La República Dominicana arrastra problemas estructurales que, aunque conocidos por todos, rara vez se enfrentan con la profundidad que requieren. Más allá de la corrupción, un mal que distorsiona las instituciones, encarece la vida y erosiona la confianza pública, existe otro desafío igual de grave, la falta de educación ciudadana y la ausencia de continuidad en los proyectos de Estado. Mientras no corrijamos estos pilares, ningún esfuerzo aislado logrará transformar el país de manera sostenible.

Cada nuevo gobierno inicia obras, ideas y programas que desaparecen con el cambio de administración. Se pierden recursos, tiempo y oportunidades; y con ello se perpetúa la improvisación como norma. Un país no puede desarrollarse si cada cuatro años se empieza desde cero. Los dominicanos pagamos con estancamiento lo que debería ser una ruta continua hacia el progreso. Esta realidad es una de las causas silenciosas del subdesarrollo.

Es imprescindible que la clase política abandone el cortoplacismo electoral y asuma la visión del Estado como un proyecto común, no como un botín partidario. Ninguna nación que hoy admiramos avanzó sin un pacto mínimo de continuidad. Precisamos un Plan Nacional de Desarrollo a 50 años, blindado legal e institucionalmente, que trascienda gobiernos y responda a las necesidades reales del país. Un plan así es una obligación moral con las futuras generaciones.

Dentro de ese pacto nacional, la educación debe ocupar el primer lugar. La falta de educación ciudadana genera desinformación, pobreza, dependencia y vulnerabilidad ante el clientelismo político. Una sociedad sin formación crítica es terreno fértil para la manipulación. No se trata solo de construir escuelas; se trata de formar ciudadanos capaces de pensar, cuestionar, crear y transformar su entorno con responsabilidad y criterio propio.

Pero la educación general, aunque necesaria, no es suficiente. El país necesita un sistema robusto de educación vocacional, capaz de preparar jóvenes para oficios fundamentales en la economía moderna. Electricistas, mecánicos, técnicos en refrigeración, soldadores, panificadores, operadores de maquinaria, carpinteros y cientos de habilidades más escasean en un mercado que los demanda. Seguimos importando mano de obra por no haber planificado.

De igual forma, la educación técnica especializada debe convertirse en política de Estado, no en iniciativas temporales. La industria turística, agropecuaria, tecnológica, médica y energética necesitan personal preparado. Un país que forma técnicos y profesionales cualificados es un país que atrae inversiones, eleva salarios y reduce la desigualdad. Lo contrario es perpetuar un mercado laboral débil y dependiente.

La continuidad es clave no solo para la educación, sino también para la infraestructura, la salud, la seguridad y el desarrollo territorial. Cada obra inconclusa es un fracaso colectivo. Cada proyecto abandonado revela la falta de visión estratégica que debemos superar. Un Estado serio documenta, planifica, evalúa y continúa, sin importar quién corte la cinta al final. Esa madurez institucional aún está pendiente en nuestra nación.

El caso del sector eléctrico es uno de los más claros ejemplos de falta de visión. Durante décadas, la respuesta a la crisis energética ha sido improvisar plantas para resolver urgencias momentáneas. Sin embargo, una planta toma años en entrar en operación. Cuando finalmente produce energía, la demanda ya ha superado su capacidad. El país crece de manera exponencial mientras la generación eléctrica avanza de forma aritmética.

Resolver definitivamente el problema energético requiere planificación con al menos 20 años de anticipación, integrando energías renovables, almacenamiento, redes inteligentes y una estructura tarifaria sostenible. No podemos seguir atrapados en el ciclo de apagones, pérdidas, subsidios eternos e inversiones reactivas. La electricidad es la sangre de la economía; sin energía estable y competitiva, no hay desarrollo posible.

Los dominicanos merecemos un país que piense a largo plazo, no uno que viva apagando fuegos políticos. Merecemos institucionalidad, transparencia y educación que genere oportunidades reales. Merecemos obras que se comiencen y se terminen, gobiernos que construyan sobre lo que ya existe y un liderazgo que entienda que gobernar es servir, no perpetuar ciclos de atrasos. El progreso verdadero solo es posible con continuidad, consenso y visión.

Controlar la corrupción, fortalecer la educación general, impulsar la formación técnica y vocacional, dar seguimiento a los proyectos iniciados y planificar la energía con décadas de ventaja no son ideas aisladas: son pilares inseparables. Son la base de un país moderno, competitivo y justo. La República Dominicana tiene todo el potencial; lo que nos falta es la decisión colectiva de construir un futuro que no dependa del capricho político del momento.

La grandeza de una nación no la determinan los discursos, sino la capacidad de sus líderes y ciudadanos para mirar más allá de sus intereses inmediatos. El reto está sobre la mesa. Lo que falta es voluntad, coraje y un compromiso auténtico con las próximas generaciones. Si como país logramos asumir esos seis pilares, entonces sí podremos decir que estamos construyendo una República Dominicana verdaderamente sostenible.

Rafael Ramirez Medina

Ejecutivo turístico

Rafael Ramírez Medina, es egresado de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, donde obtuvo los títulos de Licenciado en Economía y Contabilidad, con una maestría en Administración y Finanzas en la misma universidad. Posee una vasta experiencia de más de 30 años en el área de Administración y Finanzas, ocupando diversas posiciones de mucha responsabilidad en empresas como la PriceWaterhouseCoopers (PwC), Banco BHD, Falconbridge Dominicana, Grupo Farah y Grupo Puntacana. Actualmente es el Oficial de Cumplimiento del Grupo Puntacana. Es además, el creador de la columna Finanzas para no financieros del periódico semanal Bavaro News, donde expone artículos de interés financiero, y es el Autor del libro Finanzas para no Financieros, publicado en el año 2019. Rafael Ramírez es certificado por la FIBA AMLCA. La certificación FIBA AMLCA es reconocida a nivel internacional brinda una base sólida de conocimientos en materia de prevención de lavado de activos y contra el financiamiento del terrorismo (AML/CFT), por la federación internacional de bancos americano ha participado en varios seminarios, talleres y diplomados, tanto a nivel nacional como internacional, tocando temas como: Lavado de Activos (Finjus), Certified Professional in Anti Money Laundering de Florida International Bankers Association (FIBA), Programa de Eficiencia Grupo Puntacana (Instituto Tecnológico de Monterrey), Seminario Internacional de Economía y Contabilidad (Cuba) , Operacionalización de la estrategia (Link Gerencial) Eficiencia Operativa y Financiera de los Aeropuertos (Costa Rica) etc.

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