onírica y efluvios sinestésicos. Fue escrito entre los bordes del abismo de la angustia y los vértigos del dolor. Lo alimentan el nihilismo de la calle y el vacío de la nada: es escritura poética de una herida que no cierra y que deja una llaga en la memoria y la conciencia. Poética del sueño y del dormir. Su ser poético sueña despierto, en un estado de vigilia inconsciente, en que el cuerpo se diluye en la ensoñación, cuando la mente sueña que duerme, en un estado de sueño, entre el durmiente y el dormido: el amante y la amada, que sueña el sueño eterno de la muerte.
Martha Rivera siempre ha escrito con todo su ser y su cuerpo: con todos sus fantasmas y sus ansias, sin miedo ni temor a la tradición poética, a la moral o a la ética social. Escribe con rabia y con furia: con la piel y las vísceras, en una prosa trepidante y vertiginosa. Y lo hace desde la estética del dolor y la tragedia del espíritu. Asimismo, desde la angustia creadora que le sirve de estímulo, impulso y acicate lúdico. Es decir, desde el delirio y el relámpago de la metáfora; también, desde el ardor del cuerpo erótico, que desea completud y sustanciación. Su imaginación poética es una máquina lírica, que dinamita la noche y enciende la página en blanco: una mente incandescente que hace cortocircuito con la realidad y la razón. Es un rayo y un relámpago de fuego, que agrieta el orden. “Me escurro hacia dentro de mí misma para no leerme el final de lo que cuento”, sentencia categórica.
Rivera-Garrido pone el amor en crisis. O, más bien, la idea del amor como peligro de muerte, al filo del cuchillo y asediado por el delirio y la locura (o el amor loco). El amor como hechura de tiempo y de luz, a quien acechan el polvo y la ceniza, los naufragios y las caídas. El amor enfermo: el amor que mata y ata, el amor que lo persigue el amor mismo. Ontología del amor y antropología del erotismo: el arte de amar deviene en arte poético. En la poética de Memoria de medusa hay una búsqueda de eternidad para trascender la muerte, a través del amor y del goce, en un coqueteo con la muerte del cuerpo, no del erotismo. Ella escribe, desde el sueño y la ensoñación y, al hacerlo, lo hace desde el vértigo, en los límites entre el pensamiento y la metáfora. La escritura poética deviene escritura contra la muerte: resurrección y renacimiento del espíritu creador. Escritura del dolor y del azar de la vida. Escritura para conjurar la soledad del espejo, en un diálogo imaginario con las diosas y los dioses de su mundo verbal y metafísico (Pizarnik, Plath, Cortázar, Dylan Thomas, Kafka, Kierkegaard, Pavese, Dalton, Pound, Lorca, Paz, Artaud, Tagore, Borges, Martí, Heidegger, Holderlin, Eliot, Rilke, Nerval, Barthes, Pessoa, Lawrence, Faulkner, Carpentier, Pacheco, Poe, Perse, Quevedo, K.A. Porter, Tennyson, Hughes, Chaucer, Camus, Alberti. L.M. Panero…), o con sus dioses musicales y héroes políticos o doctrinarios. Esos personajes (músicos, poetas, filósofos, políticos, pensadores y escritores) conforman la tribu de su sensibilidad letrada y el altar de su parnaso. Son voces oraculares cuyas influencias, en su gusto y “afinidades electivas”, poblaron sus ojos y sus oídos de sonidos, palabras, ideas, voces, cantos y estilos de pensar, sentir, soñar, imaginar o crear.
En sus páginas la tristeza y la melancolía se transfiguran en estímulos y leit motiv de escritura: elegías y elogios, “homenajes y profanaciones”. En este libro, cada poema en prosa es un texto a caballo entre la narración, el aforismo, el relato y el microrrelato, matizado por el énfasis del pensamiento y la reflexión, donde se abrazan la estética de lo siniestro y la estética del asco. Y donde lo profano y lo sagrado se yuxtaponen en composiciones verbales, que revelan a un ser perdido, en el laberinto existencial de la angustia y la incertidumbre. En su prosa brillan a un tiempo las ideas y la poesía. Es decir, el temblor del pensamiento y la emoción de las imágenes.
