El Gigante del Cusco (Perú 2020)
Es mi sexto día en el Cusco, los días me pasan sin tener un registro anotado de las imágenes y acontecimientos que me regala el Cusco. Ayer las protestas se tomaron la ciudad contra el golpe de estado al presidente Rafael Castillo. Las cosas están que arden, hay un incendio político en todo el país. Mientras tanto, no hay normalidad y no se sabe la dirección a tomar y no se esperan a corto plazo acuerdos políticos.
Me he visto cruzando fuegos, saltando escombros, vallas de neumáticos y montículos de rocas en las avenidas. Estaré en la sagrada capital más días sin saber cuándo regresaré a Lima. Hoy es un nuevo día y la ansiedad de ayer me despertó temprano. En esta temporada, las mañanas suelen ser frías y lluviosas. Cuesta lavarse la cara y preparar el cuerpo porque el baño del apartamento está afuera, en el pasillo. Me hago un rápido aseo de poca resistencia para volver nuevamente al apartamento que está más caliente.
Cuando abro la puerta, no puedo evitar fijarme en una foto enmarcada del Gigante del Cusco. Es una fotografía del año de 1925. El coloso incaico está acompañado de una persona de baja estatura, es un caballero con traje y corbata que alza su frente para poder mirar la cara del gigante. El observador tiene la postura como si estuviera en primera fila del circo de las maravillas.
El colosal espécimen es un quechua de pura cepa. Lleva la cabeza descubierta, el gorro lo tiene agarrado a la mano izquierda. Por encima de los hombros, luce un poncho grande de rayas. Los pantalones de lana son de trabajo y están raídos hasta las rodillas. Por debajo del poncho, viste una camisa igual de lana y calza unas viejas alpargatas. De acuerdo a la foto, el Gigante del Cusco también es un campesino. La cara vista de cerca es una joya fina tallada como si fuera una deidad ancestral.
La imagen completa me encandila a tal punto que pienso sin control en el cíclope Polifemo y Perseo, el héroe griego. La pareja desigual simboliza quizás a Goliat, el guerrero feroz y, a David, el joven pastor. Todo esto me saca afuera del apartamento, preparo mis armas de mochilero y me es preciso buscar un parque con amplios escalones que tenga bancos para sentarme a escribir alguna buena prosa que teja la imaginación del Gigante de Cusco y su relación con los superhéroes de los Andes.
Le encontré un marcado parecido al Gigante de Carolina de Puerto Rico, como si hubieran mamado de la misma teta. Ya me encuentro caminando por las calles empedradas, mi objetivo es encontrar la plaza que corresponda al marco de mi inquietud. Hay más de diez plazas y plazoletas en el centro histórico de Cusco. En la Plaza Mayor hay protestas, hay mucha distracción política muy tentadoras a mi activismo. Además, prefiero la noche cuando está más calmada. Es muy fácil entrar en el centro de Cusco, y cuidado también porque te busca un trance sin regresar del pasado incaico. Los templos, catedrales, palacios y ruinas imperiales son un ritual para volarse la cabeza contra lo bueno y lo malo de la conquista, y la destrucción de una civilización.
Es conmovedor estar del lado de los capaces. En tanto que la historia de los incapaces españoles fue patética. Me aparto de las ruinas para prescindir de los resentimientos. Pero mi deseo no se cumple cabalmente porque esta ciudad imperial está diseñada con la cabeza, el estómago y las patas de un animal. El Cusco fue el centro de la vitalidad y administración del Imperio Inca y su simbología ancestral fueron las pelotas de puma. La fortaleza está en la improvisación. En esta metrópolis mítica, el que no busca, encuentra, y el que busca satisfacer sus deseos, se pierde en las interrogantes. Busco alejarme del animal arquitectónico.
