Juan Carlos Mieses, quien recibió el Premio Nacional de Literatura 2024 —principal galardón literario de la República Dominicana—, en su obra La resurrección del Dr. Blagger y otras narraciones nos hace mirar hacia el futuro con una emoción invaluable. En ella describe un mundo y una sociedad distópica ubicada siglos en el mañana, y sitúa gran parte de estas narraciones en lo que fuere la República Dominicana para ese entonces.

Esta compilación de relatos, individuales, pero conectados entre sí, comparte un mismo universo narrativo. Son narraciones alternas de personajes que, como en el mundo real, tienen su propia historia. Aunque los hechos ocurren en tiempos y espacios distintos, todo sucede dentro del universo literario que Mieses construye en esta obra.

Leer este libro nos hace detenernos a pensar hacia dónde se dirige la humanidad y qué tanto avanzará nuestro país con el resto del mundo. Pero, sobre todo, me hizo preguntarme: ¿hasta qué punto defenderemos lo que somos como nación? ¿Por cuánto tiempo mantendremos con orgullo esa libertad, identidad y patriotismo que tanto nos ha costado?

Entre estos relatos, hay dos que llamaron bastante mi atención por mostrar cómo, aunque el mundo experimente cambios y el paso del tiempo deje muchas cosas en el pasado, siempre habrá quienes defiendan nuestra identidad y nuestra patria. Estos fueron Villa Consuelo: Tierra Cero y Mexía, o el último de los quisqueyanos.

Villa Consuelo: Tierra Cero es un relato que atrapa desde sus primeras líneas. Aquí se pone de manifiesto el buen dominio del lenguaje del autor y su manera de describir, de un modo magistral, este mundo ubicado unas décadas en el futuro, específicamente en el año 2095.

Entre el himno y la sangre: dos caras de una misma moneda en el futuro distópico de Juan Carlos Mieses

La obra nos hace parte de una proyección donde se muestran los hechos de un trágico acontecimiento —o más bien, de un horrendo acto terrorista— ocurrido unos 30 años antes de la fecha mencionada. La descripción tan detallada de las escenas, divididas en secuencias, nos transporta a esa sala de proyección y nos convierte en espectadores capaces de casi ver las imágenes descritas en las páginas del libro.

Este relato está tan bien logrado que podemos experimentar el asombro y la angustia de los presentes, y el ferviente deseo de, tras cada secuencia, saber qué ocurrió después.

Esta narración refleja las inquietudes y la oposición de una parte de la población que no está de acuerdo con el establecimiento de un gobierno mundial. Presenta la lucha y el complot de una masa que se resiste a perder el patriotismo y los elementos que definen a su país. Sin embargo, también revela una ironía que denota la doble moral de personas que, con tal de defender sus principios, recurren a aquello que tanto critican y llegan a formar alianzas internacionales para sostener sus posturas nacionalistas. Como se expresa en el texto: “Los terroristas, que provenían de diferentes países del área, habían logrado crear un sindicato criminal de carácter internacional. ¿No les parece irónico que recurrieran, para ellos mismos, a lo que se oponían para los demás?” (Mieses, 2019, p. 19)

Este relato también pone de manifiesto cómo un hombre, parte de esta organización terrorista, debe enfrentarse a sus propios demonios y vivir con el peso de sus decisiones, obligándose a revivir una y otra vez un recuerdo doloroso: una culpa que no muere, un remordimiento que lo persigue incluso en sus sueños. Como señala el texto: “Tampoco había imaginado que no habría, para él, olvido oportuno ni sueño apacible o generoso” (Mieses, 2019, p. 25).

Por otra parte, también lo persigue la amargura de saber que quienes le ayudaron a cumplir con su misión tuvieron que ser ejecutados por él mismo, todo por la causa por la que estaban luchando. Los rostros de aquellos compañeros a quienes tuvo que eliminar no lo dejaban en paz aún después de tanto tiempo. El personaje se pregunta: “¿Por qué, después de tantos años, me persiguen los rostros de los hombres y las mujeres de mi equipo? ¿Por qué?” (Mieses, 2019, p. 25).

En mi opinión, esos rostros que lo persiguen son una referencia directa a sus decisiones y acciones, las cuales fueron tan suyas como su equipo. Representan la culpa que lo acompañará hasta el último momento de su vida, porque, ¿acaso acabar con quienes luchan por lo mismo que tú no es luchar contra ti mismo y traicionar tu propia causa? ¿Qué validez tiene una convicción que te lleve a eliminar a quienes luchan a tu lado? Los rostros que lo atormentan son, en el fondo, los últimos rastros de humanidad que quedan en él: presencias que se encargan de recordarle que todas sus víctimas tenían un rostro, una vida y un alma que él mismo apagó.

