Leyendo a Catherine Fletcher, una hermosa prosa muy erudita de uno de sus libros, en especial en el que analiza veinticinco siglos de historia y el cual tituló Los caminos a Roma. Un viaje al pasado de Europa, encontré un proverbio medieval que decía: «Todos los caminos conducen a Roma». En cierta forma, decía la verdad, pues el emperador Augusto inauguró un monumento llamado Miliario de Oro, el cual era una columna que, según Plutarco, conducía a todos los caminos controlados por Roma.

Yo lo pienso en la actualidad con un signo: el eurocentrismo, el cual se impuso por todos los lugares del mundo conocido y del que se apropió de aquellos que fueron mal llamados pueblos sin historia. Esos muchachos de la antigüedad, griegos o romanos, fueron los primeros que tiraron un pavimento basado en una manera particular de pensar el mundo y, por supuesto, de asfaltar según sus ideas del mundo.

Una particular ética política que afectó la imaginación, creó un repertorio común de referencias visuales, espectros confusos de memorias que le son propias y no nuestras; en fin, largos siglos en que las piedras europeas se lanzaron y aplastaron los suelos.

Entre su replicada gloria y pintorescas ciudades, puentes, catacumbas y memorias, los muchachos romanos, bien robustos y calzados con sus cáligas, avanzaron creando e imponiendo las redes que cultivaron todos los tipos de vínculos violentos, afectivos y éticos de lo que hoy se vanagloria Occidente.

Los caminos de Roma crearon un mapa que fue cartografiado con el mismo armonioso deseo de control y posesión con que hoy nombramos los territorios que desean ser geo-políticamente controlados. Hoy los nombramos los de la tierra rara, los que están bajo la tundra, los lugares donde nunca desaparece la nieve o los sitios del sur que granean erotismo para ser atravesados por la imaginación posmoderna.

Esos muchachos cruzaron las estaciones en conjunción con otros que se ciñen todavía a su cinturón. El poscolonialismo tripartito no es generoso ni desdeña pasar cada día a la acción, sin fingir sobre la base ideológica del imperio, de su política y estética, entre otras cosillas que no le causan vergüenza, dado que sus raíces sociales y culturales se caracterizan por ser intolerables y compulsivas con lo que le pertenece a otro o, por lo menos, con esas cosillas que están en posesión de los otros.

Todos los caminos romanos idealizaron las piedras, facilitaron el trazo, las palabras, los impuestos, el enjuiciamiento y la decisión del alivio de la falibilidad humana de tomar la decisión de aplastar los cimientos de cualquier cultura e imponer su calzada, que hoy llamamos colonialismo.

Ese amante fiel a lo ajeno no deja de atravesarse en el camino. Ayer fue Roma; hoy, unos famélicos políticos chupasangre se posan por el Cuerno de África, las aguas del Pacífico y el Atlántico, o merodean la Patagonia. También se cruzan por la Cueva de Pelempito, la otredad de Zante y Corfú, las islas Kuriles, entre otras grietas que todavía no son relatos de esos caballeros ricos que gobiernan el mundo.

Yo me miro con los ojos de Mary Wollstonecraft, que otorgó bendición a la educación igualitaria y al buen deseo de poder hablar desde la cabeza, pero yo le agrego un sobrecito de Stevia que endulza el café de la tarde para vindicar el derecho a una educación desnuda, despojada del vestido colonial.

Creo como ella en la amistad, una posibilidad de caligrafiar caminos aceptando que cualquier geografía de la tierra, tal como está, con planicies, ondulaciones, desiertos, valles y montañas, está llena de belleza, ansiedad, alegría y dudas.

¿Quién puede obedecer a la moral de la razón burguesa?

Tal vez los sofistas que, con su sensual error de creer tener la verdad, se abren a los nexos de la razón de los hombres, más no de las mujeres.

Mi desobediencia es moral, por tales fisuras que puedo llamar racional y, desde la mirada de mujer, escribo para mirar con estos ojos las redes de los suelos que conforman las raíces del mundo y se dejan transformar por las pinceladas de los ríos, los cuales le dan el toque a la historia que cuento, creo o leo en esta geografía del descontento.

Mi estar en este mundo es un deseo permanente. Es un vértice que usa la tristeza, la rabia, la alegría y el amor para enfrentar a los modernos prometeos, los cuales están enfrascados en la misma razón geográfica que defraudó a Napoleón.

La figura es tetralogía. Ellos se mantienen en pie de guerra, armándose hasta los dientes, amenazando, calumniando y gozando con el mal. Les contesto con la risa de la cocinera de Tales de Mileto, pues esos bravucones no ven los peces que tienen en sus pies por sus vértigos de poder. El logos que da la razón tiene que aguantar la ética y un diálogo cara a cara. En este contexto mantengo el silencio, porque no hay nada fuera de lo que hay.

Todavía nos enfrentamos a los mismos aristócratas del poder.

Estos turpenes siguen trazando la ruta de los territorios. Su logos es tirar la bola debajo de la mesa, ya que no aguanta ni el carcajeo, pues les gusta confundir los caminos con su trazo político de forenses, porque no les importa la disección, ya que no creen unos sujetos muertos. Ellos nombran al otro con la figurilla de las cucarachas, ratas o alborotadores.

Por tales razones de carácter existencial, me gusta este verso de Antonio Machado:

«El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas,
es ojo porque te ve».

En su locación, los que fuimos, somos y estamos esperando con ánimo el trazo de un camino nuevo que abra la puerta a Roma, Nueva Delhi, París, Soweto, Santo Domingo, Puerto Príncipe y más, con una carta en las manos solicitando el derecho a una educación igualitaria, ya que a ellos solo les gusta una habitación caliente con vino sobre la mesa, porque nos miran llenos de matorrales que desean callar y podar.

Yo sigo aquí, sonriendo, caminando por los mercadillos, sin sorprenderme de que desde la periferia gestamos sueños y caminamos en acantilados, cumpliendo con el evangelio de qué de la abundancia de la boca habla el corazón.

No me da la gana de seguir los vicios poscoloniales.

Tránsito por el puente. Me maravillan los chicos y chicas que salen a la calle en París y en la India, trazando con sus manos y pies los diálogos y demandas que soplan desde sus propias vidas.

Yo miro con sus ojos.

Fátima Portorreal

Antropóloga

Antropóloga. Activista por los derechos civiles. Defensora de las mujeres y los hombres que trabajan la tierra. Instagram: fatimaportlir

Ver más