La obra de Raúl Zecca, la cual tituló Más allá del amor. Mujeres y resistencia en un batey dominicano, es un libro sostenido con un intenso trabajo etnográfico cuya base metodológica requiere de cientos de conversaciones y largas horas de revisión documental y de audios para lograr encontrar las respuestas que van surgiendo durante el proceso de desarrollo de la investigación. Yo miro esta lectura con mucho respeto por el etnógrafo, el cual se sostiene en un andamiaje crítico y con un enfoque poscolonial sobre la realidad en la que viven las mujeres y los hombres que residen en los bateyes.
Su contribución teórica es exquisita. Hace mucho tiempo que no disfrutaba de una buena etnografía reflexiva con aportes valiosos para entender los sistemas sociales, problemas sobre racialidad, espacio, lenguajes, mentalidades, ética y vida cotidiana. Las contribuciones son muy valiosas, pues ofrecen una buena revisión sobre el andamiaje teórico de los nudos de la antropología del pasado y las nuevas miradas desde un marco más abierto, menos intrusivo y con fortísimas reflexiones del quehacer de la antropología como parte del conocimiento que se va construyendo al mismo tiempo sobre el otro y nosotros.
El antropólogo Zecca realiza una buena etnografía. De esas que me gustan, porque voy adentrándome en el campo, tal como él fue realizando su labor y lo hago en mi caso, a través de la lectura del texto, el cual tiene una buena escritura y edición. Miro sus conversaciones y descubrí paso a paso cómo fue elaborando su trabajo.
Es un texto que puede ser usado para explicar a los estudiantes cómo se elabora y desarrolla un trabajo de campo etnográfico. El autor lo hace desde una perspectiva directa con apoyo de buenos informantes claves y en un entorno que fluye con el investigador a través de sus relatos. Es información de primera mano y que ha sido devuelta a la comunidad, no solo mediante el texto escrito, sino también con ese compartir amistoso del etnógrafo con sus informantes. No hay desperdicio en la descripción y análisis sobre la comprensión de la economía, cultura y experiencia cotidiana de la vida del batey.
La antropología de género en la República Dominicana tiene agradecimiento sobre su contribución en el entendimiento de cómo se construye lo femenino y masculino dentro del batey. El espacio del batey es una geografía particular donde los afrodescendientes dominicanos, haitianos y dominicanos con ancestros haitianos residen bajo condiciones de marginalidad y pobreza, por la explotación de clase y por el repudio de los grupos de las élites dominicanas que se sostienen en viejas reglas coloniales que les favorecen en sus capitales y en la construcción de un otro avasallado y rechazado por su racialidad y etnicidad.
En esta investigación descubre e identifica diversos problemas en torno al racismo social y las maneras particulares de cómo la vida se desenvuelve entre la casa y la calle y los sentidos de la justicia y exclusión, tal como se pueden expresar en las odiseas cotidianas que viven cada uno y una dentro de la precariedad y la alegría que da el poder levantarse cada día.
La vida en el batey es un acto de lucha continua, ya que cada día tienen que realizar grandes esfuerzos para encontrar los alimentos que son necesarios para su sostén como seres humanos. El batey es un lugar impropio para la vida por la explotación de estos hombres y mujeres que merecen una vida digna.
En el batey existen problemas como en cualquier parte de las barriadas dominicanas pobres, pero aquí se intensifica por la naturaleza de esta geografía anclada en lo colonial y en la explotación desmedida de la clase trabajadora. Es un típico espacio de exclusión y violencia como cualquier otro lugar donde hay carencias y cada uno o una trata de sobrevivir como puede bajo reglas que son crueles para las personas residentes en el batey. Estas personas del batey luchan y luchan para encontrar y construir un espacio más amable que les garantice una vida con dignidad, respeto y empleo.
A lo largo de la obra, el antropólogo destaca un manejo teórico particular de los clásicos y de la etnografía que se escribe actualmente. Es agradable volver a leer sobre Mintz, Steward y Mulot, hasta pasar por la lectura de Stolcke y Safa, entre otros. No hay desperdicio teórico, cada uno tiene una riquísima reflexión, ya para debatir o dar respuestas precisas sobre las preguntas que se hace el investigador sobre lo que fue encontrando durante su trabajo en el batey.