El humor negro y el realismo sucio, en cierto modo, reflejan sus huellas dentro de esta poética de ecos surrealistas e imágenes de lo fantástico. Culto al suicidio romántico, hay una mirada oblicua a la muerte: no miedo sino un desafío a su poder destructivo. El amor, como la muerte, son fuegos que queman: crean y construyen, matan y transforman—como el fuego de Heráclito. Lo bello y lo feo, lo trágico y lo cómico, nombran y convocan, evocan y definen, con temor y temblor, lo humano y la naturaleza. Aquí, ambas categorías estéticas pugnan, en una batalla poética, por imponer el imperio del bien y del mal. En Rivera, el amor reverbera en claves de sueños: depara en metáfora del deseo, con que funda una poética del erotismo, insertada en la desnudez barroca y surrealista. “Te amo con toda el alma, que es lo único que soy cuando estás en mi cuerpo”, dice. Su órbita poética busca trascender la memoria y el olvido, con su lengua y su lenguaje expresivo. Cada texto es una crónica de la memoria poética, una masa festiva de palabras, que tejen y se entretejen, en un tejido se símbolos y alegorías hasta conformar –y formar– un corpus de su mitología personal. De modo pues, que esta obra es esencialmente personal y autobiográfica: escrita con la piel, lo soñado y lo soñable, al filo de la muerte y el azar, al borde de la salud y la enfermedad. De frases en tono invocativo, en una invocación y celebración del amor, este poemario está articulado por un diálogo secreto, imaginario y deseante, entre el amado y la amada. Se alimenta más de la nada que del ser, más del vacío que de la plenitud. Sus imágenes producen vértigos: su lectura alucina y estremece. El cuerpo se vacía de amor, y al vaciarse, se llena de culpa y remordimiento. El amor, después del acto coital, se vacía de deseo; su hambre de cuerpo, al saciarse, se muere como una petite mort, y resucita como energía dadora de vida, como una pequeña epilepsia –como creían los antiguos. El amor, busca al otro para completarse, para ser el mismo: agua en el agua, fuego en el fuego. En su acción, se construye y se destruye: quema y se vuelve ceniza, en un viaje a sí mismo. El ser poético se derrama, al practicar el arte de amar, como un río que intercambia su corriente en el otro. Se ama para ser otro, o llegar a ser lo idéntico. Así es el misterio del amor y sus peligros. Entre el amor y la muerte, media el tiempo del abismo. Y es lo que ha hecho Martha Rivera, al capitalizar y transformar sus delirios, sueños, insomnios, angustias, psicosis o neurosis, para convertir toda esa experiencia vital, en materia poética.
Cada texto representa una epopeya del yo lírico: una épica del desarraigo ontológico. El poema es fuego, llanto, plegaria y ruego. El ser poético intercambia sus roles: pasa del yo al tú, y viceversa. También, del yo al yo: se ensimisma. Se vuelve acción: acto. El ser femenino tiene sed de amor. Su ser mujer demanda entrega y llanto de amor. El amor enloquece: demanda un cepo. (“Siempre hay algo de locura en el amor”, como dijo Nietzsche. “Que sea locamente amada”, dice Breton en el Amor loco). Rivera- Garrido ha hecho aquí una apología del amor enfermo. Del amor como dependencia: prisión de la memoria y cárcel del corazón. Del amor demente. Epifanía del deseo. Metáfora e hipérbole de la palabra. Elegía del delirio amatorio, el amor nos salva y nos condena. Es un misterio y un pecado: culpa y perdón. Un combate y una guerra entre el cuerpo y el alma –o del cuerpo contra el alma. Es un fuego cruzado de las miradas: nace por los ojos y muere con el silencio. Las palabras y el diálogo lo alimentan: vive a un tris del placer y el dolor. Es una llaga y una herida abierta: blanco y negro. El todo y la nada. El amor es el nervio vital y el centro de gravedad de este libro, escrito con pasión delirante y potencia expresiva. Con palabras incendiarias y prosa vertiginosa. Con estilo y ritmo que fluyen y refluyen: reverberan y reptan por los meandros de la imaginación y la fantasía. Conciertos de los sentidos, la prosa aquí es música en claves de jazz y rock, bolero y pop music. Su ritmo es la música que sirve de espejo y escenario a la página, que se puebla de signos y símbolos. Así pues, cada texto encarna una sinfonía. Cada línea representa la melodía y el sonido de las palabras, cuyo tejido alumbra la noche y la naturaleza de la vida amorosa. Cada texto representa la página de un diario poético de la memoria y la nostalgia: un testamento y un testimonio del amor como fuego del cuerpo y la sexualidad. El amor, en esta poeta, vive y convive, entre la tristeza y el dolor, que disipan la pasión y el deseo de la vida despierta. “He estado triste, amor, me he desangrado, y he cocinado tu ausencia en hornillos sin fuego”, dice su voz poética. Su ser agoniza entre la angustia del amor y en las llamas que queman su conciencia y su memoria sensible. Sus palabras arden y se transfiguran en signos y símbolos del amor y el deseo. “He sido condenada a olvidar el olvido. He sido condenada por el poema al silencio, por el amor a no amar. Fue así como te inventé. Un rayo me ha partido al revés: me estoy leyendo”, sentencia.