El otro relato ––Mexía, o el último de los quisqueyanos––, describe el patriotismo de un hombre que, en el año 2144, también se niega a perder su identidad como dominicano. Más allá del avance que supone un nuevo gobierno mundial y la integración de tecnologías que “facilitan” la vida del hombre, él está convencido de que es necesario preservar la humanidad y el derecho de cada nación a decidir su destino como país. Esto se pone de manifiesto en la narración cuando se afirma:

Guardaba la esperanza de que su acción serviría de ejemplo para quienes como él estaban decididos a no aceptar el Nuevo Orden de una Corporación que pretendía despojarlos de lo único que los podía salvar de la alienación total: su humanidad y su pertenencia a una comunidad con derecho a decidir su destino y a luchar por sus sueños… (Mieses, 2019, p. 48)

Mexía buscaba marcar un precedente en medio de tratados que pretendían abolir conceptos como “soberanía” y “nación”, como se expresa en una transmisión del texto: “[…] La Declaración, el tratado final que establecerá de forma definitiva la abolición del concepto de soberanía y de nación, en un plazo no mayor de 20 años, cuando todas las federaciones regionales serán integradas con diversos grados de autonomía…” (Mieses, 2019, p. 47)

El texto describe claramente las razones por las cuales Mexía entendía que debía hacer algo: “Primero habían diluido su país en una comunidad isleña y le cambiaron el nombre, luego lo disolvieron en una federación regional y ahora pretendían fundirlo en una confederación continental…” (Mieses, 2019, p. 47)

Mexía creía firmemente en el orgullo de pertenecer a un lugar con identidad propia. Para él no era justo que se le arrebatase el derecho de ondear su bandera, y esto se evidencia en el acto que llevó a cabo al cantar el Himno Nacional de la República Dominicana, abiertamente y frente a todos: “[…] y comenzó a cantar. 150 decibeles de rabia y de esperanza resonaron en la sala: Quisqueyanos valientes alcemos…” (Mieses, 2019, p. 49).

Esa acción, debido al contexto social y político, era muy mal vista en ese momento, aparentemente un crimen castigado con severidad. Esto se evidencia en el fragmento donde se relata la reacción de la gente: “Mientras cantaba, Mexía miró ansiosamente a su alrededor, esperando encontrar aplausos, miradas de admiración o algún gesto de solidaridad. Le asombró encontrar únicamente miedo, rabia, incomprensión y desprecio en los semblantes de los asistentes” (Mieses, 2019, p. 50).

Esta escena lo hace parecer solo en lo que hace y en lo que cree, pero ¿realmente era así? ¿O existe la posibilidad de que hubiera personas que sintieran lo mismo que él, pero que, dominados por el miedo no se atrevieran a apoyarlo? ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a sacrificarlo todo por nuestra patria, por nuestras creencias, por nuestras convicciones?

Los dos relatos aquí mencionados ponen en evidencia cómo cada persona, guiada por sus propias ideologías, defiende su patriotismo, aunque eso represente el sacrificio más grande de sus vidas. Cada uno, a su manera, entiende que lo está dando todo por su patria y que, aunque otros no lo entiendan, están convencidos de que están haciendo lo correcto.

El libro en general me parece una lectura exquisita, con una amplia riqueza lingüística y literaria que hace de la obra una joya de la literatura dominicana. Integra la ficción, una visión hacia el futuro, nuestra identidad como dominicanos y, en el cierre de cada relato, presenta un final que se queda haciendo eco en nosotros y que nos deja reflexionando sobre lo leído.

La resurrección del Dr. Blagger y otras narraciones es, definitivamente, una obra excepcional que disfruté con cada palabra que leía. Es un libro que se puede leer una y otra vez, y en el que cada lectura representará una experiencia distinta.

Mieses, en las dos narraciones aquí analizadas, nos hace ver de cerca las dos caras de una misma moneda: por un lado, un grupo cuyas convicciones y profundo patriotismo los llevaron a acabar con numerosas vidas; y por otra parte, un hombre que actúa solo, con la esperanza de encontrar más como él. Con un acto, sencillo en apariencia, pero bastante simbólico y significativo en esencia, logra provocar un gran revuelo. Tanto el grupo terrorista como Mexía tuvieron algún tipo de impacto en lo que sucedió después.

Tras leer estos dos relatos es inevitable preguntarse, ¿qué habríamos hecho nosotros? ¿Estaríamos dispuestos a formar parte de un grupo terrorista con tal de defender nuestra soberanía? ¿Habríamos entonado las notas del himno nacional con Mexía o habríamos guardado silencio? ¿O peor aún, nos habríamos alejado de él con desprecio? ¿Hasta qué punto estaríamos dispuestos a defender nuestra libertad, nuestra identidad, nuestra patria?

Sin duda alguna, a través de las páginas del libro, Mieses nos embarca en un viaje de reflexión sobre lo que somos y en lo que nos podríamos convertir. Esta reflexión es latente, un eco que retumba en nuestras mentes y que nos susurra: lo que seremos en el mañana es el resultado de nuestras acciones y decisiones de hoy.

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REFERENCIAS

Carlos Amado Mesa

Estudiante de letras

Carlos Amado Mesa. Estudiante de la Licenciatura en Letras Puras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

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