El escritor Santiago Risso me lleva a San Miguel por la ruta verde: a la derecha, el océano Pacífico; a la izquierda se alza un enorme acantilado. A veces el barranco lanza piedras como perdigones fatales hacia la autopista. Santiago conoce todo lo que está inmerso en las gestiones culturales y literarias que se suceden a diario en todo ese despeñadero gris. Caminamos hacia la biblioteca de San Miguel. Sus pies dan zancadas como si repitiera el mismo camino con otro invitado. Me muestra el monumento a John Lennon en la punta del acantilado. Del edificio de la biblioteca me dice que fue un antiguo balneario.
Sus ojos no revelan tensión. Él también es poeta, historiador y biógrafo; ha trabajado para gobernadores y se cuida mucho de inmiscuirse en política exterior. Es un gestor cultural inquieto y muy obsequioso conmigo. Sin embargo, a Santiago no le faltan tormentas auténticas entregadas al arte, que me hacen recordar al gran fundador de mi isla, don Ricardo Alegría, y a mi amigo Miguel Beltrán, fundador de inspiraciones poéticas.
Él se apodera de mi conjuro andador en un país distinto al mío y no duda en moverme de aquí para allá, leyendo mi poca poesía y creyendo que soy un escritor destacado y febrilmente publicado. Su amable conversación me da confianza. Se entrega sin tropiezos, como si me conociera de toda la vida. Alude a muchas cosas que me alientan a seguir con vigor mi puesto de cercanías de la literatura. Conoce escritores de Puerto Rico; es muy amigo de Antonio Ramírez Córdova y de nuestra poetisa Elsa Tió.
Conoce toda la gama de festivales, conferencias y tertulias encadenadas en Lima, en La Habana, en España o en Uruguay. Su rostro es cálido, sus manos apacibles; su voz revela nervios y un chorro de palabras agradables que filtran sus finos labios. Adivino que Santiago tiene un temperamento napolitano; se cuida de las crisis y de las furias de este presente confuso en el Perú.
Santiago es un hombre ardiente; ha viajado mucho, sus libros avanzan y su pensamiento sale del alma. Es un actor consciente: no se deja descontrolar fácilmente porque nunca abandona la cortesía ni el terreno movedizo que es la literatura. Es de los que piensan que es mejor un conocimiento a medias que uno falso. Me ha parecido Risso un peruano optimista de esos que aprenden de las equivocaciones. Donde la ciencia no puede llegar, allí están las estrofas de Santiago. No exige mi fe en sus ideas, pero lo que él representa para San Miguel me causa entusiasmo y el deseo de conocerlo más.
Comparar no es bueno, pero Santiago Risso tiene una personalidad parecida a la de mi amigo Miguel Santiago. Los dos llevan la espada y la flor del apóstol Santiago. Miguel es poético —yo diría que un soñador—; en cambio, Risso es más trabajador, disciplinado y emprendedor. Miguel imagina libros artesanales y Risso va por el último volumen de quince libros dedicados solo a la literatura peruana.
Risso me abre las puertas de la biblioteca municipal de San Miguel, ubicada a una cuadra del despeñadero, que puede ser una aguja para el poeta. Tanto los escritores como los invitados del municipio me dan bienvenidas risueñas; me reciben todos como si yo fuera un embajador de las letras de mi país. En la mesa de lectura han extendido la bandera de Puerto Rico: brilló en mis ojos y el alma enmudeció.
Pude percatarme de que Santiago era observado por sus colegas; lo reciben con fuerza, como a un ministro de la cultura. Es bien acogido por la bibliotecaria y con igual respeto por el joven y nuevo funcionario cultural. La gigantesca importancia de Santiago no es la de un intelectual más, ni la de un pesado académico, ni la de una lista de títulos universitarios. Yo veo en él un equilibrio interior entre su obra cultural —que no ha terminado— y su carácter exterior transparente; es querido sin fingir de gran señor. Sus éxitos no lo aturden: con sus logros crecen sus metas y su generosidad.
El aire, la amistad y la libertad nunca deben ser un problema para un poeta como Santiago. Él sabe de las luchas de Prometeo. Ha probado con cabalidad los lindes entre la soberbia y la arrogancia. Cuando toma la palabra, no vence, sino convence, como si fuera el titán de la amistad. Santiago piensa en su época y en el presente del Perú; lo entristece. Tiene su propio punto de vista que eleva la realidad peruana actual a una sin adversarios. Combate con palabras conciliatorias.
Hemos cumplido con la lectura de poemas y aún siento intacta la atmósfera de amistad peruana conmigo. En mi amigo Santiago no veo muchos nudos enredados, ni celos ni temores. En esos asuntos lo he superado, sin que el lector espere una descarga de mis entuertos. Risso es de esas personas que, cuando tienen nudos, los deshacen al acto, para beneficio del arte y de lo humano.
Yo veo en él a un país entero por el que redobla esfuerzos, crea nuevas inquietudes e inventa cercanías, aunque el presente le sea tempestuoso. Santiago se deja querer; sabe que su gente lo estima, que no está solo en su vida. La literatura es su pasión universal. De seguro que en ese destino está San Miguel, siempre colgado del abismo.
Nota:
Este texto aparece en el libro del autor *Crónicas de viaje de 2025 a 2020*. Publicaciones Gaviota (2026).
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