Rivera, a mi juicio, ha escrito los poemas eróticos y amatorios más atrevidos, desenfadados y profundos de la poesía dominicana: pueden perfectamente situarse en la más exigente antología de la poesía erótica y amatoria del mundo –o de nuestra lengua. Nadie como ella ha dicho, con imágenes y metáforas tan líricas y hondas, lo que dice y cómo lo dice, con un canto y una voz tan única, con una violencia verbal y una libertad expresiva tan libre, que hacen estremecer concepciones, visiones y miradas sobre el orden, las convenciones sociales, la moral, las religiones y las ideologías. Semeja una post-surrealista o post-dadaísta en estado puro, al romper esquemas, dinamitar sensibilidades y callar voces, que impactan en las relaciones humanas y amorosas. Su poesía se nutre de ausencias, silencios y vacíos; sus palabras se alimentan de sueños y deseos, anhelos y llantos.
Poeta del desasosiego (como Pessoa), guerrera (o medusa) de las palabras, francotiradora del vacío, Martha Rivera ha creado una línea poética en prosa, de ritmo vertiginoso y alucinante, que coquetea con los abismos del ser, donde resuenan los ecos, los gemidos y los latidos de la música cósmica de los dioses y los demonios, cuyas melodías ensordecen y atormentan. Su obra poética representa la búsqueda de absoluto, es decir, la búsqueda de la nada y el vacío. Y de ahí que bordee los límites de la locura, la muerte, la vida y el amor. Poeta de la sombra, la penumbra y la oscuridad, antes que de la luz y la transparencia. Su imaginario se alimenta del naufragio y la zozobra de la vida: de los lugares sin límites de lo real. De la sal de la vida. Su ser hace un vuelo rasante que nos deja sin aliento. Su poesía es siempre una provocación a los sentidos y al factor humano. Y su voz agónica es un canto terrible al mundo. El universo que crea hiela la sangre y congela los instintos. Escribe buscando la felicidad que no halla en la realidad: desordena y ordena el caos. Deseo, miedo y angustia se combina, y en su combinación, se confunden sus sentidos. Su poética es la expresión de un ser desasosegado y lleno de incertidumbres, experiencia que capitaliza y de la que saca rentabilidad lírica. Escribe para conjurar o aplazar la muerte: como mecanismo de defensa, resiliencia y acto de fe. Es decir, para agarrarse al hilo de la vida, en un salto mortal al vacío sin fin de lo irracional.
Rivera combina poesía de experiencia y de inocencia: soledad y comunión. Poesía y filosofía, poema en prosa y aforismo, la poeta y la pensadora, la moralista y “la inmoralista” danzan al compás de la música de las palabras y de las ideas: pensamiento y escritura. Mándala, mantra, laberinto, círculos concéntricos, círculos viciosos, su obra lírica gira en un limbo dantesco. No aspira a habitar el paraíso ni el infierno sino a vivir en el purgatorio. No navega: naufraga. No vive: sobrevive. Vive en el delirio de la sombra, con sus resacas de miedos y perplejidades. “No todo lo que vive ha vivido. Es vivir lo que cuenta, no la vida”, remata. Para ella, vivir es desvivirse. Vivir es acción. La vida es el reposo relativo del movimiento absoluto del vivir. No solo el dolor del amor y el desamor tienen espacio en su imaginario poético; también, el dolor y las injusticias de la guerra y la discriminación. Así vemos, un canto a Palestina y una elegía a Nelson Mandela: un grito por los niños de Palestina en Gaza y una invocación por la muerte del líder sudafricano contra el apartheid, respectivamente. Poesía amorosa y social: no intimista sino de una épica interior. Del dolor y la sangre. De la libertad y el amor. Contra el odio y la guerra. Contra el hambre y los olvidados: elegías del luto y el llanto.
