Hace años que estaba detrás de San Miguel. Un año llegué cuando la celebración había terminado y después, por una razón u otra, pasaron varios 29 de septiembre.

Este año estuve atenta y valió la pena. Rojo y verde por todas partes, los colores de San Miguel: el rojo para luchar, el verde para vencer. Familias enteras, varias generaciones juntas, abuelos, padres, hijos, niños pequeños. Una religiosidad profunda, sencilla, que se recibe, se practica y se transmite. Una devoción que pasa de generación en generación.

Siempre me han fascinado las religiones y, más todavía, los sincretismos. Con San Miguel  se habla de las 21 Divisiones, de misterios, de Belié Belcán. Se toca palos. Se hacen y se cumplen promesas. El San Miguel Arcángel de la Iglesia católica convive con creencias de raíces africanas que, a través de los siglos, se han mezclado y transformado hasta formar parte de nuestra cultura. Hay quienes atribuyen a San Miguel una proteción recibida, un amor encontrado, un momento decisivo de su vida.

Esas raíces africanas no están del otro lado de la frontera. Están aquí presentes, mezcladas con otras, formando parte desde hace siglos de lo dominicano.

Pero percibí también dos espacios. Está la iglesia, recién renovada, con un acceso estrechamente controlado: para entrar y salir a la plazoleta y a la iglesia había  que pasar de uno en uno por una barrera vigilada por la policía. Están los peregrinos, con sus velones, sus flores, sus promesas, sus misterios y sus palos. Se encuentran alrededor de un mismo San Miguel, aunque no siempre parecen caber de la misma manera en el mismo lugar. Por suerte existen las calles del sector.

No fui la única en percibir cierta tensión. Una devota llegó a decir ante una cámara: «Los del poder quieren tumbar esta tradición y no van a poder». No sé quiénes son para ella «los del poder» ni si existe realmente semejante propósito. Pero la frase dice que hay devotos que sienten que deben defender una tradición que consideran suya.

Se viene a San Miguel a pedir, pero también a cumplir. Hay personas que ofrecen comida gratuita porque hicieron una promesa. Otras pasan el día allí y algunas que vinieron de lejos hasta duermen en el lugar. Se llevan flores y velones. El maní, la comida, los bizcochos con colores rojo y verde hacen parte del cariño, el respeto y el código de hospitalidad  con el que el pueblo dominicano agasaja a su mayor protector.

En las calles adyacentes florecen pequeños comercios de imágenes de San Miguel y de vírgenes, así como velones. No pueden faltar los puros y rezos fotocopiados que me recordaron aquellos que antes se compraban en las botánicas, impresos en un papel de periódico.

San Miguel es una cita anual a la que se acude mientras se tiene vida. No son únicamente personas de los sectores más pobres. La devoción atraviesa clases sociales.

Un antropólogo y profesor universitario con quien conversé había aprovechado su hora de almuerzo para ir a depositar sus velones frente al altar de San Miguel. No pudo hacerlo. Durante la procesión, cuando sacaron el santo de la Iglesia para recorrer el sector entre una y dos de la tarde, la iglesia permaneció cerrada quedando varios policías custodiando la entrada.

El antropólogo tenía que regresar a su trabajo. No se llevó los velones. Los depositó frente a una estatua del santo y un altar instalado en el explanada por una joven devota, portadora de misterios, cuya presencia atraía a mucha gente. Había venido a cumplir con San Miguel.

También me sorprendió saber que los palos no estaban permitidos en la explanada renovada de la iglesia y que, según me dijeron, tampoco podían acceder a ella los portadores de misterios pero vi una. Son cosas sobre las cuales quisiera saber más antes de sacar conclusiones.

Pero lo que me chocó fue la cantidad de policías. Policía Nacional, Politur, agentes en numerosos puntos. Todos aquellos con quienes hablé fueron perfectamente amables mas, sin embargo, me molestó su numerosa presencia en medio de una celebración religiosa, familiar y festiva.

Si se piensa cada vez más abrir las manifestaciones de nuestra cultura popular al turismo, habrá que reflexionar también sobre cómo hacerlo. Proteger no significa ocupar. Ordenar no debería significar desnaturalizar.

Me fui de San Miguel con muchas preguntas y una certeza inesperada. Creía que esta faceta de la República Dominicana, hecha de fervor popular, sincretismos, promesas transmitidas y ritos heredados, iba desapareciendo lentamente con el país que cambia. Me equivoqué. Cada 29 de septiembre vuelve a decir presente en San Miguel y en tantos cultos, fiestas y altares diseminados por toda la geografía dominicana.

Me encontré con una República Dominicana que creía se desvanecía y que, en realidad, sigue ahí si uno sabe dónde mirar.

Elisabeth de Puig

Abogada

Soy dominicana por matrimonio, radicada en Santo Domingo desde el año 1972. Realicé estudios de derecho en Pantheon Assas- Paris1 y he trabajado en organismos internacionales y Relaciones Públicas. Desde hace 16 años me dedicó a la Fundación Abriendo Camino, que trabaja a favor de la niñez desfavorecida de Villas Agrícolas.

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