Víctor Carrady era un hombre alto, de ojos azules inquietos y penetrantes, con dominio absoluto de su espacio en la oficina principal desde donde impulsó el crecimiento de Caribbean Cinemas, ubicada en un anexo de la segunda planta del complejo Cinema Centro, a la izquierda de la fachada principal.
Resultaba impresionante verlo trabajar en un proyecto que ya había iniciado una transformación histórica: la operación, desde febrero de 1976, de la primera multisala de cine de la República Dominicana.
Como amante del cine —afición que heredé de mi madre, Gisela Sosa, quien me llevaba junto a mis hermanos, sin fallar, cada domingo a las tandas del Cine Julia (posteriormente Cine Estela), en la Avenida Duarte, próximo al Parque Enriquillo—, observaba con fascinación aquel proceso de innovación.
Víctor Carrady siempre tenía una tarea urgente por desarrollar. Su misión no era sencilla: crear una nueva forma de disfrutar el cine. El acceso al complejo mediante una escalera eléctrica conducía a un ambiente marcado por el olor a palomitas de maíz y el sonido constante de las máquinas dispensadoras de refrescos llenando vasos desechables decorados con el característico rojo de Coca-Cola. Todo ello formaba parte de una experiencia novedosa para la época, acompañada por el movimiento continuo de quienes adquirían sus boletos para la sala seleccionada.
Eran seis salas de distintos tamaños, cada una con propuestas dirigidas a públicos diversos: niños, jóvenes y adultos. Había espacio para todos los géneros cinematográficos, excepto la pornografía, que entonces tenía sus escenarios tradicionales en la Avenida Mella, con salas como el Lido y el Apolo.

A pesar de su incesante actividad, Carrady era un hombre de hablar pausado, concentrado en los aspectos logísticos y empresariales. Se expresaba con precisión y evitaba las divagaciones. En su escritorio abundaban referencias al cine en su forma más tangible: rollos y materiales asociados a la proyección en 35 milímetros.
Comencé a tratarlo cuando, en representación de Agliberto Meléndez, me correspondió participar en las negociaciones para la exhibición de otro proyecto pionero del cine dominicano: Pasaje de ida. Con el paso del tiempo, uno comprende cómo la historia del cine va tomando forma ante nuestros ojos, incluso sin que seamos plenamente conscientes de ello.
Carrady llegó al país con la experiencia acumulada tras fundar Caribbean Cinemas en Puerto Rico en 1969, iniciando operaciones con el recordado Cine Regency, el primero de varios espacios cinematográficos desarrollados en la isla. Desde entonces comprendió que la República Dominicana debía integrarse a las nuevas tendencias internacionales de exhibición cinematográfica.

El valor de Carrady
En una industria donde los reflectores suelen apuntar hacia directores, actores y productores, Víctor Carrady ocupa un lugar singular. Fue uno de los grandes arquitectos silenciosos del ecosistema cinematográfico dominicano.
No filmó películas ni escribió guiones, pero construyó los espacios donde millones de espectadores han vivido la emoción irrepetible del cine. Esa contribución, aunque menos visible, forma parte esencial de la historia cultural contemporánea de la República Dominicana.
Durante décadas, miles de dominicanos acudieron semanalmente a una sala oscura para dejarse seducir por la magia de Hollywood, el cine europeo o las producciones nacionales.
Muchos recuerdan la emoción de comprar una boleta, recorrer un amplio vestíbulo iluminado y sentarse frente a una pantalla gigante. Lo que pocos saben es que gran parte de esa experiencia moderna del cine dominicano tiene su origen en la visión de un empresario de origen judío que vio en el Caribe un enorme potencial para el entretenimiento: Víctor Carrady.
Su nombre quizás no alcanzó la notoriedad pública de productores, directores o estrellas del cine, pero su influencia sobre la cultura cinematográfica nacional ha sido inmensa. Fue uno de esos empresarios cuya obra terminó siendo más conocida que su propia figura.
Carrady fundó Caribbean Cinemas en Puerto Rico en 1969, iniciando una aventura empresarial que con el tiempo se convertiría en una de las mayores cadenas de exhibición cinematográfica de América Latina y el Caribe. Desde sus primeros proyectos entendió que el futuro del cine no dependía únicamente de las películas, sino también de la experiencia integral del espectador.
Llegada a RD
A mediados de los años setenta dirigió su mirada hacia la República Dominicana. El país vivía una etapa de transformación urbana y económica, mientras el cine seguía dependiendo en gran medida de salas tradicionales que, aunque emblemáticas, comenzaban a mostrar señales de agotamiento frente a los cambios de la industria internacional.
