Ahmed, peluquero en el barrio Hamra de Beirut, de mayoría musulmán sunita, se sintió incómodo al ver las imágenes de la reunión, y asegura que la mayoría en su país opina lo mismo sobre el acercamiento con Israel: “Al 80% de la población libanesa les disgusta. Solo le gusta al otro 20%”.
“Esto no me representa”
Según Ahmed, ese 20% lo conforman en buena medida los seguidores de formaciones cristianas. Pone como ejemplo el partido Fuerzas Libanesas que, durante la guerra civil a finales del siglo 20, se alió con Israel.
Si tiene que existir un diálogo, él limita su alcance: “A mí me parece bien que se definan las fronteras y que se frene la guerra, pero sin establecer relaciones de paz. No quiero una embajada israelí en Líbano”, afirma.
En una calle cercana se encuentra un grupo de hombres que la guerra ha expulsado de su pueblo del sur de Líbano, Bint Jbeil. Está a tres kilómetros de Israel y allí se registran estos días los mayores combates.
Mohamed Baydun, el notable de ese municipio, dice no sentirse representado por el diálogo mantenido con los israelíes: “Por descontado que no. Como persona nacida y crecida en el sur del Líbano, como libanés chiita, esto no me representa, ni a mí ni a mi familia. Mi casa está destruida y no sé si has visto lo que ha ocurrido en Bint Jbeil, pero ahora mi pueblo es como Hiroshima”, señala.
El mukhtar Baydun resume en pocas palabras lo que espera de su relación con sus vecinos israelíes: “Que se queden de su lado de la frontera y que nos dejen en paz. Eso es todo lo que queremos”, subraya.
“Me encantaría ir a Jerusalén”
Pero no todos los libaneses piensan así. En Ashrafieh, el distrito cristiano de Beirut, Edmund no cierra la puerta a un posible acercamiento con Israel: “Tenemos que establecer relaciones de paz entre nosotros, pero que no sea entre un fuerte y un débil. Lo que no aceptan que les hagan a ellos, que no nos lo hagan a nosotros”, explica.
Opiniones como éstas son posibles por el modo en el que los bombardeos israelíes evitan por lo general las zonas de mayoría cristiana donde Edmund, como otros, aceptarían recibir turistas israelíes para cumplir a cambio el sueño de visitar Jerusalén.
“¿Por qué no? Si tenemos relaciones de paz, ¿por qué no? Me encantaría ir a Jerusalén para ver las iglesias donde estuvo Jesús. Soy cristiano. Ellos se beneficiarían de esto y nosotros también. No está lejos de nosotros, está a solo una hora”, asegura.
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