Antes de que la primera nota nazca

La música nos espera

Faltan tres días.

Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por el maestro José Antonio Molina.

El próximo miércoles 4 de noviembre, cuando las luces del Teatro Nacional Eduardo Brito comiencen a encenderse y el público ocupe sus asientos, la Orquesta Sinfónica Nacional estará a punto de vivir una noche que reúne mucho más que dos aniversarios. Celebrará 85 años de historia, mientras Fundación Sinfonía conmemora cuatro décadas de entrega a la música y a la cultura dominicana.

No será una noche cualquiera.

Será el encuentro de generaciones de músicos, directores, maestros, gestores y amantes de la música clásica alrededor de una obra cuya sola palabra parece contener el sentido profundo de esta celebración: Resurrección, la Segunda Sinfonía de Gustav Mahler.

La Orquesta Sinfónica Nacional, junto a la Fundación Sinfonía, presentará el miércoles 4 de noviembre de 2026, a las 8:30 p. m., en la Sala Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito, la monumental Sinfonía n.º 2, «Resurrección», de Gustav Mahler. Una gala extraordinaria que conmemora los 85 años de la principal institución sinfónica del país y los 40 años de Fundación Sinfonía, como cierre de la Temporada Sinfónica 2026.

Todavía no habrá sonado la primera nota. Sin embargo, la música ya habrá comenzado a vivir en nuestra imaginación.

Podremos anticipar el momento en que los músicos ocupen sus lugares, ajusten sus instrumentos y busquen esa afinación compartida que precede al concierto. Veremos, casi sin proponérnoslo, el silencio que irá apoderándose de la sala, las miradas que se dirigirán al podio y el instante en que el maestro José Antonio Molina levante la batuta.

Entonces sucederá algo que conocemos y que, sin embargo, nunca deja de conmovernos: el silencio se convertirá en música.

Hay una emoción particular en ese instante. Durante unos segundos, todo parece detenerse. Las conversaciones desaparecen, las miradas se concentran y cientos de personas, distintas en sus historias y pensamientos, quedan reunidas por una misma expectativa.

La música comienza, y con ella comienza también una experiencia que nadie puede vivir exactamente en el lugar del otro.

Cada concierto es irrepetible. Podemos conocer una partitura, recordar otras interpretaciones y saber cómo termina una sinfonía. Pero no podemos anticipar por completo lo que sentiremos cuando la escuchemos nuevamente, rodeados de otras personas, en un momento particular de nuestras vidas.

Quizá por eso regresamos a las salas de conciertos. No solamente para escuchar una obra que admiramos, sino para descubrir qué puede decirnos esta vez.

La Segunda Sinfonía de Mahler nos propone un recorrido intenso por la angustia, la pérdida, las preguntas sobre la existencia y la búsqueda de una esperanza capaz de abrirse paso después de la oscuridad. Su desenlace, con la incorporación de las voces humanas y la expansión de la orquesta, alcanza una fuerza que parece superar los límites de la interpretación musical.

Mahler.

La obra no niega el dolor. Lo atraviesa.

Y quizá esa sea una de las razones por las que su título adquiere una resonancia especial en esta celebración. Resurrección puede invitarnos a pensar en la capacidad de comenzar de nuevo, de renovar una vocación y de encontrar razones para continuar aquello que merece permanecer vivo.

Eso es también lo que celebramos cuando reconocemos los 85 años de la Orquesta Sinfónica Nacional.

No celebramos solamente una fecha. Celebramos a los músicos que han dedicado sus vidas a dominar un instrumento; a los directores que han asumido la responsabilidad de orientar a la orquesta; a los maestros que han formado nuevas generaciones; y a quienes, desde distintas funciones, han trabajado para que la música llegue hasta nosotros.

Detrás de cada concierto hay muchas horas que el público no ve. Hay estudio, ensayos, concentración, disciplina, coordinación y sacrificios personales. Hay músicos que vuelven una y otra vez sobre un pasaje hasta encontrar la precisión necesaria. Hay secciones que deben aprender a escucharse, a respirar juntas y a comprender que la excelencia individual solo alcanza su verdadero sentido cuando contribuye a la excelencia del conjunto.

