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París no solo se camina, se piensa. En una zona céntrica, cerca de la Casa de América Latina, existe un refugio donde cada segundo cuenta y se libran batallas épicas en silencio… o entre copas de vino. El sonido de la ciudad —ese rumor de pasos y tráfico que caracteriza a la capital francesa— se queda en la puerta al entrar en un universo distinto.

“Soy jugador de ajedrez amateur, investigador y un fan absoluto de este deporte", se presenta Damia Benet, un español radicado en Francia. "Estamos en la Blitz Society. Es la típica zona con edificios históricos súper bonitos de París, pero lo que pasa aquí adentro es otra historia. Vamos a conocerlo”.

Al cruzar la puerta, el ambiente cambia. El sonido de los platos y las conversaciones animadas delata que, antes que nada, este es un lugar de encuentro social. Guirma Brice, responsable del establecimiento, explica que la estética del local no es casualidad.

“Es un lugar muy antiguo”, comenta Brice mientras señala la arquitectura que los rodea. “Hecho de piedra, de madera, de materiales brutos. Casi no pudimos hacer reformas porque el suelo y las paredes tienen historia. Queríamos reproducir la atmósfera de los parques de Nueva York, pero bajo la calidez de un bar”.

Esa inspiración en los espacios públicos neoyorquinos se fusiona con la elegancia rústica de París. Para los aficionados, el diseño es un imán: “Al entrar, a mano derecha, ves un tablero que parece una máquina de arcade de los 80, con joysticks. Es el sitio idóneo”, añade Damia.

Del Jardín del Luxemburgo a la mesa del bar

La mayoría de los practicantes del deporte ciencia que hoy pasan horas mirando las 64 casillas de cada mesa —porque aquí, literalmente, cada mesa es un tablero— ya conocían la disciplina en los parques, donde la práctica es común y gratuita. El referente más cercano es el Jardín del Luxemburgo, un espacio bucólico en el mismo barrio donde, entre árboles y jubilados, nace la pasión de muchos.

Es el caso de Adrien, uno de los habituales de la Blitz Society. “Descubrí el ajedrez sobre tablero en el Luxemburgo en 2017. Antes solo jugaba por internet, con piezas virtuales. Pasar a tocar piezas de verdad fue un cambio lógico”, relata.

Sin embargo, el bar ha atraído a una comunidad que ha explotado recientemente. Ya no son solo los veteranos del parque. “Hay una nueva ola de jóvenes. Vienen por los YouTubers o por la serie Gambito de Dama”, explica Adrien. “Cada vez que vengo hay caras nuevas, gente que nunca se había acercado a un tablero. Eso le da luz al juego”.

El "Blitz": Tres o cinco minutos de adrenalina

En la Blitz Society se puede elegir el tono de la batalla. Damia Benet, quien se interesó por el ajedrez mucho antes de que se pusiera de moda en las redes sociales, explica que este rincón parisino le permite hablar un lenguaje universal: la notación algebraica (esa que identifica las casillas con letras y números).

“Aquí he jugado dos tipos de torneos: homologados y no homologados”, cuenta Damia. “Cuando es homologado por la FIDE (Federación Internacional de Ajedrez), no hay música y la gente no toma alcohol normalmente, aunque se puede. Luego están los no homologados, más para relajarme, bebiendo una cerveza. Aquí se pueden jugar los dos”.

Pero el verdadero rey de la casa es el ritmo que da nombre al local. “El Blitz es el ritmo de tiempo que significa que tienes unos tres minutos o unos cinco minutos por jugador para hacer los movimientos de principio al final de la partida”, explica Damia tras pedir un agua con gas en la barra.

De bar a sala de juego

Cuando se acerca la hora del torneo, el ambiente se transforma. El tintineo de las copas deja paso al sonido seco de las piezas de madera golpeando los tableros. Los inscritos —esta noche son 34— dejan sus platos a medio comer y sus copas a un lado para conocer a su primer rival tras el sorteo de mesas.