Efectivamente, caminando como un nómada, me encuentro con una plaza que parece un rincón apartado del casco histórico. Estoy en lo más extremo de la cola del puma. Es una plazoleta con jardines, tiene una simetría de árboles de sombras que es justo lo que buscaba para satisfacer mi inquietud de narrar. Tiene bancos de hierro y siete escalones amplios al fondo que dan a una calle elevada que te lleva a un cerro en la parte norte de la ciudad. Me siento a tomar el café que compré en un menudo cafetín de jóvenes emprendedores. Luego saco mi cuaderno de apuntes.
Soy un viajero agradecido y sigo fiel a mi punto de vista. Este lugar me agrada, me resulta sencillo, callado, se aclaran mis dudas sin sufrir al narrar. La fuerza del Gigante de Cusco quizás no es una gran cosa, pero al menos para mí es inquietante. Leo y escribo sin formato como si estuviera mirando una película. Mi postura de espectador escribiente es un juego que necesita rincones para divertirse con la palabra. Espero que los paseantes no vean en mí un tipo peligroso por no tener compañía. El café está en una superficie segura al alcance de mi mano izquierda. Una sombra me cobija, siento estar solo en la plazoleta, pero presiento que no es así.
La malabarista de Venezuela

La mañana avanza, hay más paisanos que cruzan la plaza, se sienten ocupados, los veo pasar en dirección a los cerros y al centro. Equilibrio es el término que describe la atmósfera de esta plaza que la llaman Plaza Regocijo. Escribo sin rodeos y, el hecho de escribir, organiza mis ideas e imágenes que van cayendo por sí solas. Se acomodan a su gusto y ganas sobre el cuaderno humedecido. En esta plazoleta del Regocijo no hay caprichos, ni sorpresas; todo es sereno, sin ruidos, la mirada es contemplativa y monacal, buena la temperatura y nada en mi entorno es desmesurado. Es una plaza sin accesorios, no hay objetos ni gente dramática. Los edificios de ladrillos que rodean la plazoleta son altos, han hecho ajustes que favorecen la sombra en las esquinas y la escalinata. Cierro el cuaderno convencido que hay una buena luz que ilumina la sombra.
La antigua arquitectura me ofrece una mejor homologación entre la luz y sombra aún mejor que en los aeropuertos. Debajo del cielo azul veo percepciones, presiento que se acercan emociones inspiradoras, quisiera que la plaza de mi pueblo en Puerto Rico fuera como esta. Como se extrañan estos entornos humanos allá en la isla. No tengo idea de donde proviene si de Jean-Paul Sartre o de Baudelaire, pero me inclino más a decir que lo dijo el poeta de París: «Los dolores más terribles son los dolores mudos». Recapitulando, la Plaza Regocijo cumple con mi búsqueda, da consuelo a mi inquietud por el Gigante del Cusco. No me quedaba de otra sino pensar que estaba todo consumado, el texto era corto, justito lo que duró el café.
Como las estrellas están alineadas en mi favor, solo me quedaba levantar campamento y seguir la marcha para encontrarme con otro puñado de caprichos por las calles de la antigua capital. Seguí la marcha, era lo que cuadraba como si estuviera esperando por mí alguna persona, episodio en la otra pierna del jagual. Pero las sorpresas no se pueden evitar ni el viajero tiene la potestad de controlarlas. Me quedé en la plaza de errante espectador porque algo inesperado iba a pasar que detuvo mi salida al más allá. El espectáculo iba a empezar. Como feria de aldea apareció un grupo de españoles alegres que me pasaron de largo hacia las escalinatas. En la comparsa se sentía la presencia libre de los niños y niñas que reían a la vez que se divertían con juegos conocidos.
