Advertencia: algunos lectores podrían encontrar inquietantes los detalles de este relato.
Un descendiente de nuestros ancestros remotos, de apenas 3 años de edad y con sus dientes de leche todavía saliendo, deambulaba hace 2,8 millones de años por la hierba que se mecía en la sabana sudafricana.
El pequeño Australopithecus africanus no era consciente de que alguien lo observaba desde arriba.
Sin previo aviso, una enorme ave rapaz se lanzó en picado, atrapó a la cría y le dio muerte.
No se sabe con certeza qué tipo de ave devoró a este infante -conocido como el "niño de Taung"-, pero las marcas de perforación halladas bajo sus cuencas oculares coinciden con las que dejarían las garras de un águila; estas aves suelen cazar a sus presas de este modo, para luego almacenar parte de la captura en un árbol o llevar el resto a su nido.
La Edad de Piedra fue una época peligrosa para vivir. La megafauna dominaba el mundo.
Los primeros seres humanos convivieron con mamuts, mastodontes, perezosos gigantes, felinos de dientes de sable y enormes aves que devoraban niños.
Durante decenas de millones de años, entre la desaparición de los dinosaurios no aviares y la gran era glacial, los cielos estuvieron dominados por estos gigantes.
Es posible que su reinado haya influido en el curso de la evolución humana de maneras profundas que, a menudo, han pasado inadvertidas.
Se cree que algunas de estas criaturas dejaron su huella en leyendas sobre aves que raptaban niños, relatos que han perdurado en diversas culturas de todo el mundo, mucho después de que dichas aves se extinguieran.
El origen de las aves gigantes
Cuando los dinosaurios no aviares desaparecieron del planeta, el cielo quedó cubierto de polvo y la mayoría de las plantas se extinguieron.
Para los animales, apenas quedaba otra cosa que comer que semillas; algo que, sin embargo, les venía muy bien a las aves.
Ante la ausencia de depredadores, algunas aves pequeñas, terrestres y provistas de pico, lograron evolucionar hasta convertirse en gigantes.
Algunas eran herbívoras, como los dromornítidos de Australia -conocidos como "patos demoníacos del destino"-, que se asemejaban a los patos actuales, pero eran 100 veces más grandes y pesados que una vaca.
Otras surcaron los cielos y se transformaron en enormes depredadores oceánicos; tal es el caso de Pelagornis sandersi -hallada en Carolina del Sur-, el ave voladora más grande que se conoce, con una imponente envergadura de 7 metros.
También hubo aquellas que ocuparon los nichos ecológicos que habían quedado vacíos tras la extinción de los grandes depredadores terrestres, como los tiranosaurios.
Cuando hay presas de gran tamaño disponibles, evolucionan depredadores aún mayores.
Estas fueron las aves monstruosas a las que tuvieron que enfrentarse nuestros antepasados.
"Desde que existen los primates, han existido las aves rapaces", afirma Scott McGraw, primatólogo de la Universidad Estatal de Ohio, EE.UU. "Y las aves rapaces siempre han cazado primates, incluidos nosotros y nuestros parientes".
Hoy en día, en la naturaleza aún pueden observarse ecos de aquel antiguo conflicto entre nuestros ancestros y aves gigantes.
Cuando McGraw examinó los restos de más de 600 primates actuales que habían sido abatidos por aves rapaces -entre ellas, el águila coronada africana- en el bosque de Taï, en Costa de Marfil, descubrió una similitud sorprendente con las marcas de garras halladas en los restos del "niño de Taung".
En varios cráneos, los primates presentaban daños en el suelo de la órbita, una superficie ósea en el interior de la cuenca ocular.
"Es decir, el águila había extraído los ojos, ya fuera picoteándolos o arrancándolos con una garra", explica McGraw.
"Uno de nuestros investigadores acudió al depósito de fósiles, examinó al 'niño de Taung' y comprobó que el daño era idéntico".
Cambios en nuestra evolución
McGraw sostiene que las aves rapaces habrían devorado habitualmente a nuestros ancestros humanos, y que la depredación por parte de estas aves pudo haber sido una de las fuerzas selectivas más importantes en la evolución de los primates, el orden al que pertenecen los seres humanos.
