En diversos artículos he insistido en el nexo entre una política de desarrollo y fomento de la ciencia y la necesidad de promover en el país un periodismo científico más vigoroso que las noticias que, de manera irregular, aparecen en la prensa.

Recuerdo en particular haber señalado en tres oportunidades que la construcción de una cultura científica amplia y accesible, que vaya más allá de los laboratorios y las universidades, requiere la participación y el respaldo de la sociedad civil: “Periodismo científico. ¿Un lujo?”, “El país que la ciencia puede construir” y “Educación superior entre retos reales e imaginarios”.  Su hilo conductor es la idea de que una sociedad democrática debe ser democrática en todos sus aspectos. El acceso al conocimiento desde edades tempranas no es el menos importante. Esto plantea la necesidad de una transformación cultural y educativa profunda, cuya responsabilidad recae necesariamente sobre las universidades y las autoridades políticas.

Estas consideraciones volvieron a mi mente al leer recientemente un artículo aparentemente sin relación con estos temas: una reflexión sobre la lectura y el papel de los libros, escrita por Marino Berigüete: “Mientras alguien lea”. El autor no es científico, pero el problema que plantea es estructural en muchos países latinoamericanos: para millones de niños, el único contacto regular con los libros continúa siendo el manual escolar.

No se trata únicamente de acceso material a libros y bibliotecas. También existe una desigualdad simbólica: para esos niños el libro continúa percibiéndose como un mundo distante, reservado a minorías privilegiadas o ajeno a la experiencia cotidiana.

Esta situación adquiere particular relevancia en un contexto en el cual se habla frecuentemente de promover las vocaciones STEM, la innovación y la transformación digital, pero mucho menos de estimular el interés cultural y emocional hacia la ciencia mediante una literatura científica infantil y juvenil capaz de despertar curiosidad, imaginación y capacidad de exploración desde edades tempranas.

Con frecuencia las políticas STEM son presentadas exclusivamente como instrumentos de competitividad económica. Sin embargo, la educación científica también cumple una función cultural y democrática: desarrollar curiosidad intelectual, capacidad de análisis y ciudadanía informada.

Difícilmente puede consolidarse una sociedad del conocimiento cuando amplios sectores de la población crecen sin hábitos de lectura y sin acceso estable a libros, bibliotecas o materiales de divulgación científica adaptados a la infancia y la juventud.

La experiencia internacional muestra que las sociedades con mayor desarrollo científico han invertido también en cultura científica popular: literatura infantil de divulgación, revistas juveniles, museos interactivos, programas audiovisuales educativos y espacios culturales accesibles, como sistemas de bibliotecas públicas y escolares. Por lo general, la curiosidad científica no surge espontáneamente en la universidad; se forma desde la niñez. Hay que construir una cultura de la lectura y de la curiosidad, en la cual la ciencia forme parte del imaginario cotidiano.

En buena parte de América Latina persiste, en cambio, una profunda desigualdad cultural. Los sectores sociales con mayores ingresos tienen acceso a libros, conectividad, ambientes familiares que estimulan la lectura y actividades complementarias. Pero para amplios sectores populares el acceso a libros fuera del sistema escolar sigue siendo limitado o inexistente. Estas desigualdades poseen además una fuerte dimensión territorial: las periferias urbanas, muchas provincias y amplias zonas rurales suelen disponer de menos bibliotecas, menos espacios culturales y menos oportunidades de contacto con actividades científicas y educativas complementarias.

La pandemia de COVID-19 mostró las consecuencias de estas desigualdades. La resiliencia educativa y cultural frente a la crisis fue muy distinta según el estrato social y la ubicación territorial. Mientras algunos hogares con mayor capital económico y cultural pudieron mantener procesos educativos relativamente estables gracias al acceso digital y al capital cultural acumulado, millones de niños y jóvenes quedaron expuestos a interrupciones prolongadas del aprendizaje, desinformación y mayores niveles de aislamiento educativo y exclusión cultural.

En la era de las redes sociales y de la proliferación de desinformación, la alfabetización científica constituye también una herramienta de defensa democrática.