Mientras tanto, como ensoñación, salió de pronto de un escondite una joven mochilera que se interpuso al paso de la caravana ibérica. Era una malabarista que se plantó en frente de todos ellos con una cordialidad de circo que paralizó a los niños. La improvisada feria iba a dar comienzo. Me quedé de observador algo distante del escenario entre la explanada y las escalinatas. La chica tenía esplendor y la certeza de contar con una audiencia particular para su función. Le llegó su turno, estaba detrás de la glorieta antes que yo. De manera que estaba esperando a que llegaran niños y sus padres para salir de su escondite. Con libertad matutina, segura de sí misma, sigilosamente se acercó al convite y sin dirigirle palabras. Se acercó seguida de una perrita poodle que la acompañaba y obedecía los mandos de la dueña.
La joven malabarista, los sorprendió de una manera casual y, sin poder evitarlo, los niños fueron los primeros en quedar hipnotizados por el atuendo y la graciosa perrita que la perseguía como un trencito al que le da de cuerdas. La chica llevaba unos atuendos de circo que le daban un toque más familiar que garboso. Nada que temer. La vi vestida así. Llevaba un sombrero de copa negro, camisa de igual color con lentejuelas brillantes, un lazo rojo al cuello, pantalones negros pegados y con encajes, sujetados por tirantes rojos, calzaba unos tenis casuales Converse blancos y negros atados con cordones. Eran los mismos que yo usaba de adolescente en mi pueblo. Automáticamente, los niños y sus padres entendieron que se trataba de una malabarista acogedora a la que le dieron la bienvenida antes de su actuación.
La joven saltimbanqui se quitó de sus hombros un par de anillas doradas y la mochila. De ella sacó sus instrumentos de juegos: palos, diábolos, un bastón giratorio y pelotas. Todo listo, el show iba a comenzar. Ni una palabra, ni tuvo oportunidad de programar los juegos aprendidos de niña con esfuerzo, arte y disciplina. El silencio es reclamado y el modesto público lo otorga cálidamente. El artista malabarista posee una capacidad de equilibrio y concentración absoluta. Se dejan llevar por sus ejercicios y su talante es meditación mientras mantiene un patrón de simetrías entre las manos, la mirada y el objeto.
Paso por alto las maravillas de cada número consecutivo, lo que no puedo pasar por alto es la belleza visual del espectáculo que nos dio a todos en la plazoleta. Los palos, el sombrero y las anillas eran manipulados por unas manos amables y rápidas que hacían girar y volar por los aires los palos y al diábolo. Se valía de diferentes partes del cuerpo, los pies, la cabeza y las manos para maniobrar diferentes juegos.
Fue un espectáculo visual, la manera en que manejaba el sombrero que deslizó de la cabeza a los pies, de las manos a sus hombros, sin que tocara el suelo. De la misma manera artística, el diábolo lo lanzaba al aire volteándolo, suspendido en sus cuerdas y tirándolo nuevamente con tal habilidad y concentración que no necesitaba dramatismos ni sensacionalismo para ejecutar casi a ciegas las leyes de la física que guían el grado de dificultad. La joven estaba tan concentrada en su espectáculo que no se daba cuenta de la llegada de más público. Y es que su arte, sus juegos bellísimos, nos transportaba a otro estado de ánimo que nos hizo olvidar nuestras preocupaciones cotidianas. La malabarista anónima y genial creó una atmósfera de sosiego que fue transmitida y disfrutada por la audiencia.
Cada número que terminaba a la perfección arrancaba rotundos aplausos y vítores por los niños y mayores. El público también tuvo la voluntad de dejarse llevar, hipnóticamente, por la malabarista más hermosa del Cusco. El arte capacitado y bello de un artista debe estar a la disposición del mundo. Lo que nos hace fuerte a todos, a pesar de que somos extraños en esta plaza, es el arte generoso de la joven malabarista.
