En pocos días, dos hechos distintos han colocado a la política exterior dominicana en primer plano: una decisión poco habitual respecto de la representación diplomática cubana y el relevo al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores. La Cancillería solicitó el retiro de nueve miembros de la misión cubana, mientras Víctor Bisonó acaba de asumir la conducción del MIREX.

No es necesario apresurarse a interpretar ninguno de los dos acontecimientos para reconocer la pregunta que plantean: ¿desde qué memoria y con qué horizonte debe decidir la República Dominicana su relación con el mundo?

El porvenir ya no es lo que era. El orden internacional cambia con rapidez; las alianzas se reajustan, las economías buscan nuevas cadenas de suministro y las fronteras entre seguridad, migración, comercio, tecnología y diplomacia son cada vez menos nítidas. Un país que reaccione solamente ante la urgencia llegará siempre tarde.

La República Dominicana dispone de algo que no se improvisa: memoria.

Cinco siglos no caben en cuatro años

Nuestra sociedad comenzó a formarse mucho antes de que existiera el Estado dominicano. Durante siglos acumuló experiencias de primacía, aislamiento, abandono metropolitano, cambios imperiales, ocupaciones, anexión, restauración, intervenciones extranjeras, dictadura, democratización, emigración y apertura al mundo.

Esa larga experiencia explica una de las tesis que más necesitamos recuperar: el Estado de 1844 no inventó a la nación dominicana. Le dio forma política soberana a una comunidad histórica que llevaba siglos aprendiendo a reconocerse.

Por eso nuestra memoria internacional tampoco comenzó con la diplomacia republicana. Santo Domingo sabe, por experiencia, qué significa que decisiones fundamentales se adopten en otras capitales.

Madrid decidió durante siglos según la lógica de un imperio. París alteró nuestro destino cuando Europa negociaba territorios que aquí eran sociedades vivas. Puerto Príncipe ejerció durante veintidós años el poder político sobre toda la isla. Washington intervino posteriormente de manera directa en momentos decisivos de nuestra vida nacional.

No se trata de convertir esas capitales en adversarios retrospectivos. España es hoy una nación hermana; Francia y Europa son socios naturales; Estados Unidos constituye un vínculo estratégico fundamental; Haití seguirá siendo nuestro vecino inseparable.

La lección es otra: cada una tiene sus intereses. Nosotros debemos tener los nuestros.

Decidir desde Santo Domingo

“Decidir desde Santo Domingo” no significa recentralizar el país que acabamos de proponer fortalecer desde sus regiones. Santo Domingo funciona aquí como nombre político de la República: decidir desde nosotros mismos.

Tampoco significa aislamiento. Una política exterior madura escucha mucho.

Debe escuchar a Washington sin pensar desde Washington; dialogar con Madrid y Bruselas sin transferirles nuestra lectura del Caribe; conversar con La Habana sin heredar automáticamente los conflictos ideológicos del siglo XX; tratar con Puerto Príncipe sin aceptar que la crisis haitiana defina por sí sola nuestra política nacional; y hablar con América Latina, el Caribe, África y Asia desde una conciencia clara de lo que somos.

La soberanía moderna no consiste en hablar solos. Consiste en poder hablar con todos sin necesitar que otro formule nuestros intereses.

Ahí reside el valor estratégico de una identidad propia: matriz hispánica, realidad caribeña, formación atlántica y vocación hemisférica. No son etiquetas para una celebración cultural. Son coordenadas desde las cuales podemos construir relaciones.

Solo quien sabe desde dónde habla puede tender puentes sin desaparecer dentro de ellos.

Del gobierno a la política de Estado

El calendario democrático tiene una virtud y una limitación. Obliga a los gobernantes a rendir cuentas periódicamente, pero también puede encerrar demasiadas decisiones dentro del horizonte de la próxima elección.

La política exterior no puede funcionar así.