Otro rasgo de este poemario es el humor negro surrealista. Sus páginas nos hacen reír con los dientes apretados de miedo y horror. En sus visiones, el amor hiere y el deseo mata. Esas visiones se vuelven, en ocasiones, pesadillas insomnes: una puñalada en el alma enamorada y una estocada en el espíritu de la decepción. En esta autora, como en Goya, “el sueño de la razón produce monstruos”. O como en James Joyce, al decir: “La historia es una pesadilla de la que estamos intentando despertar”. En Rivera hay una poética de la enfermedad y el tedio. Una escritura que se alimenta de la abulia y del “malestar de la cultura” –de estirpe freudiana. Una obra poética que se sumerge en los estados oníricos y en los estados de duermevelas, bajo los placebos y los fármacos, que disipan las enfermedades de la voluntad. En esos territorios del delirio y las alucinaciones habitan y orbitan los efluvios de sus fantasías, amarguras y aflicciones. Ya lo dijo Novalis: “La poesía es una enfermedad del espíritu”.
Poética, además, del cuerpo y sus estertores, de su conciencia herida y su complejo de culpa. Aquí la escritura poética actúa como cura y catarsis: olvido contra memoria. El centro de gravedad de su universo poético está descentrado: sin núcleo, sin centro y sin punto de inflexión. De ahí su desasosiego por encontrar un punto de equilibro: un polo magnético que le inyecte orden, en medio del caos. Su dolor no es físico sino espiritual y ontológico. Y esa es su materia prima, y la sustancia que le insufla aliento y esencia a su poesía. La narratividad de su discurso poético sobresale frente al verso. El poema relata, en prosa de imaginación, como recurso de escritura, y que emplea la poeta para sumergirnos en su mundo, en su magia verbal y en su drama fantástico. Ella escribe con todo el cuerpo y toda su alma. Como vive al borde del abismo, así escribe. Cosa difícil y peligrosa, pues demanda vivir como se escribe y escribir como se vive. Así que, la angustia la alimenta y le proporciona fuerza y vitalidad, en una escritura a contrarreloj, dicha son sangre y con la “tinta de la melancolía”. Su alma la vendió a crédito, a la vez, al demonio y a los ángeles. Bucea en los bajos instintos como criatura perdida y extraviada, en el laberinto del caos y en las esferas del mal. Si hay malditismo, en la poesía dominicana, esta poeta ochentista lo encarna y refleja en su coqueteo con poetas de la perdición y del mal. Acaso Dionisio de Jesús, José Alejandro Peña, Rosa Silverio y Frank Martínez la escoltan o siguen sus pasos. En Rivera hay una alquimia de mujer, un mundo escrito con sangre, lágrimas y sexo. Es una poeta cuyas palabras estallan en luz y fuego: derrama humores de cólera. Posee una personalidad y un temperamento marcados por la música, la poesía, el cine y la novela. Poeta de prosa incandescente y de palabras, cuya única ética es el silencio absoluto.
Su poética representa al ser desterrado que huye del miedo y de sí misma. Pero que se queda al borde del precipicio. Filósofa del desamor y del amor, la autora de Narraciones de ella ofrece al lector la experiencia desgarradora e intransferible de la sensibilidad femenina, del ser mujer y su precio en el mundo y en la sociedad de hoy. “La gran paradoja es que cuando se acaba el amor, siempre quien quiso más pierde menos”, afirma. Nuestra poeta escribe con garras, hambre, sed, rabia, dolor, ansiedad y deseo, y, desde esas experiencias, define las cosas y los sentimientos, la vida y la muerte. Este poemario es un diario de la orfandad, de la viudez y del desamparo. De la ausencia de madre y de marido. “Es terrible, abominable, insoportable la orfandad. La mía”, sentencia. Su poesía siente y piensa. O, más bien: siente pensando y piensa sintiendo. Piensa con el sentimiento y siente con el pensamiento—como diría Unamuno.
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