Han sido una racha de entretenimientos visuales armónicos que nos hipnotizaron por espacio de veinte minutos deliciosos, penetrantes en lo público y lo íntimo, al menos ese es mi parecer. El malabarista es un deslumbrador de calles, caminos y plazas que dan la cara a los niños, hombres y mujeres. Es una reserva de silencios que tiene fuerza y meditación. Justo ahí radica su imperativo de hacer un arte libre y de notable claridad y sencillez. Mientras que esa fuerza llamativa carece de pasiones descontroladas y agresividad. El malabarista nos regala la certeza visual equivalente a la contemplación de un salto de cascada, el vuelo de un cóndor y quizás se acerca a ese momento efímero cuando el viento pasa y queda quieta la llama de la vela como una estatua paleolítica.
Cuando acabó la partitura, entre aplausos y agradecimientos, la malabarista pasó el sombrero. En tanto que el público hizo lo propio depositando unas ofrendas bien retribuidas. Los niños le hicieron gracia a su mascota, algunos espectadores se acercaron a ella tímidamente, pero agradecidos, mostrándole cálidas reverencias. Pude notar que no dijo su nombre ni habló de su tierra natal. La anónima malabarista levantó campamento, volvió a colocar los objetos dentro de su mochila, las anillas regresaron a sus hombros y todo listo, su perrita y la ama subieron las escalinatas hacia la calle Santa Teresa alejándose de la plazoleta donde todos le sacamos algo importante a la vida, gracias a la extraña artista de los palos y el sombrero.
Cuando se internó en la calle empedrada que trepaba cerros, me deje ir por la misma ruta como un acto reflejo, como si estuviera poseído por la desconocida brujita sin escoba. Yo me acercaba, pero ella no escapaba, sino que llevaba una prisa amable, de zancadas uniformes y ligeras, las cuales avanzaban hacia un sitio donde la esperaban. La llamé «malabarista» una y dos veces, a la tercera dio la vuelta y se detuvo con su perrita en medio de la calzada gris. «Perdona, gracias por esperarme y quiero saludarte de verdad. Y decirte que era la primera vez que tenía tan cerca de mí a una malabarista espectacular. Toma esto, es que tú sombrero no llegó hasta mí porque estaba más retirado de los otros, no te percataste de que estaba allí disfrutando la función». «¡Ay!, gracias, ¡qué amable eres!». Su voz era dulce y balanceada. «Me llamo Juan y soy de Puerto Rico». Hizo una pausa meditativa. «Eres boricua, ¡qué arrecho! Yo soy venezolana y me llamo Elizabeth. ¡Chévere!».
Se quito el sombrero de copa dejando ver su pelo apenas teñido de color violeta. Tenía rasgos europeos, sus ojos de luceros, de tez blanca de cebolla, era espigada sin ser alta, sus brazos alargados más finos que sólidos y llevaba uñas pintadas. Platicamos un poco en la calzada de cosas poco o nada insignificantes. Me dijo que no sabe lo que es viajar en avión. Llegó a Perú a dedo, caminando o en buses. Salió de Caracas y le tomó un año cruzar Colombia y Ecuador hasta llegar al Perú, su destino. El viaje de Lima al Cusco, lo hizo a pie la mayor parte de la ruta. Dependió de su arte y sus buenas vibras para sobrevivir a la ruta y llegar a su destino. Me narró Elizabeth que se detenía en cada pueblo que encontraba para hacer malabarismos, con los soles que reunía seguía el camino, alimentaba a su perrita y pagaba un hostal para descansar.
En su peregrinaje pasó por muchas aldeas, escuchó el quechua, los campanarios, vio asnos, burros, caseríos de adobe y piedra, jugó con la llama y las alpacas. Sintió frío, vio la nieve, la escarcha del río, los saltos de agua de las montañas, picos empinados. Conoció a campesinos trabajando la tierra y la milpa o abriendo un canal. Contempló a mujeres tejiendo, cocinando, amamantando, llorando mientras estaban cargando mazos de leños o sacos de papas. Comió de todo: papa a la huancaína, ceviches, truchas, chufas, frutas deliciosas que le sabían a gloria A pocas cosas decía que no, pues tenía que alimentarse. Caminando de sitio en sitio aprendió a enamorarse de la gente peruana. Lo más que disfrutaba era visitar escuelas para entretener a los pupilos. Ofreció talleres a cambio de agua, pan y sonrisas. Lo mejor decía era contarles a los escolares cuál era su tierra natal y de cómo se hizo malabarista. La escuchaban como si ella fuera una ensoñación o ángel encantada que hacía volar sombreros y pelotas que no llegaban al suelo.
