Desde este trabajo me propongo plantear una aproximación crítica al libro de cuentos titulado Acaríciame (2026), de Rafael García Romero, a partir de tres categorías fundamentales: la angustia, la melancolía y la tragedia, presentes en la obra.
Acaríciame, libro de cuentos de Rafael García Romero, contiene en la portada una foto a full color bajo el título de “Yo, Durga”. La obra fue impresa en Editorial Doble Infinito, Santo Domingo, República Dominicana. Contiene veinte (20) extensos cuentos y 246 páginas.
Desde la lectura de los veinte textos identificados en el volumen, se exploran posibles relaciones entre la subjetividad, la pérdida, el amor, la memoria, la cotidianidad y la temporalidad, trabajadas en esta obra por el sujeto-autor.
En cuentos como “El último otoño de lucidez” (págs. 15-28, obra citada), “Una almohada vacía, tu lado” (págs. 121-124, obra citada), “Vivir sin Genoveba” (págs. 125-136, obra citada) y “Pasajero rumbo a la última estación” (pág. 232, obra citada), se evidencia un simbolismo recurrente que envuelve la narrativa sustentada en esta obra.
Se plantea aquí la búsqueda de afectos y reconocimientos que constituye una marca pertinente en esas narraciones, para poder interpretar las tensiones emocionales sugeridas desde estos cuentos.

En “Vivir sin Genoveba” (págs. 125-136, obra citada), el duelo, la pérdida y la reconstrucción de la existencia entran a formar parte del narrar en esta obra.
Las revueltas de una vida ordinaria, desde la cotidianidad y desde la incertidumbre, son expuestas por el autor como parte del contexto en el que se desenvuelve esta narrativa.
En un cuento como “Pasajero rumbo a la última estación” (pág. 210, obra citada), la melancolía y la angustia asumen un espacio central, desde la conducta manifestada o expresada por los personajes actuantes.
Desde estos cuentos se proyecta la posibilidad de conflictos relacionados con la finitud, las pérdidas decisivas y los cambios irreversibles del sujeto en la vida real. De ahí que el sujeto-autor proyecte su mirada sobre el acontecer cotidiano de su entorno y lo recree a partir de su potencial imaginativo.
El sujeto-autor recoge aquí aquellas tragedias que son resultado de una situación dramática o de una experiencia dolorosa que deja abiertas formas de esperanza que permiten a los sujetos actuantes seguir asumiendo su rol de participantes activos en su contexto vivencial.
En “El último otoño de lucidez” (ver págs. 15-28, obra citada), se nos conlleva a interpretar la simbología del declive, la transición y la proximidad de un final en esa narración.
En esta obra, el ser humano y la vida misma, con sus vulnerabilidades, son presentados como parte del engranaje narrativo que el sujeto-autor incorpora como parte activa en estos cuentos.
La melancolía, en esta obra, se convierte en una alternativa de presencia de alguien que ocupa un espacio vital, desde la memoria o desde el recuerdo, lo cual es llevado a estos relatos como parte de la narrativa.
Los recuerdos, desde los perfiles de la memoria, son recogidos por este narrador para hacer del cuento el testimonio de su mirar y/o de su vivir.
En estos relatos, la melancolía que brota del diálogo y de los gestos y acciones de sus personajes le sirve de base testimonial al sujeto-autor para recoger aquellos sentimientos de angustia que le son propios a cada acto recogido en estos cuentos y que son colocados en el accionar de sus personajes, como sucede en el cuento titulado “Una despedida formal” (ver págs. 9-14, obra citada).
Los recuerdos, los hechos tangibles del entorno y el trajinar de la gente común son asumidos por el sujeto-autor y llevados a su potencial creativo para detallarnos su vivir, su soñar y su sufrir, conllevando al lector a hacer suyo este panorama existencial que fluye en estas narraciones.
La descripción en estos relatos se desarrolla de manera escueta, breve, sin muchos detalles, pero apuntando hacia datos y detalles precisos de los personajes y sobre el contexto en que actúan. Veamos:
(…)
“En medio de su desconcierto sintió que vivía un despojo humano, bestial. También devino en un pez naranja, de ojos grandes, que vive cautivo dentro de su jaula de cristal, con el agua que parece aire líquido”.
(…)
(Ver “La historia de Maura”, pág. 83, obra citada).
La narración, a partir de un narrador omnisciente, participativo y conocedor de todo cuanto ocurre en el relato, queda planteada sin redundancia, sino abarcando los hechos con determinada precisión, de manera directa, sin que lo metafórico sustituya los sentidos que aquí se expresan desde el manejo de la lengua.
El discurso narrativo que caracteriza el relatar en esta obra queda plasmado resaltando las emociones y/o los sentimientos humanos de los sujetos participantes. Veamos:
(…)
“La historia mía empezó hace cinco años y se reduce a un cúmulo de vivencias anónimas y personales”.
(Ver “Cuento de Navidad”, pág. 107, obra citada).
(…).
La angustia expresada por la expresión y los gestos de los personajes en estos cuentos apuntala hacia los sentimientos humanos expresados por los personajes actuantes en cada uno de estos cuentos, a pesar de los distintos problemas enfocados.
Un narrar-testimonio del vivir escuchado o sentido por el autor de estas narraciones es lo que queda registrado en estos relatos, convirtiendo estos cuentos en una excusa de su autor para fijar ante el texto sus visiones sobre la vida y la muerte, desde cada cuento que integra esta obra.
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