Este 25 de septiembre de 2026 se cumplirán 63 años del nefasto golpe de Estado contra el presidente constitucional Juan Bosch, acontecimiento que cercenó las esperanzas de desarrollo democrático de la República Dominicana.
El Premio Nobel de Literatura Pablo Neruda, en su poema Versainograma a Santo Domingo, narró dicho acontecimiento de la siguiente manera:
Cuando murió Trujillo respiró,
aquella pobre patria de tormentos,
y en un escalofrío de esperanzas,
subió la luna sobre el sufrimiento.
Corre por los caminos la noticia:
Santo Domingo sale del infierno,
por fin elige un presidente puro:
es Juan Bosch que regresa del destierro,
pero no les conviene un hombre honrado
ni a los gorilas ni a los usureros.
Decretaron un golpe en Nueva York,
le echan abajo con cualquier pretexto,
lo destierran con su Constitución,
instalan a cualquier sepulturero
en el trono del mando y del castigo,
y los verdugos vuelven a sus puestos.
Todos sabemos que aun permanecen vigentes muchas de las causas que llevaron al pueblo dominicano a elegir a un hombre honesto y democrático a carta cabal, con la esperanza de sacar al país del infierno en que vivía.
No recuerdo el golpe como tal, apenas tenía seis años y un mes. Para un niño del campo, aquel día transcurrió como si nada hubiera sucedido. Quizás ocurrió lo mismo para muchos adultos que no estaban interesados en la política ni comprendían sus implicaciones e importancia para superar los numerosos problemas que afectaban al país.
Sin embargo, no sucede lo mismo con los recuerdos de los meses y años posteriores al derrocamiento de Bosch; ya que de ese periodo conservo algunas imágenes claras y otras difusas. Estas últimas las dejaré para cuando tenga en mis manos evidencias documentales o los testimonios de personas que, para la época, tenían más edad que yo.
Vivía en Estancia Nueva, Moca. Como comenté anteriormente, no conservo recuerdos directos de ese fatídico atentado a la democracia dominicana en el momento que sucedió, a pesar de que mi padre era el presidente del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) en Estancia Nueva; pero los efectos de este golpe de Estado no tardaron en hacerse sentir en todo el país y en el seno de nuestra familia.
Pasaron algunos días, meses o hasta un año después. En nuestra familia se hablaba de Juan Bosch, el golpe y la resistencia de Manolo, ya que del pueblo de Moca se encontraron varios jóvenes en “las escarpadas montañas de Quisqueya”.
Mi padre, Silvestre Taveras, había formado parte del movimiento Acción Clero Cultural (ACC) y estuvo preso cuando fue develado el Movimiento Revolucionario 14 de Junio, en el episodio conocido como el «Complot Develado», tal como lo reseña el autor Rafael Valera Benitez.
Luego de salir de la cárcel, gracias a la amnistía concedida a los presos políticos por la presión local e internacional, se integró al Movimiento 14 de Junio, junto con personalidades como el Doctor Juan Alberto Peña Lebrón, abogado e intelectual; entre otros. No sé por cuáles razones pasó posteriormente al PRD, aunque entiendo que influyeron las ideas y el afecto que lo unían a Juan Bosch.
Mi padre era un campesino que había asistido a la escuela y alcanzado el quinto grado de primaria. Se desempeñaba como pagador nacional del Instituto del Tabaco de la República Dominicana (Intabaco), institución que, en las zonas productoras de tabaco, cumplía una función comparable con la del Banco Agrícola.
Tenía asignados un jeep, un chofer y un arma para su seguridad. El cargo le permitía desplazarse por las diferentes zonas productoras de tabaco del país. Por eso nos hablaba de Higüey, Padre Las Casas, Mencía —antigua Flor de Oro— y de muchos otros lugares de la geografía nacional. Sus responsabilidades lo obligaban a salir de la casa los lunes o martes y regresar los viernes.
En la mañana, de uno de aquellos días de ausencia de mi padre, apareció en nuestra casa un oficial acompañado de cinco o seis policías. Se presentó ante mi madre y le informó que habían recibido una denuncia, según la cual había armas escondidas en el almacén contiguo a la vivienda.
Yo observaba todo aquello como si fuera una película, sin comprender la gravedad y las implicaciones de lo que estaba ocurriendo. Mientras los policías registraban el patio, mi madre esperaba al oficial en la puerta del almacén. El teniente que dirigía el allanamiento afortunadamente era vecino de Estancia Nueva y formaba parte de la parentela de la comunidad.
Mi madre y el teniente hablaron. No sé qué conversaron porque, debido a mi corta edad, no entendía lo que estaba pasando.
Luego abrieron el almacén con fines de requisarlo. Mi madre le explicó al oficial que su esposo se proponía instalar allí una barbería con Aníbal, el de Abraham Guzmán, quien era el barbero de la comunidad y acostumbraba a cortar el pelo en el patio de su casa.
Entraron. El teniente encontró los objetos destinados a la barbería: una silla que serviría de asiento y un baúl rústico fabricado con el llamado cartón piedra. Abrieron el baúl, pero no encontraron nada comprometedor.
El teniente conocía bien a nuestra familia, pues vivía en la comunidad y estaba casado con una persona relacionada con nosotros. También conocía a Aníbal, el de Abraham, quien era el peluquero de todos en la comunidad; por lo que la versión de mi madre era creíble.
Cuando salieron del almacén, el teniente se reunió en el patio con los demás policías. Mi madre se dirigió entonces a nuestra vivienda, que en realidad no había sido construida originalmente como casa; se trataba de dos almacenes contiguos destinados a guardar productos agrícolas, uno de los cuales mi padre había acondicionado para que viviéramos en él.
La vivienda-almacén tenía una terraza o enramada con techo de cana, cercada con pequeñas tablitas colocadas vertical y horizontalmente que formaba una rejilla, como si fueran varillas.
Mi madre se quedó parada en la puerta principal de la casa, mientras yo me aferraba a su falda larga, llamó al teniente para que continuara registrando la vivienda. Entonces, casi entre dientes, murmuró:
—¡Ay, Juan Bó!. No sé si el teniente oyó algo, y si fue así qué entendería.
El teniente entró y salió pocos segundos después, sin pronunciar una palabra. Se reunió nuevamente con los policías que esperaban afuera, quienes nunca entraron a la casa; quizás el oficial comunicó que no encontró nada, abordaron el jeep y partieron en dirección a San Víctor.
Cuando mi madre pronunció «Juan Bó», lo hizo porque olvidó que en la habitación de mi padre había un sable escondido y un afiche con la imagen del presidente derrocado, que dice: “Juan Bosch: líder de la libertad”, que aún conserva mi familia.
En aquel momento histórico, después del golpe de Estado del Presidente Juan Bosch, conservar ese afiche podía convertirse en el cuerpo del delito contra quienes soñaban y luchaban por construir un país y un mundo mejor.
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