En las montañas de la República Dominicana, el aroma del café vuelve a perfilarse como símbolo de esperanza. Tras años de crisis provocada por la enfermedad de la roya, que diezmó las plantaciones y redujo la producción nacional de más de 460,000 quintales en 2012-2013 a apenas 90,000 en 2015-2016, hoy los productores hablan de recuperación y de futuro.





El programa Café Creciente ha identificado a 250 familias cafetaleras que participan activamente en la gestión de sus fincas. El diagnóstico sociotécnico realizado por la iniciativa permite conocer quiénes son, dónde están y cómo se organizan, abriendo la posibilidad de proyectos familiares que apoyen tanto a las esposas como a los hijos de los productores. “Tenemos que empezar en la parte técnica, que es nuestra fortaleza, y luego sumar alianzas estratégicas con instituciones extranjeras o del Gobierno”, explicó Manuel Pozo Perelló, de Induban.
La meta es clara: reducir la dependencia de las importaciones. Hace cinco años, por cada 10 tazas de café, 6 eran importadas. Hoy, esa cifra ha bajado a 3.5, un avance que refleja el esfuerzo de los productores y el impacto de las nuevas variedades resistentes introducidas en el país. “Queremos que los 30 millones de dólares que se van al extranjero se queden aquí, en el campo, beneficiando a los dominicanos”, señaló optimismo.
El contexto internacional también ha jugado a favor. Los precios del café se han triplicado en los últimos años, incentivando a los agricultores a sembrar más. “Si tú vendías a diez y ahora vendes a veintidós, dices: ‘Déjame sembrar’. Y el vecino también se anima”, comenta uno de los productores, reflejando el entusiasmo que se respira en las comunidades cafetaleras.
La empresa Induban, bajo la dirección de Manuel Pozo Perelló, ha sido clave en este proceso. Con la introducción de variedades mejoradas y resistentes, la inversión en fincas tecnificadas y la colaboración con el Instituto del Café de Costa Rica, se busca replicar el modelo de recuperación que ha dado resultados en la región.
“La finca de Hato Mayor tiene una productividad que multiplica por 20 la media nacional”, destacó Perelló durante una visita al vivero de la empresa en Rancho Arriba, San José de Ocoa, donde se prueban y adaptan tecnologías provenientes de Brasil, Costa Rica y Colombia.
El desafío es enorme, pero la visión es compartida: lograr que en cinco años la República Dominicana no tenga que importar café y que el campo vuelva a ser protagonista de una historia de éxito. Con la esperanza de un futuro floreciente, el café dominicano busca recuperar su lugar en la mesa y en la identidad nacional.
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