Cuando todavía reina el silencio

Músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional junto a su director, el maestro Enrique Casal Chapí, ubicado en la segunda fila, sexto de izquierda a derecha, durante una etapa fundamental en el desarrollo de la música sinfónica dominicana. (Fuente: Fotografía de Kurt Schnitzer, vienés exiliado en la República Dominicana entre 1938 y 1944).

La memoria de una orquesta y la historia que precede a la música.

Hay conciertos que comienzan mucho antes de que el director levante la batuta.

Comienzan en la expectativa, en la memoria de quienes han esperado ese momento y en la conciencia de que, detrás de una noche de música, existe una historia que merece ser conocida. También comienzan en las preguntas que nos hacemos sobre el valor de las instituciones culturales y el lugar que ocupan en la vida de una nación.

El próximo miércoles 4 de noviembre, la Orquesta Sinfónica Nacional celebrará 85 años de historia. Fundación Sinfonía conmemorará cuatro décadas de trabajo. La ocasión reunirá a ambas instituciones en torno a una obra monumental: la Segunda Sinfonía de Gustav Mahler, conocida como Resurrección.

No será solamente una gala de aniversario. Será una oportunidad para detenernos y reflexionar sobre lo que significa tener una Orquesta Sinfónica Nacional y sobre la responsabilidad que supone conservarla, fortalecerla y proyectarla hacia el futuro.

¿Qué significa realmente para un país tener una Orquesta Sinfónica Nacional?

La respuesta no se encuentra únicamente en la calidad de sus interpretaciones ni en la posibilidad de escuchar en vivo a Beethoven, Mozart, Brahms o Mahler. Una orquesta representa una forma de relacionarse con la cultura, con el conocimiento y con la capacidad humana de crear belleza mediante el trabajo colectivo.

También representa una aspiración: la de formar parte de una tradición artística universal sin renunciar a la propia identidad.

La música no necesita pasaporte. Sin embargo, los músicos llevan consigo el lugar de donde vienen. Cuando una orquesta nacional interpreta una gran obra del repertorio universal, el país también se hace presente. No porque la música pertenezca a una sola nación, sino porque cada sociedad tiene la posibilidad de apropiarse de ella, interpretarla y hacerla parte de su experiencia cultural.

Por eso, una orquesta sinfónica no debería considerarse un lujo reservado a quienes pueden asistir regularmente a una sala de conciertos. Es parte de la infraestructura cultural de un país, como lo son sus bibliotecas, sus escuelas de arte, sus museos y sus instituciones dedicadas a la formación artística.

Su importancia no se mide únicamente por la cantidad de conciertos que ofrece o por los nombres que aparecen en sus programas. También se encuentra en lo que hace posible: la formación de músicos, el desarrollo de la sensibilidad, la disciplina del trabajo compartido y el encuentro de distintas generaciones alrededor de una experiencia que exige atención y escucha.

Una orquesta enseña, incluso cuando no se propone dar una lección.

Enseña que la excelencia requiere preparación; que el talento necesita disciplina; que ninguna sección puede desentenderse de las demás y que el resultado colectivo depende de la responsabilidad individual. Cada instrumento tiene su voz, pero ninguno puede imponerse arbitrariamente sobre el conjunto.

La armonía no elimina las diferencias. Las organiza.

En esa imagen podemos encontrar una reflexión que trasciende la música. Una sociedad también necesita aprender a escuchar, reconocer el valor de las distintas capacidades y comprender que los logros colectivos no se construyen únicamente a partir de individualidades destacadas.

Pero para que una orquesta cumpla plenamente su misión, no basta con que exista ni con que alcance un buen nivel artístico. También necesita encontrar a su público.

La música sinfónica debe estar al alcance de quienes han crecido escuchándola y de quienes todavía no han tenido esa oportunidad. Debe despertar la curiosidad de los jóvenes, acercarse a las escuelas y crear experiencias que permitan a nuevos públicos descubrir que ese universo también les pertenece.

No se trata de disminuir las exigencias de la música clásica para hacerla accesible. Se trata de abrir las puertas, crear oportunidades de encuentro y comprender que la formación de un público comienza mucho antes de que alguien compre una entrada.

Una primera experiencia puede despertar una vocación. Un concierto escolar puede llevar a un niño a interesarse por el violín, el clarinete o el piano. Una presentación al aire libre puede acercar a una familia a un repertorio que hasta entonces consideraba distante. Así se construye, poco a poco, una relación entre las instituciones culturales y la sociedad a la que sirven.

Esta reflexión adquiere especial significado al contemplar la trayectoria de la Orquesta Sinfónica Nacional y el trabajo que Fundación Sinfonía ha desarrollado durante cuatro décadas. Como señalamos en la primera entrega de esta serie, la historia de Sinfonía no se limita a sus aportes del pasado: también se expresa en su actividad presente y en sus esfuerzos por ampliar las oportunidades de formación y disfrute de la música.

