Cuando The Devil Wears Prada llegó a los cines en 2006, muchos la leyeron como una comedia ligera sobre el mundo editorial. Dos décadas después, y con su secuela a punto de estrenarse este primero de mayo de 2026, queda claro que la película era más que moda: una radiografía del poder, la ambición y el precio que se paga por pertenecer. Sus personajes no son solo figuras del mundo fashion, sino que son espejos de dilemas que cualquier persona enfrenta en su vida profesional.
Pero, ¿Qué representa cada personaje de la película?
Miranda Priestly: el poder sin disculpas
Miranda Priestly, aunque al principio es considereado villana, es, quizás, el personaje más honesto de toda la historia.
Interpretada por Meryl Streep, Miranda representa al sistema en su forma más pura: exigente, implacable y completamente consciente de su propio valor. No grita, no amenaza. Simplemente espera, y esa expectativa silenciosa es más aterradora que cualquier berrinche.
Pero Miranda también encarna la paradoja de aquella mujer que alcanzó la cima en un mundo diseñado por y para hombres, y el precio fue convertirse en aquello que el sistema premia: la dureza, la frialdad, la inaccesibilidad.
En la secuela se espera ver una Miranda enfrenta la obsolescencia de su propio modelo: las revistas impresas agonizan, los algoritmos mandan. Su batalla ya no es contra una asistente rebelde, sino contra el tiempo mismo.

Andy Sachs: la ilusión de la pureza moral
Andy es el personaje con el que todos se identifican al principio y el más complicado al final.
Llega como la chica inteligente que "no es como las demás", que no le importa la moda, que tiene valores. Pero su arco narrativo desmonta esa imagen pieza por pieza. Andy no rechaza el sistema: lo abraza, lo disfruta y, cuando ya no le conviene, lo abandona con la conciencia limpia.
Anne Hathaway, quien interpreta el personaje, construye un personaje que representa la trampa del mérito: la creencia de que uno puede participar en estructuras de poder sin contaminarse. Andy traiciona a Emily, acepta el viaje a París que no le correspondía y se convierte, sin darse cuenta, en una versión más joven de Miranda. La diferencia es que ella sí se va a tiempo.
En la secuela, Andy regresa como periodista consolidada. Sin embargo, se presenta la pregunta de si realmente escapó del sistema o simplemente encontró una versión más cómoda de él.

Emily Charlton: la lealtad como trampa
Emily es, en muchos sentidos, el personaje más trágico de la historia original.
Interpretada por Emily Blunt con una mezcla de arrogancia y fragilidad, esta representa a quienes entregan todo al sistema esperando una recompensa que nunca llega. Trabaja sin comer, sin dormir, sin vida propia, y aun así es reemplazada en el momento más importante.
Su evolución en la secuela es la más interesante del relato: Emily ya no es la asistente sacrificada. Ahora es una ejecutiva rival de Miranda. Ya no sirve al poder es el poder.

Nigel: la sabiduría que no salva
Stanley Tucci da vida a Nigel, el director de arte de Runway y confidente de Andy. Es el personaje que más sabe, el que mejor entiende las reglas del juego, y, paradójicamente, el que más pierde.
Nigel representa a quienes conocen el sistema por dentro, lo critican en privado y, sin embargo, siguen eligiéndolo. Su traición a manos de Miranda, que le promete un ascenso y luego lo descarta, es el momento más revelador de la película mostrando que el sistema no premia la lealtad, premia la utilidad.
En términos simbólicos, Nigel es la voz de la lucidez sin poder de cambio. El testigo que lo ve todo y no puede hacer nada.

La moda como lenguaje del poder
Más allá de los personajes individuales, la película usa la moda como metáfora del control social. Vestirse bien en Runway no es vanidad, es hablar el idioma del poder. Cuando Andy se transforma estéticamente, no está traicionando sus valores sino que está aprendiendo a comunicarse en el único lenguaje que ese mundo reconoce.
La secuela presenta la pregunta incómoda: ¿y si ya sabemos que el sistema es injusto, pero seguimos participando?
Un espejo que no envejece
Lo que hace que El diablo se viste a la moda siga resonando en 2026 es que sus personajes no son arquetipos del mundo de la moda, sino arquetipos del mundo laboral en general. Miranda existe en cada industria. Andy somos todos en algún momento de nuestra carrera. Emily es la advertencia que nadie quiere escuchar. Y Nigel es el amigo que sabe demasiado.
La secuela, que estrena este jueves, no llega a solo a darnos nostalgia sino a incomodarnos.
Mira aquí el trailer de El Diablo Viste a la Moda II:
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