Más que una viajera, Elizabeth era misionera del regocijo, que deleitaba con su pasatiempo a la selva, el valle y la sierra andina. No me habló de la causa por la que salió de Venezuela, pero lo más sorprendente era que Elizabeth contaba su abundante peregrinaje sin pizca de dolor o sufrimiento. Mientras yo viajaba en avión y en bus, Elizabeth caminaba de sitio en sitio hasta llegar a un colegio o plazoleta. Mis viajes, aunque espontáneos eran, más o menos controlados, mientras que ir de sitio en sitio requería valor, prudencia, sacrificios y bondades. Ella viajaba con objetivos distintos. La vida se expone a riesgos por lugares desconocidos y no faltan peligros al acecho, más aún, tratándose de una mujer joven que viaja siempre con una mascota, su compañera de vida nómada.
La malabarista y su mascota viajan acompañándose, son solidarias en buenos y malos momentos. Viajan porque aman a dónde van y con la certeza de reunirse con maestros y estudiantes. La Ítaca de Elizabeth está lejos hacia el norte, su afán es el pivoteo por la geografía andina y lo hace sin domicilio, con salud y libertad.
Elizabeth lleva algo dentro que se desconoce, es una fuerza indómita que inspira poesía, amistad y hermandades. En el breve encuentro con Elizabeth, uno descubre que busca algo que no encuentra, pero en esa búsqueda aporta mucho mientras cambia de sitio en sitio. Nos deja abundancia a su paso por las plazas y las calzadas. Ella y su perrita nos dejan la consagración de la paz y el equilibrio del mundo saltimbanqui y de ese otro volatinero que lleva dentro. Es tierna sin ser frágil, es aire sin ser banal, es artista sin ser performance. Sin duda, es valiente, no tiene miedo a la vida, camina hacia el frente, hace el camino al andar como dijo el poeta Antonio Machado.
La sencilla figura de la malabarista del Cusco, algún día será capaz de equilibrar a Goliat de Galilea con el Gigante del Cuzco. Nos despedimos con amabilidad y abrazos porque sabíamos que no nos íbamos a ver nuevamente. Yo regresaba en unos días a Lima y ella seguiría su rutina por la calle de Santa Teresa a divertir a unos alumnos de una escuela del cerro que días antes conocí. Me explicó el buen director, que el currículum escolar está dedicado al aprendizaje de la civilización incaica; que las matemáticas, artes y ciencias se imparten mirando y escuchando la sabiduría de las marionetas. Así mismo, este colegio usa las marionetas para educar a los pupilos de los cerros. Eran alumnos de primaria que conocían a los saltimbanquis.
La escuela patrimonial MUNAY fue fundada por Rosario Núñez del Prado. La facultad y los alumnos están tristes porque la fundadora murió recientemente. Ella fue la gran docente que educó con títeres para que sus alumnos cultivarán el amor por la cultura cusqueña. Aún con el luto, estos niños, tan bien educados, esperaban por Elizabeth. Hay narradores que viajan, pero hay malabaristas como juglares valientes que van de sitio en sitio. La venezolana conoce bien el espíritu y la disciplina de su oficio. Elisabeth se deja querer y es acogida. Va de docente de aquí y allá, enseñando las lindezas del arte visual de los malabaristas.
Nota:
Del Gigante del Cusco a la malabarista de Venezuela es una crónica que forma parte de mi libro Crónicas de Viajes de 2020 al 2025 que será publicado este año por la Editorial Gaviota de Puerto Rico.
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