Una alianza electoral solo tiene sentido si conviene a las partes. No basta con que dos organizaciones estén en la oposición para que caminen juntas. Tampoco basta con tener un adversario común. Una alianza política supone intereses coincidentes, confianza y, sobre todo, algún grado de identificación entre las organizaciones y sus respectivos electorados.
Una alianza no tendrá éxito si los miembros de una organización perciben que su partido está siendo utilizado para llevar al poder a otra. Las alianzas sólidas no nacen de la necesidad de uno de los aliados, sino de la conveniencia recíproca.
En el caso del Partido de la Liberación Dominicana, su líder y presidente, Danilo Medina, ha definido pública y categóricamente una posición: el PLD está sentado en su propia silla. La expresión significa que el PLD no es una organización destinada a completar la fuerza electoral de otra. El PLD es una fuerza con identidad, aspiraciones y objetivos propios.
Para explicar esa posición, Danilo recurrió al ejemplo del mariscal Josip Broz Tito, de Yugoslavia, que en la época de la Guerra Fría representó una política de independencia frente a Moscú y Pekín. La imagen que Medina trasladó a su partido es sencilla y contundente: el PLD está sentado en su propia silla.
Ese planteamiento contiene una estratégica carga simbólica y una clara definición: el PLD está trabajando para volver al poder, no para apoyar a otro partido. Su propósito es recuperar fuerza, crecer electoralmente y acumular respaldo y competir por la Presidencia de la República. El PLD quiere llegar a una segunda vuelta, para que entonces otras fuerzas lo apoyen.
Esa es la lógica de una organización que quiere crecer. Un partido que aspira a gobernar no puede trabajar como si su destino natural fuera convertirse en aliado de otro. Tiene que actuar como una fuerza que pretende recibir el apoyo de los demás.
Por eso resulta poco conveniente e incomprensible que altos dirigentes peledeístas hablen de alianzas en una dirección o en otra. Esas declaraciones pueden transmitir un mensaje distinto del que el partido necesita proyectar: en lugar de crecimiento, dependencia; en lugar de recuperación de fuerzas, especulaciones sobre con quién pactará.
Esas declaraciones, como por ejemplo las que hizo Abel Martínez esta semana, envían un mensaje negativo y contribuyen a formar una percepción no conveniente. No se debe olvidar que la política es también percepción.
Si el PLD intenta convencer a su base electoral de que puede volver a gobernar, lo coherente es concentrar el discurso en ese objetivo y trabajar para hacerlo realidad. Hablar de alianzas desplaza la discusión de cuánto puede crecer el partido hacia con quién terminará pactando.
El PLD necesita acumular fuerzas, no hablar de alianzas. La política de alianzas ya está definida: el PLD está sentado en su propia silla.
La segunda vuelta electoral crea un escenario político diferente. Si ninguna candidatura obtiene la mayoría constitucionalmente requerida en la primera elección, las dos más votadas pasan a una nueva votación. Las fuerzas que quedan fuera pueden entonces definir qué posición política asumir.
La experiencia dominicana fue desdibujando y distorsionando esa lógica. Los partidos pequeños comenzaron a negociar alianzas desde la primera vuelta, sin esperar a conocer su verdadera fuerza electoral. En ocasiones, la alianza dejó de ser el resultado de una competencia y se convirtió en una condición de partida. En vez de concentrarse en crecer, algunas organizaciones parecían interesadas en negociar anticipadamente el lugar que ocuparían dentro de una estructura electoral mayor.
El planteamiento del PLD es diferente: crecer primero. No se trata de determinar hoy quién lo apoyará mañana, sino de conseguir suficiente fuerza para que mañana otras organizaciones tengan razones para hacerlo. Acumular fuerzas es una manera de construir capacidad política.
Tampoco debe confundirse la condición de oposición con una obligación de alianza. Dos partidos pueden oponerse al mismo gobierno y representar historias, proyectos, liderazgos y electorados diferentes. Ser opositor no significa automáticamente ser aliado.
Las alianzas tienen sentido cuando ambas partes encuentran beneficios, coinciden en objetivos y pueden explicar a sus militantes por qué vale la pena caminar juntas. Dos partidos pueden sumar sus votos en el papel y no sumar políticamente si sus electores no sienten identificación con el otro.
Por eso el PLD tiene ahora una tarea concreta: crecer para recuperar el espacio perdido, fortalecer su presencia nacional, aumentar su votación y acumular respaldo. Crecer, en definitiva, para que, en la segunda vuelta, sean otros quienes tengan que respaldarlo.
Un partido que trabaja para apoyar a otro organiza su esfuerzo alrededor de una candidatura ajena. Un partido que trabaja para volver al poder, como lo está haciendo el PLD, organiza su esfuerzo alrededor de la propia.
Por eso los dirigentes del PLD deben cuidar sus palabras cuando tratan el tema de las alianzas. Hablar ahora de alianzas, en una dirección o en otra, puede alimentar especulaciones y debilitar el mensaje central: el PLD tiene identidad propia, quiere volver al poder y está trabajando para conseguirlo. Cualquier otro mensaje que se proyecte, consciente o inconscientemente, es fatal para la organización de Juan Bosch.
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