"Si volvemos atrás y examinamos con mayor detenimiento los conjuntos de fósiles [humanos] que se han recopilado a lo largo de los años, es muy probable que, ahora que sabemos qué buscar, encontremos más indicios de daños causados por aves rapaces. Si lo que observamos en Taï sirve de referencia, entonces esto es algo habitual".
En el registro paleoantropológico apenas cabe duda de que los primeros seres humanos fueron presas, afirma James Cole, arqueólogo y decano de Ciencias Aplicadas en la Universidad de Brighton, en Reino Unido.
"Especialmente los homininos más antiguos, como aquel ejemplar joven de Australopithecus africanus que fue devorado por un águila".
Cole señala que nuestros ancestros remotos servían de alimento a muchas especies depredadoras. "Sin duda, fuimos objeto de depredación".
La necesidad de eludir a los depredadores -desde aves hasta leopardos, hienas y cocodrilos gigantes- debió de constituir una presión evolutiva importante para nuestros antepasados.
Se cree que el hecho de servir de alimento a aves gigantes influyó en la configuración tanto de nuestro cuerpo como de nuestra mente.
Nuestra capacidad para erguirnos sobre dos patas, por ejemplo, habría facilitado la detección de depredadores.
La cooperación y el altruismo, la interdependencia y la protección mutua también pudieron habernos servido de ayuda.
El tamaño del grupo cobró una gran importancia, señala Cole: "La unión hace la fuerza" (o, literalmente, "hay seguridad en el número").
A la hora de evitar a las aves depredadoras, cuanto mayor sea el grupo social, mejor, añade McGraw.
A diferencia de los depredadores que dan caza a sus presas mediante una persecución activa -como los leones o los lobos-, las aves rapaces suelen ser depredadores de emboscada.
Son sigilosas y, en el caso de las águilas coronadas, permanecen ocultas entre los árboles hasta que llega el momento oportuno.
Esto sugiere que la tendencia humana a la vida social pudo haber sido impulsada, en particular, por la necesidad de eludir a las aves depredadoras; de este modo, varias personas pueden permanecer alerta ante un ataque sorpresa, fenómeno conocido como el "efecto de los muchos ojos".
El surgimiento del lenguaje
Cole añade que el aumento en el tamaño de los grupos podría haber contribuido también al surgimiento del lenguaje.
"[En un grupo grande], los individuos empiezan a especializarse en distintas funciones. Cuando algunas personas realizan una tarea mientras otras se ocupan de otra distinta, se requiere coordinación. Y, una vez que [un grupo] comienza a fragmentarse de ese modo, la coordinación ya no puede depender únicamente del contacto visual".
Para que una comunicación sencilla -como el uso de gestos con las manos- sea eficaz, es necesario que los individuos puedan verse entre sí, señala Cole; sin embargo, cuando es preciso coordinarse más allá del campo visual -por ejemplo, para advertir sobre la aproximación de un depredador-, "es ahí donde el lenguaje empieza realmente a desempeñar un papel fundamental".
McGraw sugiere que la presión por evitar la muerte proveniente desde arriba podría haber sido, incluso, el detonante de la evolución del lenguaje.
Existen pruebas de que la mayoría de los primates emplean señales de alarma genéricas ante diversos tipos de depredadores; por ejemplo, utilizan la misma llamada tanto para un león como para un leopardo.
No obstante, ante la presencia de aves rapaces, reaccionan con llamadas específicas. Según McGraw, este tipo de comportamiento comunicativo podría interpretarse como un precursor del lenguaje humano.
Los culpables: águilas y teratornítidos
Se cree que el encuentro más significativo entre aves depredadoras gigantes y nuestros ancestros humanos tuvo lugar en las Américas.
Los primeros habitantes de América coincidieron con los teratornítidos. Se trataba de enormes aves carnívoras capaces de tragar a sus presas enteras.
Estas aves, similares a los cóndores, surcaban los cielos con una envergadura de hasta 6 metros y actuaban tanto como carroñeras como depredadoras.