Por ello, promover la ciencia no puede reducirse a incrementar presupuestos de investigación o abrir nuevos programas universitarios. También implica democratizar el acceso a los libros, fortalecer bibliotecas, estimular la lectura desde la infancia y desarrollar contenidos de divulgación científica adaptados a niños y adolescentes.

Esta promoción debería convertirse en un objetivo compartido entre el Ministerio de Educación y el Ministerio de la Juventud, mediante políticas públicas coordinadas y sostenidas en el tiempo.

Entre las iniciativas posibles podrían considerarse:

  • la creación de un Premio Nacional de Literatura Científica Infantil y Juvenil, destinado a estimular autores, ilustradores y editoriales dedicados a contenidos científicos accesibles;
  • programas nacionales de visitas escolares a museos de ciencia, centros tecnológicos, universidades y espacios interactivos, especialmente para estudiantes de sectores vulnerables y de áreas periféricas del país.
  • el fortalecimiento de pequeñas bibliotecas escolares y comunitarias, con colecciones básicas de divulgación científica, literatura infantil y materiales educativos complementarios;
  • campañas públicas de promoción de la lectura científica dirigidas a niños y adolescentes;
  • concursos, ferias y festivales de ciencia y lectura organizados conjuntamente por instituciones educativas, universidades y medios de comunicación;
  • incentivos para el periodismo científico y para las editoriales comprometidas en la producción orientada al público juvenil.

El periodismo científico no constituye un lujo cultural. La literatura científica infantil tampoco. Promoverlos no representa un gasto secundario, sino una inversión estratégica en capital humano, cohesión social y ciudadanía crítica. Son herramientas esenciales para reducir brechas sociales y preparar sociedades capaces de enfrentar los desafíos tecnológicos, culturales y democráticos del siglo XXI.

La democracia del conocimiento comienza mucho antes de la universidad: comienza cuando un niño descubre en un libro la curiosidad por comprender el mundo. Una sociedad que no logre acercar los libros, la lectura y la curiosidad científica a sus niños difícilmente podrá construir un desarrollo sostenible, inclusivo y plenamente democrático.

Galileo Violini

Físico

Galileo Violini Maestría en Física de la Universidad de Roma (hoy Universidad La Sapienza). Ex profesor de Métodos Matemáticos de la Física en las Universidades de Roma y Calabria y en la Universidad de los Andes, Bogotá. Cofundador y Director emérito del Centro Internacional de Física de Bogotá. Premio John Wheatley y Premio Joseph A. Burton Forum Award de la American Physical Society (APS), Premio Spirit of Abdus Salam del Centro Internacional de Física Teórica "Abdus Salam". Reconocimiento Salvadoreño Destacado del Gobierno de El Salvador. Miembro Honorario de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Miembro de la Academia Mundial de Arte y Ciencia. Fellow de la Sociedad Americana de Física. Miembro de la Carrera del Investigador Dominicano. Ex Director de un programa de la Unión Europea para la Facultad de Ciencias de la Universidad de El Salvador. Ex Representante de la UNESCO en la República Islámica de Irán y Director de la Oficina de Teherán. Doctor Honoris Causa de la Universidad Ricardo Palma de Lima, Consultor de los Gobiernos de Guatemala y República Dominicana, de la UNESCO, CSUCA, ICTP y otros organismos nacionales e internacionales. Autor de unas 400 publicaciones, en Política Científica, Física, Enseñanza de las Ciencias, Epidemiología, Historia de la Ciencia. Copresidente del Comité Ejecutivo de la Iniciativa Lamistad (Fuente de Luz del Gran Caribe) para establecer un segundo Sincrotrón Latinoamericano en la región. Ha promovido la participación de Irán en el CERN, los doctorados regionales del CSUCA en Física y Matemáticas, la cooperación interregional entre América Latina y África, y, como miembro del Foro de Física Internacional Physics del APS, la colaboración entre el APS y América Latina. Ha organizado más de doscientos eventos científicos, en su mayoría en el CIF.

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