El desafío es que esa labor encuentre continuidad, respaldo y condiciones que permitan fortalecer la vida sinfónica dominicana.

Porque las instituciones culturales no se sostienen solamente con entusiasmo ni pueden depender exclusivamente de la entrega de quienes trabajan en ellas. Necesitan planificación, recursos, políticas públicas coherentes y una visión que entienda la cultura como parte del desarrollo nacional, no como un elemento accesorio que recibe atención únicamente cuando llega una fecha conmemorativa.

Los aniversarios tienen valor cuando nos ayudan a mirar hacia adelante.

Manuel Simó, compositor y director de orquesta dominicano, nacido en Los Cacaos, San Francisco de Macorís. Inició sus estudios musicales en su pueblo natal y formó parte de la Banda Municipal. En Santo Domingo ingresó a la Banda del Ejército, donde, bajo la dirección de José Dolores Cerón, comenzó su formación en la dirección orquestal.

Celebrar 85 años de una orquesta debería llevarnos a reconocer lo que se ha construido, pero también a preguntarnos qué necesita la institución para seguir creciendo, cómo puede llegar a nuevos públicos y qué oportunidades estamos creando para los músicos jóvenes que algún día ocuparán los atriles de quienes hoy la integran.

Una tradición permanece viva cuando cada generación encuentra razones para hacerla suya.

El próximo 4 de noviembre, la música de Mahler nos ofrecerá una ocasión privilegiada para pensar en todo ello. Su Segunda Sinfonía recorre territorios de angustia, pérdida y búsqueda, hasta alcanzar una conclusión que convoca a las voces humanas y despliega una poderosa afirmación de esperanza.

La obra no evita las preguntas difíciles. Las atraviesa.

Quizá por eso su título, Resurrección, resulta tan significativo en una noche dedicada a celebrar la continuidad de dos instituciones culturales. No porque cumplir años equivalga automáticamente a renacer, sino porque toda trayectoria necesita renovarse para seguir teniendo sentido.

La verdadera permanencia no consiste en repetir indefinidamente lo que se hizo. Consiste en conservar lo esencial mientras se encuentran nuevas formas de continuar.

Nathalie Peña Comas, destacada soprano dominicana, ha forjado una sólida trayectoria artística a través del trabajo, la disciplina y la constancia. Su presencia en escenarios internacionales y su permanente vínculo con la República Dominicana la consolidan como una de las voces líricas dominicanas de mayor proyección, llevando el talento nacional a importantes escenarios del mundo.

Cuando José Antonio Molina levante la batuta, cuando Joyce DiDonato y Nathalie Peña-Comas se incorporen a la interpretación y más de cien voces se unan a la orquesta, escucharemos una obra que exige tanto de cada intérprete como de la totalidad. Pero también estaremos ante el resultado de una historia que ha necesitado generaciones de músicos, directores, gestores y colaboradores para llegar hasta aquí.

Joyce DiDonato, reconocida mezzosoprano estadounidense de prestigio internacional, será una de las grandes figuras de la Gala de Aniversarios, el próximo 4 de noviembre, conmemorativa de los 85 años de la Orquesta Sinfónica Nacional y los 40 años de Fundación Sinfonía. Junto a la soprano dominicana Nathalie Peña Comas, el Gran Coro de Aniversario y la Orquesta Sinfónica Nacional, bajo la dirección del maestro José Antonio Molina, interpretará la monumental Sinfonía n.º 2, «Resurrección», de Gustav Mahler.

Por un instante, el presente y el pasado coincidirán en una misma experiencia.

Y, sin embargo, la pregunta más importante no se responderá únicamente dentro del Teatro Nacional Eduardo Brito. Tendrá que encontrar su respuesta en nuestra relación cotidiana con la cultura, en las oportunidades que ofrecemos a quienes vienen detrás y en la voluntad de sostener instituciones que contribuyen a ampliar nuestros horizontes.

¿Qué significa, entonces, para la República Dominicana tener una Orquesta Sinfónica Nacional?

Significa contar con una institución que nos permite dialogar con una tradición musical universal, formar nuevas generaciones, cultivar la sensibilidad y expresar una aspiración colectiva de excelencia. Significa reconocer que la cultura no es un lujo, sino una dimensión esencial de la vida de un país.

Y significa asumir que su continuidad no está garantizada por la historia, por los aniversarios ni por la solemnidad de una gala. Depende de lo que hagamos hoy para que esa historia siga teniendo futuro.

Antes de que suene la primera nota de la Resurrección, ya existe una razón para escuchar: comprender que detrás de cada concierto hay una institución, detrás de cada institución hay generaciones de trabajo y detrás de toda tradición viva hay una sociedad que decide si desea conservarla y hacerla crecer.

El miércoles, cuando el silencio ceda ante la música, no estaremos escuchando solamente a Mahler.

Estaremos ante una pregunta que también nos concierne: ¿qué lugar queremos conceder a la cultura en el país que estamos construyendo?

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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