Fue entonces cuando Carrady tomó una decisión que alteraría el panorama nacional: establecer operaciones permanentes en Santo Domingo. El 6 de noviembre de 1976 abrió las puertas de Cinema Centro, en el Malecón capitalino, marcando el inicio formal de Caribbean Cinemas en territorio dominicano.
La inauguración de aquel complejo representó mucho más que la apertura de un nuevo cine. Fue la introducción de un modelo de negocio que transformó la manera de consumir entretenimiento en el país.
Cinema Centro incorporó innovaciones inéditas para la época: varias salas en un mismo complejo, estacionamiento soterrado, una gran capacidad de asientos y la primera escalera eléctrica instalada en una infraestructura cinematográfica dominicana.
Para una sociedad que apenas comenzaba a familiarizarse con ciertos estándares internacionales de entretenimiento, aquello era una experiencia futurista.
Los testimonios de quienes asistieron a aquellas primeras funciones coinciden en describir el lugar como una atracción en sí misma. No se trataba únicamente de ver una película; era una salida familiar, una experiencia social y cultural que convertía al cine en un acontecimiento.
La visión de Carrady iba mucho más allá de la simple explotación comercial de las salas. Comprendió tempranamente que el Caribe constituía un mercado integrado por afinidades culturales y lingüísticas.
Mientras otros empresarios concentraban sus esfuerzos en mercados nacionales, él apostó por construir una red regional. Esa estrategia permitió que Caribbean Cinemas se expandiera posteriormente por múltiples territorios caribeños y latinoamericanos, consolidando una presencia que hoy abarca cientos de pantallas.
Pero quizá su mayor aporte a la República Dominicana fue haber contribuido a profesionalizar la exhibición cinematográfica. La llegada de Caribbean Cinemas elevó los estándares de infraestructura, mercadeo, programación y servicio al cliente. La competencia obligó a otras empresas del sector a modernizarse y adaptarse a las nuevas exigencias del público.
Carrady ayudó a crear una cultura de asistencia al cine que resultaría fundamental para el posterior desarrollo de la industria cinematográfica dominicana. Cuando décadas más tarde comenzaron a surgir producciones nacionales de mayor escala y se aprobaron incentivos para la realización de películas locales, ya existía una red sólida de salas capaz de exhibir esos trabajos y conectarlos con el público.
Otro aspecto poco conocido de su historia es la estrecha relación que desarrolló con la República Dominicana.
Diversas crónicas empresariales señalan que hizo del país su hogar durante más de dos décadas. No fue simplemente un inversionista extranjero que supervisaba operaciones desde la distancia; se involucró directamente en el crecimiento de la empresa y en la evolución del mercado dominicano.
Quienes lo conocieron suelen describirlo como un empresario visionario, obsesionado con la innovación tecnológica y convencido de que el cine seguiría siendo una de las formas de entretenimiento más poderosas del mundo. Esa convicción le permitió anticiparse a numerosos cambios de la industria.
A lo largo de las décadas, la empresa que fundó incorporó sucesivamente nuevas tecnologías de proyección, sistemas avanzados de sonido, formatos premium y experiencias inmersivas que mantuvieron vigente la asistencia a las salas, incluso frente a la competencia de la televisión por cable, los DVD, las plataformas digitales y el streaming.
Tras su fallecimiento, el legado empresarial quedó en manos de la siguiente generación de la familia Carrady. Su hijo, Robert Carrady, continuó desarrollando la compañía y expandiendo la visión concebida por su padre.
Hoy Caribbean Cinemas mantiene operaciones en numerosos países y continúa siendo uno de los actores más influyentes de la exhibición cinematográfica regional.
Sin embargo, la verdadera medida de la importancia histórica de Víctor Carrady no se encuentra únicamente en las cifras de pantallas, complejos o territorios alcanzados.
Su legado puede apreciarse en algo mucho más cotidiano: generaciones de dominicanos que crecieron asociando el cine con una experiencia moderna, cómoda y accesible.
Cada estreno esperado, cada función familiar, cada festival cinematográfico y cada producción dominicana proyectada ante miles de espectadores tiene, en alguna medida, una conexión con aquella apuesta realizada en 1976 por un empresario visionario que creyó en el potencial cultural y comercial de la República Dominicana.
Las ejecutivas locales de Caribbean Cinemas, Zumaya Cordero y Ana López, han contribuido a fortalecer esa trayectoria y han trabajado en coordinación con Robert Carrady y Gregory Carrady para impulsar el crecimiento de la cadena en los ámbitos de distribución, producción y exhibición cinematográfica en la República Dominicana.
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