En Wiktionary, el diccionario en línea, hay una entrada para "Trumpsplain" (verbo en infinitivo, tiempo presente) que significa "explicar o racionalizar a Donald Trump, sus acciones, comentarios, políticas o popularidad". ¡Qué palabra tan poco elegante!

No estoy sugiriendo que Trump sea cosa del pasado. Él estará al mando de las fuerzas armadas más poderosas del mundo hasta el 20 de enero de 2029, independientemente de lo que hagan los votantes en las elecciones de mitad de período en noviembre. Trump incluso podría recuperar el prestigio que ha perdido en Irán con una guerra más, o dos. Pero algo ha muerto últimamente, y es el argumento contracorriente a favor de su presidencia: la insistencia en que él tiene dotes estratégicas imperceptibles para los esnobs liberales.

Irán ha sido un fiasco demasiado grande como para conciliarlo con esa afirmación. Él inició la guerra en un arrebato de euforia tras victorias militares previas y porque (según la versión de secretario de Estado de EEUU Marco Rubio) Israel iba a atacar de todos modos. Desde entonces, Trump no ha podido definir, y mucho menos lograr, la victoria, que en su mente parece oscilar entre la "rendición incondicional" de Irán y la mera reapertura del estrecho de Ormuz, también conocido como el "statu quo" antes del conflicto. Ni siquiera está claro si él entendió la magnitud de sus concesiones a Irán que firmó en el memorando de entendimiento de junio. Su más reciente maniobra es ejercer presión económica sobre el régimen. Esto implica un enfrentamiento con las compañías chinas que apoyan a Irán, justo cuando Trump busca suavizar las relaciones con Xi Jinping.

El punto no es sólo que su guerra haya salido mal — incluso una bien planeada podría haber fracasado —, sino que contradice sus otros objetivos, como evitar conflictos en el extranjero, y no muestra ningún indicio de una preparación minuciosa; en otras palabras, careció de estrategia. Fue todo lo que los defensores de Trump siempre negaron que él fuera. Su única opción ahora es descartar la guerra como un desliz atípico. Lo más probable es que Trump haya estado actuando por impulso todos estos años, y que la pura suerte lo haya salvado del desastre.

El núcleo del "Trumpsplaining" — la supuesta justificación de todas las extrañas acciones del presidente — es China. El defensor clásico de las acciones de Trump es un partidario de línea dura contra Beijing que da por sentado que Trump comparte su obsesión. De hecho, es difícil pensar en un presidente que haya dado más bandazos y tomado más cambios de rumbo en una relación bilateral tan importante.

Consideremos la idea de que Trump le niega su apoyo a Ucrania porque China, y no Rusia, es la verdadera amenaza. Incluso en teoría, esto tiene poco sentido. (¿Acaso vamos a enfrentarnos a China permitiendo un resultado de la guerra favorable a Rusia, que es claramente lo que desea?). Además, en la práctica, Trump hace cosas que constantemente contradicen su reputación de línea dura en contra de China. Su gran amigo en Europa era el ex primer ministro húngaro Viktor Orbán, quien era el hombre de confianza de Xi en ese continente. En lo que respecta a la postura militar estadounidense — la distribución de bases de operaciones avanzadas, entre otras estrategias —, apenas ha habido un giro hacia Asia bajo el mandato de Trump.

De hecho, las democracias asiáticas, incluso aquellas con las que EEUU tiene tratados de defensa mutua, viven en una constante incertidumbre con respecto a su compromiso con ellas. La semana pasada, Trump le pidió al Pentágono que redujera una serie de ejercicios militares con Corea del Sur. ¿Cuál fue la razón de este desaire, que habrá envalentonado a China y a la parte comunista de la península? "Mi muy buena relación con Kim Jong Un de Corea del Norte". Así habló el Metternich de South Ocean Boulevard.

Aquí no hay un hilo temático, ni un gran plan estratégico. Trump no le escatima a Ucrania para liberar recursos para el Indo-Pacífico; se los escatima a Ucrania porque le da la gana. Él actúa guiado por química personal, por un interés comercial propio, por algunas creencias arraigadas y, sí, por estrategia. Este último elemento suele exagerarse en el conjunto. (Aunque no por él mismo. La última persona en hablar de una geoestrategia de Trump es el propio Trump, quien es franco con respecto a su enfoque personal).

Entonces, ¿quién queda aún para explicar las acciones de Trump como coherentes y organizadas? ¿Quién, incluso después de lo de Irán, se esfuerza por ver orden en medio del caos? Tenemos a Elbridge Colby, el jefe de políticas del Pentágono, cuya racionalización de las erráticas acciones de su jefe es creativa, así como es creativo alguien que siempre ve caras dibujadas en las nubes. Por ejemplo, lo que las democracias asiáticas consideran un apoyo intermitente por parte de EEUU, Colby lo describe como "realismo flexible", que es el tipo de jerga de los centros de estudios que podría abarcar cualquier política imaginable. Pero él es parte del personal. El personal tiene que plegarse. La pregunta es cómo personas cuya carrera no está en juego (los defensores de Trump suelen pertenecer al sector financiero y tecnológico) llegaron a ver a Trump como alguien con un genio estratégico subestimado.

Una respuesta es que las burlas por parte de los liberales los llevó a ello. Hace una generación, ocurrió algo similar con George W. Bush. Como él no era un idiota, como alegaban los ‘bien pensants’, resultaba tentador exagerar la refutación y sugerir que, de hecho, él era excepcionalmente astuto. Es lo que podría llamarse la "escalera de la escalada". La verdad — que, a pesar de él tener suficiente inteligencia, seguía sin estar a la altura del cargo — acabó perdiéndose en el acalorado intercambio partidista.

La otra respuesta es la autoprotección emocional. Vivimos en un mundo inquietante, y resulta más llevadero si se cree que la persona más poderosa de todas está trabajando conforme a algún gran plan geopolítico. La perspectiva alternativa — la de que Trump es un anciano de 80 años, errático y humillado, al que le queda más de la mitad de su mandato para vengarse — parece bastante más cercana a la verdad. ¿Y cuán frecuentemente la verdad reconforta a la gente?

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