Es posible que Estados Unidos quiera que muchos de sus enemigos dejen el poder. Por lo general, no envía al ejército para destituirlos físicamente.
El abrupto despertar de Venezuela tomó dos formas.
Sus residentes se amanecieron repentinamente con el ruido de estruendos ensordecedores: el sonido de su capital, Caracas, bajo el ataque de los bombardeos estadounidenses dirigidos a la infraestructura militar.
Su gobierno ha despertado ahora también de cualquier ilusión de que la intervención militar estadounidense o el cambio de régimen fueran solo una amenaza lejana.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha anunciado que su líder, Nicolás Maduro, ha sido capturado y trasladado fuera del país. Ahora se enfrenta a cargos por tráfico de armas y drogas. Se desconoce su paradero exacto y sus colegas han exigido pruebas de que sigue vivo.
EE.UU. no ha llevado a cabo una intervención militar directa en América Latina como esta desde su invasión de Panamá en 1989 para derrocar al entonces gobernante militar, Manuel Noriega.
En aquel entonces, al igual que ahora, Washington lo presentó como parte de una campaña más amplia contra el tráfico de drogas y la criminalidad.
EE.UU. lleva mucho tiempo acusando a Maduro de liderar una organización criminal dedicada al tráfico ilegal, algo que él niega rotundamente. Ha designado como grupo terrorista extranjero al "Cartel de los Soles", nombre con el que EE.UU. se refiere a un grupo de élites venezolanas que, según afirma, orquestan actividades ilegales como el tráfico de drogas y la minería ilegal.
Esta última operación, ejecutada directamente dentro de una capital soberana, marca una escalada dramática en la participación de EE.UU. en la región.
Cambio de régimen
La destitución forzosa de Maduro será aclamada como una gran victoria por algunas de las figuras más belicistas del gobierno estadounidense, muchas de las cuales han argumentado que solo una intervención directa podría forzar a Maduro a abandonar el poder.
Washington no lo ha reconocido como presidente del país desde que las elecciones de 2024 fueron ampliamente rechazadas por los observadores internacionales por no ser ni libres ni justas.
Para el gobierno de Venezuela, esta intervención confirma lo que lleva tiempo afirmando: que el objetivo final de Washington es un cambio de régimen.
Venezuela también ha acusado a EE.UU. de querer "robar" sus reservas de petróleo, las más grandes del mundo, y otros recursos, una acusación que consideró justificada después de que EE.UU. confiscara al menos dos petroleros frente a la costa.
Los ataques y la captura se producen tras meses de escalada militar estadounidense en la región.
EE.UU. ha enviado a la región su mayor despliegue militar en décadas, compuesto por aviones de combate, miles de soldados, helicópteros y el buque de guerra más grande del mundo.
Ha llevado a cabo decenas de ataques contra presuntas embarcaciones pequeñas dedicadas al tráfico de drogas en el Caribe y el Pacífico oriental, en los que han muerto al menos 110 personas.
Cualquier duda que pudiera quedar sobre que esas operaciones tenían que ver, al menos en parte, con un cambio de régimen, ha quedado disipada con las acciones de este sábado.
Lo que aún no queda claro es qué pasará ahora dentro de la propia Venezuela.
Futuro incierto
Es evidente que EE.UU. desea que la oposición venezolana, con la que está aliada, asuma el poder, posiblemente liderada por la líder opositora María Corina Machado, ganadora del Premio Nobel de la Paz, o por el candidato opositor de las elecciones de 2024, Edmundo González.
Sin embargo, incluso algunos de los críticos más acérrimos de Maduro advierten que esto no sería sencillo, dado el férreo control sobre el poder que ejerce el gobierno del país.
El gobierno controla el poder judicial, la Corte Suprema de Justicia, el ejército, y está alineado con paramilitares fuertemente armados conocidos como "colectivos".
Algunos temen que la intervención de EE.UU. pueda desencadenar una fragmentación violenta y una prolongada lucha por el poder.
Incluso algunos de los que detestan a Maduro y desean su salida se muestran recelosos ante la intervención estadounidense como medio para lograrlo, recordando las décadas de golpes de Estado y cambios de régimen respaldados por EE.UU. en América Latina durante el siglo XX.
La propia oposición también está dividida en partes: no todos respaldan la transición a Machado ni su apoyo a Trump.
No está claro cuál será el próximo paso de EE.UU.
¿Intentará impulsar nuevas elecciones? ¿Tratará de destituir a otros altos cargos del gobierno o del ejército y los obligará a enfrentarse a la justicia en EE.UU.?
En cuanto a Trump, su gobierno se ha vuelto cada vez más agresivo en la región, con un rescate financiero para Argentina, aranceles impuestos a Brasil para intentar influir en el juicio por golpe de Estado contra el aliado de Trump y expresidente brasileño de derecha Jair Bolsonaro, y ahora la intervención militar en Venezuela.
Ahora se beneficia de tener más aliados en la región, ya que el continente se ha inclinado hacia la derecha en las últimas elecciones, como en Ecuador, Argentina y Chile. Pero, aunque Maduro tiene pocos aliados en la región, todavía hay grandes potencias como Brasil y Colombia que no apoyan la intervención militar de EE.UU.
Y algunos de los propios seguidores de Trump en EE.UU. tampoco están contentos con su creciente intervencionismo después de prometer poner a "EE.UU. primero".
Para los aliados más cercanos de Maduro, los acontecimientos del sábado plantean preguntas urgentes y temores sobre su propio futuro.
Es posible que muchos no quieran abandonar la lucha ni permitir una transición a menos que sientan que pueden recibir algún tipo de protección o garantía frente a la persecución.
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