La música que finalmente escuchamos es el resultado visible de un trabajo que comenzó mucho antes de que se abrieran las puertas del teatro.

Por eso, en esta noche de aniversario, el reconocimiento debe alcanzar también a los técnicos, productores, organizadores, colaboradores y trabajadores que hacen posible la experiencia musical. Cada uno aporta una parte de ese esfuerzo colectivo que permite que una partitura escrita hace más de un siglo vuelva a cobrar vida ante nosotros.

Y debemos reconocer, de manera especial, a Fundación Sinfonía. Durante cuarenta años, su trabajo ha contribuido a respaldar y promover la música clásica en el país, a crear oportunidades y a fortalecer las condiciones para que esta expresión artística continúe desarrollándose. Su aniversario coincide con el de la orquesta porque ambas trayectorias, aunque diferentes, comparten una misma aspiración: mantener viva la música y ampliar su presencia en la sociedad dominicana.

Merece un reconocimiento especial el maestro José Antonio Molina, por su labor al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional y por el compromiso con el que ha conducido sus temporadas de conciertos año tras año, ofreciendo al público dominicano oportunidades de encuentro con la música sinfónica y contribuyendo a mantener viva una tradición artística fundamental para nuestra cultura. Su dirección forma parte de ese esfuerzo sostenido por preservar el legado de la orquesta, renovar su repertorio y acercar la música a nuevas generaciones.

Joyce DiDonato, aclamada mezzosoprano estadounidense y ganadora de múltiples premios Grammy.
Joyce DiDonato, aclamada mezzosoprano estadounidense y ganadora de múltiples premios Grammy.

Esta celebración contará, además, con dos destacadas solistas: Nathalie Peña-Comas, reconocida soprano dominicana, y Joyce DiDonato, aclamada mezzosoprano estadounidense y ganadora de múltiples premios Grammy. A ellas se sumará un coro de más de cien voces, para dar vida a la poderosa dimensión vocal del desenlace de la Segunda Sinfonía de Gustav Mahler.

Será una reunión excepcional de talentos y voluntades al servicio de una partitura que exige precisión, sensibilidad, escucha y entrega; una obra en la que las voces humanas se elevan para expresar la esperanza y la fuerza evocadora de la Resurrección.

Pero hay alguien más a quien debemos dedicar estas palabras: el público.

A quienes han acompañado a la Orquesta Sinfónica Nacional durante años; a quienes regresan cada temporada; a quienes han descubierto en sus conciertos una forma distinta de disfrutar la cultura; y a quienes asistirán el próximo miércoles por primera vez.

A quienes comprenden que una orquesta no se sostiene únicamente con los músicos que suben al escenario, sino también con las personas que acuden a escucharla, la respaldan, recomiendan sus conciertos y transmiten a sus hijos el interés por la música.

Cada asiento ocupado representa una oportunidad de encuentro. Cada aplauso sincero expresa reconocimiento. Cada joven que descubre el sonido de una orquesta puede convertirse en el comienzo de una nueva historia.

El público no es un simple espectador de la vida cultural. Es parte de ella.

Una institución artística necesita intérpretes, recursos y condiciones de trabajo, pero también necesita una comunidad que la reconozca como propia. Una orquesta llamada nacional pertenece a quienes la hacen posible, pero también a todos los ciudadanos que encuentran en ella una expresión de su patrimonio y una oportunidad para acercarse a la belleza.

Por eso, celebrar estos 85 años significa mirar hacia atrás con gratitud, contemplar el presente con orgullo y mirar hacia el futuro con responsabilidad.

Queda mucho por hacer para que la música sinfónica llegue a más escuelas, a más jóvenes y a nuevos públicos. Queda trabajo para fortalecer las instituciones culturales y garantizar que nuestros músicos dispongan de las condiciones necesarias para desarrollar su talento. Queda, sobre todo, la tarea de conseguir que las nuevas generaciones no reciban esta historia como un recuerdo distante, sino como una posibilidad abierta.

