Con una sola noche de lluvia el país se detuvo. Calles anegadas, familias damnificadas, escuelas cerradas, barrios incomunicados, suspensión de labores y de las escuelas. Se repite el mismo panorama de siempre, con una regularidad inquietante y una fuerza sorprendente.

Entonces comienza la búsqueda de culpables. El gobierno, por falta de previsión. Los sistemas de drenaje, insuficientes o colapsados. La gente, acusada de imprudencia por lanzar basura y gozar bajo la lluvia. Cada quien señala al otro, como si la suma de responsabilidades diluyera la gravedad del problema.

Sin embargo, hay un gran ausente en ese debate: el cambio climático. No se trata ya de lluvias excepcionales, sino de eventos cada vez más intensos, más concentrados, más imprevisibles. Lluvias que, en pocas horas, desbordan infraestructuras pensadas para otro tiempo. Pero reducirlo todo al clima sería también una forma de evadir lo esencial.

Porque lo que estas lluvias revelan no es solo la fuerza de la naturaleza, sino la fragilidad de nuestro modelo de desarrollo.

Un país que exhibe rascacielos, centros comerciales y cifras de crecimiento envidiables, pero donde vastos sectores siguen viviendo en cañadas indignas, en zonas inundables, sin acceso a servicios básicos adecuados. Un país donde, cuando falta el agua, hay escasez; y cuando sobra, hay desastre.

Ese contraste no es anecdótico: es estructural. Y en ese entramado hay otra dimensión que rara vez se menciona: la educación.

Quien vive en la urgencia, quien no ha tenido acceso a una educación de calidad, difícilmente puede priorizar la protección de su entorno. La precariedad limita las opciones, pero también las perspectivas. Sin herramientas, sin información, sin conciencia ambiental, el cuidado del medio ambiente queda relegado frente a la lucha por la supervivencia cotidiana.

Por eso, hablar de educación es central. Educación de calidad, sí, pero también educación ambiental desde la infancia. Si los niños, niñas y adolescentes crecen comprendiendo su entorno, su fragilidad y su valor, pueden convertirse en vectores de cambio. No solo hacia su propio futuro, sino incluso hacia sus familias y comunidades.

Las lluvias exponen el problema. Ponen en evidencia desigualdades acumuladas, decisiones urbanas erradas, ausencia de planificación y una deuda persistente con los más vulnerables.

En el contexto actual de cambio climático, insistir en una idea de progreso basada únicamente en infraestructuras visibles y crecimiento económico resulta cada vez más insuficiente.

El verdadero desarrollo no debería medirse por la altura de los edificios, sino por la capacidad de resistir —y proteger— a quienes viven al pie de las cañadas, al borde de los ríos.

Quizás el cambio de paradigma pendiente sea este: enfrentar la pobreza y apostar por la educación, especialmente la de las nuevas generaciones. No es una política más, es la única manera de construir un país capaz de sostenerse, incluso bajo la lluvia.

Elisabeth de Puig

Abogada

Soy dominicana por matrimonio, radicada en Santo Domingo desde el año 1972. Realicé estudios de derecho en Pantheon Assas- Paris1 y he trabajado en organismos internacionales y Relaciones Públicas. Desde hace 16 años me dedicó a la Fundación Abriendo Camino, que trabaja a favor de la niñez desfavorecida de Villas Agrícolas.

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