Las urnas han puesto un límite al poder de Donald Trump. ¿Hasta dónde alcanza ese límite a las fuerzas políticas, sociales, religiosas y económicas que lo sostienen?
La derrota republicana abre una oportunidad para recuperar contrapesos institucionales y atender las necesidades relegadas por el gobierno. También interpela a quienes, dentro y fuera de Estados Unidos, confundieron la fortaleza de un país con la voluntad sin límites de un hombre.
«Porque sembraron viento, y torbellino segarán» (Oseas 8:7).
1. Cuando la realidad se hace escuchar
El 4 de noviembre el sol despertó con esperanza. Para muchos estadounidenses y para quienes, desde otros países, hemos seguido con preocupación, pasión o sufrimiento las decisiones de Washington, los resultados trajeron una razón para respirar mejor. El poder había encontrado un límite. Y ese límite lo pusieron los ciudadanos.
Los demócratas conquistaron ambas cámaras del Congreso, incluso con victorias en bastiones republicanos. La magnitud del resultado electoral expresa una sanción política contundente. Sus motivos requieren cautela: millones de decisiones individuales no expresan necesariamente un mismo juicio. Pero el mensaje exige ser escuchado. El que tenga oídos para oír, que oiga.
El desgaste venía anunciándose. Entre septiembre y noviembre, el saldo neto de aprobación presidencial pasó de −16.5 a −20.3 puntos y la ventaja demócrata en el voto genérico aumentó de 5.8 a 8.9, según un informe preelectoral del 2 de noviembre. Con cautela, las encuestas advertían; faltaba escuchar a las urnas.
Reuters registró retrocesos republicanos respecto de 2024 en el 99% de unos 2,100 condados con el escrutinio mayormente completado. El retroceso se extendió por casi todo el país.
La vida cotidiana reclamaba atención. El costo de vivir, la incertidumbre y las consecuencias de la guerra con Irán pesaron en la elección. Los estadounidenses pagaron una factura cara por las decisiones de un gobierno que había prometido aliviar sus cargas. En las urnas, le pasaron la suya. También cara.
La dimensión económica no agota el significado del resultado. Además del descontento por el costo de vivir, pudo pesar el rechazo a la crueldad, la arbitrariedad y la confusión entre intereses privados y responsabilidades públicas. Comprender el voto exige examinar esas motivaciones sin suponer que todos los ciudadanos las compartían ni confundir sus razones con nuestras interpretaciones.
La insistencia puede dejar de parecer determinación y revelar incapacidad para escuchar. La realidad permanece, aunque el gobernante le dé la espalda.
2. Los fundamentos y los frutos
La parábola de la casa edificada sobre arena plantea una pregunta: ¿qué solidez tiene un proyecto de país que hace depender las instituciones, la verdad pública y la lealtad partidaria de la voluntad de un hombre y del miedo a contrariarlo?
Una mayoría concede autoridad y exige responsabilidad. Gobernar implica atender al conjunto de la sociedad, aceptar controles y reconocer límites. Interpretar el respaldo como autorización ilimitada erosiona el fundamento democrático del poder. Eso no es construir sobre roca.
Trump pidió votar como si estuviera en la papeleta. Resulta difícil atribuir después la derrota solamente a quienes sí figuraban en ella. El Partido Republicano tampoco puede desprenderse del costo presidencial sin examinar las prácticas que facilitó y legitimó.
«Por sus frutos los conoceréis», dice Mateo. Las promesas se juzgan por sus consecuencias. El Trío Matamoros recoge la misma responsabilidad en su refrán sobre la siembra del maíz: «Que se coma su pinol». En política también corresponde hacerse cargo de la cosecha.
Los frutos de un gobierno se reconocen en los precios que las personas pagan, en cuánto alcanzan sus salarios y en el trato que reciben. También en el respeto a la dignidad y la vida de quienes no son considerados «de los nuestros». El maltrato y la hostilidad causan sufrimiento; convertir cada diferencia en enemistad empobrece la convivencia democrática.
Estados Unidos posee tradiciones admirables de libertad, iniciativa y servicio cívico. Las desarrolló entre exclusiones y luchas por ampliar derechos. En su formación conviven impulsos conservadores y progresistas: unos subrayan continuidad y responsabilidad; otros impulsan igualdad y transformación. Ninguno tiene el monopolio de esas aspiraciones. Una sociedad necesita aprender a avanzar con sus diferencias, sin que un ala pretenda anular a la otra.
Son dos alas de una misma sociedad: necesitan confrontarse sin destruirse. Conservar no equivale a someterse al personalismo; transformar tampoco exige despreciar cuanto precede. Ambas tradiciones tienen aportes que preservar. El equilibrio democrático requiere límites frente a quienes, desde cualquier posición, pretendan excluir al otro.
Los partidos deberán decidir cuánto de esas tradiciones honrarán. El gobernante también enfrenta un drama humano. Desconocemos su felicidad, pero cabe preguntarse por el costo de necesitar afirmación constante y adversarios a quienes vencer. Reconocer esa vulnerabilidad es compatible con exigir responsabilidad.
3. La esperanza tiene trabajo pendiente
Sería prematuro anunciar el fin del trumpismo. Sus apoyos rebasan al MAGA: sectores republicanos, organizaciones y liderazgos religiosos, independientes y grandes fortunas con poder económico y mediático. Los unen convicciones, intereses o conveniencias diversas. Una derrota puede limitar al presidente sin desarticular ese entramado. Trump conserva facultades y tiempo para ejercerlas.
La nueva mayoría asumirá en enero y podrá supervisar, investigar, condicionar leyes y bloquear nombramientos. Deberá actuar con responsabilidad y equilibrio, atendiendo las necesidades ciudadanas. Su ejercicio debe percibirse como restauración de los contrapesos democráticos, no como oportunidad para la retaliación, y ofrecer confianza y certidumbre. La mesura también es fortaleza.
Los republicanos deberán recuperar autonomía y revisar su subordinación al presidente, o cerrar filas alrededor de él. El revés electoral todavía debe traducirse en conductas partidarias para hablar de una transformación profunda.
La lección alcanza a América Latina. Los respaldos de Trump a Javier Milei, a Abelardo de la Espriella e, incluso, a Bolsonaro mostraron cómo su cercanía podía presentarse como ventaja política. Sin atribuir victorias enteras a un aval extranjero, conviene preguntarse cuánto debilita la autonomía democrática buscar legitimidad bajo esa sombra.
La República Dominicana también debe hacerse esa pregunta. La interlocución con la embajada estadounidense es necesaria; convertir su reconocimiento en medida de respetabilidad política resulta preocupante. Los representantes deben buscar legitimidad entre sus conciudadanos. La reflexión interpela también a comunicadores, dirigentes sociales y referentes religiosos.
Los pueblos pueden equivocarse y rectificar. Por eso importan las condiciones para elegir, discutir y corregir sin violencia ni persecución. La lucha política exige pasión y convivencia: quien pierde sigue siendo ciudadano; quien gana recibe una responsabilidad temporal.
Epílogo
El amanecer del 4 de noviembre abre una posibilidad. La esperanza exige reparar daños, atender necesidades y sostener la vigilancia ciudadana. Los nuevos equilibrios deberán demostrar que el poder puede ejercerse con límites y al servicio de la gente.
Las urnas han recordado que el país es más grande que su presidente. Ningún dirigente puede apropiarse de su destino.
En el pueblo siempre hay espacio para la esperanza.
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