Eran tan grandes que podían alzar el vuelo simplemente desplegando sus alas y aprovechando una corriente de aire ascendente, explica Joanne Cooper, conservadora sénior de las colecciones anatómicas de aves en el Museo de Historia Natural de Londres.
Los teratornítidos dominaron los cielos durante unos 25 millones de años y se extinguieron hace aproximadamente 10.000 años, mucho después de la llegada de los primeros seres humanos a las Américas.
Según Cooper, es posible que los teratornítidos inspiraran las leyendas sobre el "Pájaro del Trueno" (Thunderbird).
En la mitología de los pueblos nativos americanos, esta criatura posee una envergadura colosal y, según se cree, controla los truenos y los relámpagos.
El Aiolornis incredibilis -también conocido como el "teratorn increíble"- aterrorizaba el sur de California y Nevada, y contaba con una envergadura de hasta 5,5 metros.
Más al norte, en Oregón, el Teratornis woodburnensis presentaba una envergadura de 4 metros. Este monstruo de los cielos vivió hace unos 12.000 años. Sus restos fueron hallados junto a los de mamuts, mastodontes y perezosos terrestres, así como de los primeros seres humanos.
Al otro lado del mundo, en Nueva Zelanda, los expertos sugieren que la leyenda maorí de Te Hokioi -un águila gigantesca que raptaba niños- podría haberse basado en una especie real: la enorme y extinta águila de Haast.
El águila de Haast era, "en esencia, un tigre volador", afirma Cooper. Su peso era aproximadamente el doble del de un ejemplar adulto de águila harpía, una de las águilas vivas más grandes que existen.
El águila de Haast cazaba a otra ave gigante, aunque de hábitos terrestres: el moa, que alcanzaba los 4 metros de altura.
Esta gigantesca ave se lanzaba en picado -aprovechando su peso para ganar una aceleración considerable- y golpeaba a su presa en el lomo con sus garras de 10 centímetros de longitud, derribándola contra el suelo.
"Observamos enormes marcas de garras en algunas pelvis de moa", señala Cooper, quien añade que el águila de Haast habría sido perfectamente capaz de atacar a los seres humanos.
"Los niños habrían corrido un peligro evidente. Debió de ser algo impresionante y, a la vez, aterrador".
Quizás por eso han perdurado, tanto en las culturas maorí y norteamericana como en la mitología griega, leyendas sobre aves que raptaban niños; en el caso de la mitología griega, las cigüeñas no traían a los bebés, sino que los robaban.
"Cuando estas aves sobrevuelan un lugar, proyectan una sombra; y, a nivel cultural, proyectan una sombra muy alargada en todo el mundo", afirma Cooper.
El fin de la amenaza aérea
En total, las aves depredadoras gigantes dominaron los cielos durante cerca de 50 millones de años. Luego, hace 2,6 millones de años, la Tierra se sumió en la gran edad de hielo de la época del Pleistoceno.
El Pleistoceno fue una etapa de drásticas oscilaciones climáticas, las cuales, según se cree, impulsaron la evolución humana.
Por el contrario, hacia el final de la época, hace 11.700 años, los mamíferos gigantes prácticamente se habían extinguido y las aves depredadoras de mayor tamaño también habían desaparecido.
Los expertos no tienen claro si la culpa de la desaparición de la megafauna recae en el cambio climático o en los cazadores humanos. Sin embargo, la expansión de los seres humanos y las modificaciones que introdujimos en el ecosistema fueron de la mano con la pérdida de hasta el 95% de toda la megafauna.
"O bien intentábamos comérnoslos, o bien competíamos con ellos", señala Cooper. Quizás, sugiere, esto explique la tensión entre los seres humanos y las aves rapaces que persiste hasta el día de hoy.
"Nos fascinan, las veneramos, pero no nos hace especial ilusión convivir con ellas".
Al dejar atrás la época del Pleistoceno, el clima comenzó a estabilizarse. Los glaciares retrocedieron y los humanos empezaron a practicar la agricultura. Fue el amanecer de una nueva era: la era de los seres humanos.
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