“Siempre que nos comprometamos en política radical emancipatoria no debemos olvidar, como dijo Walter Benjamin hace casi un siglo, que toda revolución, si es una revolución auténtica, no solo está dirigida hacia el futuro, sino que también redime las revoluciones pasadas fallidas. Todos los fantasmas, por así decirlo; los muertos vivientes de la revolución pasada que deambulan insatisfechos, finalmente encontrarán su hogar en la nueva libertad”. (Slavoj Žižek, La guía perversa a la ideología)
En el año 1953, los servicios de inteligencia estadounidenses y británicos ejecutaron un golpe de Estado contra el gobierno democráticamente electo de Irán, dirigido por el primer ministro Mohammad Mosaddeq (1882-1967), quien había nacionalizado el petróleo de la Compañía de Petróleos Anglo-Persa. En su lugar, ayudaron al rey o sah Mohammad Reza Pahlaví (1919-1980) a centralizar el poder y gobernar con mano de hierro, devolviendo los campos petroleros al control occidental.
Sin embargo, veintiséis años después, sucedió lo impensable: estalló un proceso de movilización social y política que culminaría con el derrocamiento de la monarquía y su dinastía. Este proceso recibiría el nombre historiográfico de “Revolución Iraní”. Fruto de un complejo conjunto de factores —que abarcaban desde la corrupción gubernamental generalizada y las fuertes desigualdades socioeconómicas, hasta la creciente represión política por parte de la policía secreta y un rápido programa de modernización y secularización de la sociedad— esta revolución cambió para siempre la historia de aquel país persa.
El 16 de septiembre de 1978, el filósofo e historiador de las ideas Michel Foucault (1926-1984) aterrizó en Teherán, la capital iraní, como corresponsal especial para el periódico italiano Corriere della Sera. Sus informes acerca del proceso revolucionario también serían publicados en el periódico francés Le Nouvel Observateur. En sus análisis, Foucault mostró simpatía por las fuerzas antimonárquicas, tratando con respeto las opiniones del pueblo y de los líderes religiosos de la sociedad, sin pretender imponer un esquema orientalista sobre los acontecimientos.
Sin embargo, su posicionamiento con respecto al tema fue ampliamente criticado en Francia y Europa, cosa que él mismo previó, al concluir uno de sus artículos diciendo: “Ya puedo escuchar a los franceses riéndose, pero sé que están equivocados.” En síntesis, este pensador francés planteó que la Revolución Iraní podría marcar el inicio de una nueva era que Occidente había perdido desde el Renacimiento y la gran crisis de la cristiandad, al renovar espiritualmente la política. En el islam, Foucault creyó haber vislumbrado una nueva manera de hacer política, donde lo social y lo religioso —irremediablemente unidos en esa región del mundo— andarían de la mano para abordar los problemas contemporáneos de la sociedad iraní.
Foucault basó sus observaciones en entrevistas con distintas figuras del país; religiosas, políticas y civiles. Convencido de que el gobierno islámico traería más libertades y reduciría las desigualdades socioeconómicas, tal como estipulaba la interpretación chiita del islam, este filósofo apoyó el proceso revolucionario en marcha. No tardaron en responder sectores seculares, marxistas y feministas de la sociedad europea. Sin embargo, en su obra Foucault en Irán: La revolución islámica tras la Ilustración (2016), el historiador y sociólogo iraní-estadounidense Behrooz Ghamari-Tabrizi (n. 1960) afirma que el razonamiento detrás de estas ideas de Foucault era que la prioridad era sacar al imperialismo occidental de Irán.
Ghamari-Tabrizi explica que el filósofo francés sabía muy bien que el nuevo régimen islamista reprimiría a las mujeres, por ejemplo, pero su apoyo a la revolución no obedecía a una lógica emancipatoria de corte occidental; sino a su propia concepción sui géneris del poder, dentro de la cual la lucha entre los sexos era un componente inevitable e interminable. Es decir, en el caso de la lucha feminista, Foucault no se esperaba otra cosa que la rebelión femenina, por lo cual esto no le impidió celebrar el triunfo del Ayatolá Ruholá Musavi Jomeini (1902-1989).
Posturas complejas como la de Foucault nos recuerdan que la realidad nunca es tan simple como parece o como la retratan las diversas narrativas contradictorias que los y las occidentales recibimos desde los medios de comunicación capitalistas, o incluso las propagandas de los distintos grupos y movimientos políticos que circulan por el mundo. Esto es así porque Foucault, al igual que todo filósofo o filósofa, aplicó el pensamiento crítico, aún en medio de la intensa agitación sociopolítica de la revolución, en lugar de conformarse con las narrativas simplistas que todas las demás fuerzas e intereses pretendían promover desde sus centros hegemónicos de poder.
En el año 1978, el intelectual y activista palestino Edward S. Said (1935-2003) publicó su obra Orientalismo. Allí, este pensador acuñó el concepto de “orientalismo”, para describir el modo reduccionista, colonialista e imperialista en que Occidente entiende y mira a las sociedades y los pueblos de Asia, África del Norte y Oriente Medio. El mérito de Foucault, durante su estadía y reportajes desde Teherán, consistió en evitar y en no reproducir esta percepción paternalista y reduccionista que Occidente —incluyendo a sus intelectuales— siempre ha tenido del mundo que llama “oriental”.
Esta visión y narrativa orientalista cobró aún mayor fuerza tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, que provocó una gigantesca histeria islamofóbica por todo el planeta, fomentada por los centros de poder imperialistas para justificar sus campañas militares neocolonialistas en nombre de una supuesta “guerra contra el terrorismo”. A lo largo del siglo XXI, por no hablar del XX, Irán ha sido objeto de interés geopolítico y geoestratégico de todas las grandes potencias, especialmente de los Estados Unidos de Norteamérica. Ahora que su pueblo se ha levantado y se ha lanzado a las calles una vez más contra el régimen de los ayatolás, a la vez que el sociópata del Norte amenaza con bombardear al país, nos vendría bien recordar este gesto antiorientalista y desprejuiciado del gran Michel Foucault, quien nos mostró por primera vez a nosotros los occidentales lo que podría ser el potencial emancipatorio del islam.
Compartir esta nota