Haití no se resolverá en cuatro años. Nuestra relación con Cuba no comenzó con una crisis diplomática ni terminará con ella. La relación estratégica con Estados Unidos sobrevivirá a muchos presidentes de ambos países. Los vínculos con Europa, el futuro del Caribe, la diáspora, los puertos, la aviación, la inserción comercial y la seguridad económica requieren horizontes generacionales.

Una política de Estado no elimina la política de gobierno. Le proporciona horizonte.

Tampoco obliga a futuros gobiernos a repetir decisiones que consideren equivocadas. Les entrega instituciones, conocimiento acumulado, un servicio diplomático profesional y algunas coordenadas nacionales que no necesitan redescubrirse cada cuatro años.

Para que esas coordenadas sean verdaderamente nacionales deben surgir del diálogo: gobierno, oposición, Congreso, Cancillería, servicio exterior, sectores productivos, universidades, sociedad civil y dominicanos del exterior.

Política de Estado no significa unanimidad. Significa suficiente consenso para distinguir lo permanente de lo circunstancial.

Dos años para pensar más lejos

El reciente cambio de canciller ocurre cuando restan dos años del segundo mandato presidencial, correspondiente al período 2024-2028.

Eso crea una oportunidad peculiar.

El corto plazo electoral ocupará inevitablemente una parte creciente de la conversación pública. Precisamente por eso, el Estado puede utilizar este tramo para mirar más lejos.

No para amarrar al próximo gobierno, sino para dejarle mejores puntos de partida.

Podemos definir con mayor claridad qué significa para la República Dominicana ser puente entre Europa y las Américas; qué política caribeña queremos; qué relación de largo plazo debemos construir con Cuba; cuáles son los límites y objetivos permanentes frente a Haití; cómo preservar una alianza estrecha con Estados Unidos desde una mayor capacidad propia; y cómo transformar nuestra estabilidad, conectividad, diáspora, turismo, zonas francas, puertos y aeropuertos en influencia internacional.

Son preguntas que ningún decreto resolverá. Pero alguien tiene que comenzar a formularlas con horizonte suficiente.

Pensar en décadas y siglos

La República Dominicana ha dedicado las últimas décadas a construir capacidades que generaciones anteriores apenas podían imaginar. Hoy está más conectada, es más abierta y posee una mayor presencia económica internacional.

El paso siguiente es intelectual y político: saber para qué queremos utilizar esas capacidades.

Ser puente no significa convertirse en lugar de paso. Significa conectar desde una identidad propia.

Ser primera entre iguales no significa reclamar superioridad sobre nuestros vecinos. Significa comprender que una precedencia histórica puede transformarse en responsabilidad contemporánea: abrir caminos, facilitar diálogo, defender intereses legítimos y contribuir a una región más estable sin renunciar a nosotros mismos.

Los gobiernos administran años. Las naciones deben pensar en décadas y siglos.

En los próximos dos años habrá decisiones urgentes, crisis inesperadas y el ruido creciente de una nueva competencia electoral. Pero precisamente una nación de memoria larga debe ser capaz de levantar la mirada por encima de ese horizonte.

Washington, Madrid, Bruselas, La Habana y Puerto Príncipe seguirán definiendo sus prioridades. Es natural.

Nuestra responsabilidad es definir las nuestras.

Escuchar al mundo, cooperar con el mundo y aprender del mundo. Tender puentes hacia todas las orillas que nuestra historia nos permite comprender.

Pero pensar y decidir desde Santo Domingo.

EN ESTA NOTA

Alfredo Vargas Caba

Linguista, traductor, emprendedor

Alfredo Vargas Caba es ensayista dominicano. Nació en la República Dominicana, donde cursó su formación escolar hasta el bachillerato, que completó en los Estados Unidos. Realizó estudios universitarios en Francia y residió durante alrededor de tres décadas entre Francia, Suiza y Alemania, antes de establecerse en Texas, donde reside desde hace aproximadamente veinticinco años. Su trayectoria transatlántica informa su interés por la historia comparada, las fronteras imperiales, la cultura política y la ubicación hemisférica de la República Dominicana.

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