Los diálogos son fascinantes y bien abordados con las respuestas que son pertinentes en el proceso analítico. Las categorías interpretativas siguen la rigurosidad académica. En este texto encontré un verdadero paisaje boscoso. Yo recomiendo a cualquier teórico que desee leer una buena etnografía y desde perspectivas metodológicas y teóricas que ofrecen buenas respuestas bajo esquemas de análisis complejos, pero muy bien manejados por el etnógrafo.
El texto no se queda solo mostrando lo empírico y la manera como maneja la data que va encontrando; también ofrece una rica reflexión de esas memorias íntimas, que solo se logran con un buen manejo entre el antropólogo y los informantes durante el trabajo de campo.
Las historias personales son bien manejadas y responden a la virtud de las conversaciones que permiten ampliar el entendimiento de las experiencias sociales, culturales y económicas. Estas conversaciones responden muy claramente sobre cómo ellos y ellas pueden ver e interpretar su mundo, a través de sus experiencias dolorosas, bondadosas y de carácter solidario entre madres e hijas u otras mujeres de la parentela, las cuales son las que sostienen los hogares sin hombres.
El batey es un rincón marginado en la sociedad dominicana, pero ha enriquecido los bolsillos de las élites.
En el plano personal, yo discutía con el autor que no había encontrado hogares matrifocales en mi país, por la razón de las debilidades que se presentan en esos espacios tan frágiles que desarticulan las relaciones entre hombres y mujeres bajo sistemas de parentescos que no se sostenían en el tiempo. Pues soy de las que consideró que se necesita tiempo, espacios, condiciones de exclusión económica y culturales que enlazan una unidad dentro de la parentela, para poder dar continuidad y que pase por varias generaciones. Es lo que a mi entender puede darle consistencia a esos sistemas complejos en el que las madres, las hijas y las hermanas tienen lazos débiles con los hombres y que por generaciones son ellas las que dan fortaleza y sostienen a la familia. Cómo se han identificado los hogares matrifocales.
A la pura verdad, me sorprendió lo que el autor de este magnífico libro encontró en su investigación. Yo estoy de acuerdo con Zecca sobre la singularidad del espacio del batey. Ciertamente, lo que descubrió en esos lugares donde atraviesan cadenas de "esclavización" son formas matrifocales con ciertas particularidades. Ya que se reproduce un modelo familiar muy parecido a lo que se reprodujo históricamente bajo el sistema esclavista de producción. Entiendo, al igual que el etnógrafo, que en la trayectoria de vida del batey existe una historia viva donde las mujeres son las que sostienen la crianza y los lazos que las responsabilizan de los patrones parentales, pues son madres y padres al mismo tiempo. Creo que se tienen que dar esas particularidades de espacio de trabajo cuasi esclavizados para que se reproduzcan las viejas reglas matrifocales.
En otros espacios rurales de lo que yo he estudiado, no he encontrado tales modelos como se reproducen en el batey. Es en el batey un espacio donde se reproducen las viejas reglas de explotación, tanto del patriarcado, discriminación racial y étnica y la exclusión de las mujeres y hombres, bajo sistemas "cuasi esclavistas" en torno a las oportunidades que se les permite reproducir como fuerza de trabajo y de la existencia frágil de sus comunidades.
La familia nuclear es claramente un espacio esquivo para las mujeres.
El cuerpo en la dinámica de vida dentro del batey sigue siendo controlado, explotado y marginado producto del rol al que se ha empujado a las mujeres. Un rol que responde a los intereses de los hombres y de los explotadores. Eso puede ser explicado por la biopolítica de los cuerpos, lo cual no solo se corresponde a lo reproductivo, sino también a crear la plataforma y el sostén de las jerarquías étnico-raciales, las cuales, por supuesto, son excluyentes de todo lo necesario para desarrollarse como mujeres, tales como educación y trabajo remunerado. A las mujeres se les carga la responsabilidad del sostén de la familia.
Creo poder afirmar que el trabajo etnográfico de Zecca es un buen referente, no solo para los estudios del batey, también como una buena etnografía que hace de este desierto teórico en el que nos movemos los antropólogos dominicanos por la falta de diálogos académicos rigurosos. Su etnografía fluye como los arroyos nuevos para refrescarnos con los sentidos y volver a dialogar sobre problemas que se habían dejado de lado, por los discursos de élite racista que solo otorga privilegios a las narrativas nacionalistas e ideologías cargadas de prejuicios y discriminación bajo normas coloniales. Zecca nos ofrece un libro atrevido y qué bueno fue leerte cuando exhibe conversaciones que hoy no podemos dejar de lado en el campo del saber etnográfico. ¡Bravo!
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