La historia es una imagen modélica de narrativas de villanías, heroísmos o de imágenes reconstruidas por los mercaderes del poder en los jardines del saber.
Aquí estoy sentada leyendo y mirando sobre la Conferencia de Múnich, en la que se sientan amiguitos de viejos tiempos, que ahora no están muy contentos entre ellos.
Dicha conferencia toca los mismos temas sobre seguridad, apoyo y algunas cosillas del amor histérico, en el que se salamean o se repudian, para dar paso a ese borde de neurosis que le fascina alardear y legitimar al mundo occidendal.
Un sostén ideológico y de apoyo militar en el que los Estados Unidos mantienen ambiguamente, según intereses con sus viejos amores, llamados los aliados.
En Múnich se presentaron unos discursos para nada sobrio, ni desparejados de roces de cremalleras en la que se deja clara la posición viril del Tío Sam.
Yo miré anonadada cómo las potencias occidentales, antiguas hermanas que recuerdan un peligroso momento de la historia sangrienta del fascismo y de un tiempo en el que el Eje fue tan brutal con su racismo y posturas antidemocráticas.
Es Múnich un lugar donde se ha discutido bastante sobre la defensa de los países que conforman los aliados occidentales, después de Yalta y de los acontecimientos vinculados con la crisis de los misiles en Cuba.
No ha sido un espacio de arrepentimiento, ni para promover el desarme; todo lo contrario, ha sido un no lugar que reúne a duros hombres, los cuales, en su mayoría tienen calzadas las botas de guerra. Ellos podrían derrotar y tumbar cualquier nido sombrío.
A mí sus narrativas no me cautivan, porque repiten el protagonismo del autoritarismo, en una sala de estruendosas olas que para nada llegan suave a la orilla, porque no son disuasorias de la guerra.
Esos hombres viriles de profesión, no andan tirando ramos de flores. Su mundo está lleno de bolsas de drones, misiles y ojivas nucleares. Ellos con sus palabras fingen sobre la paz. Elaboran discursos apologéticos sobre la guerra o una paz negociada, pero siempre, bajo las amenazas de las armas.
Yo miro la Conferencia en Múnich con la imagen de un mar bravío que trata de encontrar el cielo, pero está enceguecido por la humareda de la pólvora y de sus pájaros alados que gotean sangre.
¿Ha sido está reunión, un producto con un destino manifiesto para la seguridad del mundo?. O es simplemente un espacio privado de ciertos grupos de las élites que gobiernan el planeta, bajo posiciones autoritarias.
En el siglo pasado se discutía sobre la disuasión militar asimétrica, entre los bloques ideológicos del este y el oeste. Ahora, qué es lo que trata de negociar la Conferencia de Múnich.
Según dicen los muchachos que hablan de geopolítica es un palmoteo en el agua del desconsuelo de la ruptura institucional del régimen liberal y de la mirada de las aguas oscuras de los últimos acontecimientos mundiales sobre las fisuras que golpean al gran capital. Lo que le ha provocado desencanto, por las diatribas del gobierno actual de los Estados Unidos con la OTAN.
En el marco de ese lloriqueo, por las cosas del querer, hablaron sobre las agendas donde van contando sobre los millares de juguetes (bombas) y sus preocupaciones por la defensa, la consolidación de las buenas formas con las alianzas para negociar el apoyo de Washington en torno a la fuerza nobles y eclesiales, y racionales que son necesarias en el mercado de las armas.
Esas que puede ofrecer su aliado, los Estados Unidos, bajo un prolegómeno de una paz duradera.
Yo no sé si sus labios rozaron las mejillas de los viejos comerciantes de pieles de foca en Groenlandia, por medio de los conjuros ebrios y poli bueno de la vaga luz de la paz del movimiento Maga. O son los efectos de la seducción de la hechicera del momento que vende como oportunidad los rituales de sangre con las manos libres, a la estricta obediencia de las abejas ebrias de poder, por el polen que golosean en los mercados de armas de occidente.
La Conferencia de Múnich es un fracaso en término de la paz y de la construcción de una humanidad pacífica. Es un regalo, a la perpetuidad de las mismas formas del viejo Dios occidental de la guerra (Ares).
Tanto la conferencia del 1938, como las subsiguientes se arropan con una estopa de dolor y sangre. Cuando ya se vuelve impropio celebrar la Conferencia de Múnich, antes los ojos de la humanidad, estaremos en un lugar más seguro.
En fin, las corporaciones de la industria de armas fueron las bailarinas que danzaron en la base, de lo que se discutió en el marco de lo que yo llamo el desahogo seminal de Múnich.
La historiografía tiene sentido cuando se presentan las espumas de grosellas, granadas, arándanos y los vinos solemnes que se brindan por la paz, mientras se negocian las armas que pueden poner fin, a los sueños de occidente y quizás del mundo. Yo escojo una rosa y prefiero caminar en Múnich, por la orilla del río Isar.
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