Mientras los meseros terminan de limpiar y acomodar las sillas, el bar termina su metamorfosis. La calidez del ambiente social se tensa con la concentración competitiva. Los relojes están listos, las miradas fijas en el tablero y, por unos minutos, el mundo exterior desaparece.

Organizar este caos requiere una figura silenciosa: el árbitro. Esta noche se encarga el francés Pierre Lariviere, de la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE). “Mi trabajo es registrar a los jugadores, ajustar los relojes y lanzar las rondas. Aquí todo es mucho más relajado. Incluso los torneos oficiales tienen un aire distinto”, comenta Pierre mientras observa la sala.

El árbitro es quien media cuando los nervios afloran. “A veces hay litigios por un movimiento o un empate. Los jugadores pueden ponerse tensos. Pero al final, se resuelve mirando contra quién jugaron. El que enfrentó a rivales más fuertes, gana. Es un sistema de puntos llamado ELO”.

El ELO es el sueño o la pesadilla de millones de ajedrecistas. Es la medida de la fuerza de un jugador: si ganas, subes; si pierdes, bajas. Actualmente, el trono mundial lo ocupa el noruego Magnus Carlsen (2.869 puntos en categoría Blitz), seguido en Latinoamérica por el mexicano José Martínez Alcántara (2.663 puntos).

Sin embargo, en el torneo de los miércoles, el ELO no es lo único que está en juego; la paciencia también se pone a prueba. “En torneos no homologados hay dos tipos de jugadores: el que se concentra y el que te pincha”, explica Damia. “Hay expertos en soltar comentarios para sacarte de quicio y terminas haciendo una jugada mala por la distracción”.

Inicia el torneo. El árbitro Lariviere verifica las mesas y da luz verde desde un sillón, mientras saborea una limonada. El verdadero juez ahora es el reloj digital de doble esfera que preside cada mesa, marcando el ritmo frenético del Blitz.

Inician las blancas con aperturas clásicas como la Italiana; responden las negras con la Siciliana. Entre partida y partida, los alfiles y caballos se convierten en piezas de ataque indomables. Damia comienza con fuerza en la mesa 4. Después de ganar las primeras partidas, Damia llega a la mesa 1, donde se sientan los líderes. Si gana, es el campeón y se lleva un bono del bar. “En la última partida entregué una pieza para romper su defensa. Tuve el ataque ganador, pero con la presión del reloj no encontré la jugada precisa. Perdí. Pero estuve muy cerquita”.

Enamorarse jugando ajedrez

El torneo termina, pero la noche es joven. Al ritmo del jazz de All Blues, la Blitz Society revela su otra cara: la de centro social.

“Vemos muchísimos dates, primeras citas”, confiesa Guirma Brice. El ajedrez es la excusa perfecta. En una mesa, Luka, profesor de ajedrez, guía a Morgane. “Si me dejas mucho espacio, me escaparé… ¡Bravo Morgane! Acabas de hacer tu primer jaque mate con tu reina”, celebra Luka.

“Nos encontramos en Tinder hace una semana y su propuesta de cita fue venir aquí”, cuenta Morgane. “Me está enseñando y creo que es un buen partido”. La estrategia de Luka parece funcionar mejor que cualquier apertura italiana.

Incluso las celebridades se rinden al encanto del lugar. Natalie Portman ha sido vista entre sus muros de piedra, y el gigante de la NBA, Victor Wembanyama, también dejó su huella. “Fue una noche privada. ¡Apenas cabía por la puerta! Tenía que agacharse para todo, pero jugó varias partidas. Fue muy simpático”, recuerda Brice.

Al final de la noche, surge la pregunta inevitable: ¿ganan siempre las blancas por salir primero? Damia sonríe: “En principio, las blancas están un poquito mejor en la posición inicial, pero es un margen muy pequeñito. Los mejores del mundo saben cómo explotarlo, pero otros como yo… pues no tiene por qué ganar”.

Realización sonora: Pierre Zanutto

RFI

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