La mejor manera de honrar una tradición no es admirarla desde lejos. Es mantenerla viva, compartirla y permitir que otros la hagan suya.

Dentro de tres días, cuando la batuta se levante y Mahler comience a desplegar su universo sonoro, estaremos ante algo que va más allá de un concierto de aniversario. Escucharemos una obra extraordinaria, pero también celebraremos el trabajo de quienes han dedicado su vida a la música y el compromiso de quienes han contribuido a que esa música continúe encontrando un lugar en nuestro país.

Tal vez, al terminar la sinfonía, algunos permanezcan unos segundos en silencio. Otros buscarán la mirada de quienes tienen al lado. Habrá emoción, admiración y, quizá, la sensación difícil de explicar de haber compartido una experiencia que no termina cuando se apagan las luces.

Porque hay músicas que concluyen en la última nota, pero permanecen dentro de nosotros mucho después.

Y hay instituciones cuya verdadera importancia no se mide solamente por los años que cumplen, sino por lo que han significado para las personas, por las oportunidades que han creado y por las generaciones que todavía podrán encontrar en ellas un motivo de inspiración.

La Orquesta Sinfónica Nacional llega a sus 85 años con una historia que merece ser celebrada y con un futuro que debemos contribuir a construir. Fundación Sinfonía cumple 40 años de trabajo y compromiso. Ambas efemérides nos recuerdan que la cultura necesita continuidad, respaldo y una sociedad dispuesta a reconocer su valor.

Por eso, antes de que suene la primera nota, queremos expresar nuestra gratitud.

Orquesta Sinfónica Nacional. Foto de David Soto.

Felicidades a la Orquesta Sinfónica Nacional por sus 85 años de historia. Felicidades a Fundación Sinfonía por sus 40 años de entrega a la música y a la cultura dominicana. Felicidades a sus directores, a sus músicos, a sus colaboradores y a todas las personas que, desde distintas responsabilidades, han contribuido a hacer posible este recorrido.

Y, muy especialmente, felicidades al público que ha acompañado, respaldado y mantenido viva esta institución a lo largo de las generaciones. A quienes han estado presentes durante años y a quienes se incorporan ahora a esta historia: gracias por comprender que la música también necesita de quienes la escuchan.

Que este aniversario no sea solamente una celebración del camino recorrido, sino el comienzo de una nueva etapa de crecimiento, de encuentros y de oportunidades para la música sinfónica dominicana.

Que las nuevas generaciones encuentren en nuestra orquesta un motivo de orgullo, una fuente de aprendizaje y una puerta abierta a la belleza.

Que la música continúe reuniéndonos, emocionándonos y recordándonos que, aun en medio de nuestras diferencias, somos capaces de escuchar una misma obra y compartir un mismo silencio.

Faltan tres días.

La batuta del maestro y director de la Orquesta Sinfónica Naciónal José Antonio Molina, todavía está abajo. El teatro aún guarda silencio. Los músicos y cantantes se preparan. El público los espera.

Y nosotros, mientras aguardamos ese primer acorde, celebramos la historia que nos ha traído hasta aquí y la esperanza de todo lo que todavía está por sonar.

¡Feliz 85.º aniversario, Orquesta Sinfónica Nacional de la República Dominicana!

¡Felices 40 años, Fundación Sinfonía!

Y gracias a todos los que hacen posible que la música siga viva entre nosotros.

Porque una orquesta no pertenece solamente a quienes la interpretan. Pertenece también a quienes la escuchan, la respaldan y la reconocen como parte de su país.

Que la música siga sonando. Que la cultura siga creciendo. Y que esta Resurrección nos encuentre unidos en la celebración de lo que hemos construido y de todo lo que aún podemos alcanzar.

Viva la Orquesta Sinfónica Naciónal, orgullo de todos los Dominicanos.

 

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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