Son muchas las voces que agradecen porque mi pueblo ya tiene universidad con casa propia. Entre esas voces me cuento. "El agradecimiento es la memoria del corazón", reza un planteamiento muy citado. Aunque la autoría, por vivir en tiempos en donde cualquiera dice y mucha gente cree, se discute, lo cierto es que la gratitud es valiosísima virtud.
En lo personal, me sobran razones para agradecer. Rememorar la labor de docentes viajeros con pasión por estimular potenciales es gran motivo para ello. Evocar actividades pro-fondos para abrir el primer laboratorio de informática en la extensión universitaria llena mi alma de gozo.
Así podría citar una lista muy amplia de recuerdos. Pero es mucho más enriquecedor centrarnos en lo colectivo, en el presente y en las posibilidades que eso tiene para generar un mejor futuro, que perfectamente puede comenzar ahora.
Según reseñan medios de difusión, después de 47 años de presencia universitaria en Santiago Rodríguez, los jóvenes tendrán mejores aulas, laboratorios, biblioteca, auditorio y espacios dignos para estudiar cerca de su casa.
Eso importa mucho. Para una familia pobre o de clase media, estudiar lejos cuesta dinero, tiempo y sacrificios. Una universidad cercana puede cambiar destinos: evita viajes, reduce gastos y permite que más muchachos y muchachas sigan vinculados a su comunidad. Pero hay una pregunta clave: ¿para qué sirve una universidad?
No basta levantar paredes, comprar butacas o cortar cintas. Una universidad vale cuando ayuda a pensar mejor, vivir mejor y cuidar mejor el territorio. Desde 1538, entre cambios, dolores y esperanzas, la UASD ha vivido cierres, reaperturas, guerras, ocupaciones, dictadura y luchas por su autonomía. Esa trayectoria enseña una lección sencilla y muy valiosa: la universidad tiene el compromiso de marchar junto a la sociedad.
En Santiago Rodríguez, la UASD puede formar profesionales que conozcan la tierra, el agua, la agropecuaria, el comercio, el ecoturismo, la cultura y los problemas reales de la zona.
Edgar Morin, humanista fallecido recientemente, propuso saberes para orientar la educación hacia el desarrollo sostenible. Su mensaje es claro: la humanidad debe aprender a vivir con durabilidad, sin destruir la Tierra que la sostiene. Morin propuso cambiar la forma de enseñar. Explica que la economía no está separada del ambiente, la salud no está separada de la pobreza y la tecnología no está separada de la ética. Por eso, una carretera, una presa o una fábrica no son solo obras; también modifican paisajes, relaciones humanas y formas de vida.
Por eso el conocimiento universitario debe estar conectado. Debe mirar el contexto y no quedarse en pedazos sueltos. Morin habla de identidad terrenal, una idea fácil de entender: todos vivimos en la misma casa grande. Si dañamos los ríos, los suelos y los bosques, terminamos dañando nuestra propia vida.
Desde esa mirada, el nuevo centro no debe limitarse a impartir clases. Sus laboratorios pueden estudiar la producción local y el uso del agua. Su biblioteca puede animar la lectura. Su auditorio puede recibir teatro, música, poesía y debates comunitarios. La universidad debe ser aula, pero también plaza pública.
Retomemos la pregunta clave: ¿para qué sirve una universidad? Incluyamos otras preguntas. ¿Qué puede aportar la universidad a la ganadería o al ecoturismo en Santiago Rodríguez? ¿Cómo puede la universidad contribuir a la cohesión social y a la articulación con otros territorios? ¿Cómo puede apoyar el mejor aprovechamiento de la cercanía con Haití o con el Puerto de Manzanillo?
Una universidad que sólo forme técnicos puede producir manos hábiles, pero no siempre ciudadanos responsables. La zona y el país necesitan personas capaces de dialogar, cuidar, crear y decidir con ética. Ahí está la diferencia entre educar para un empleo y educar para la vida.
También hace falta enseñar historia. Necesitamos saber de dónde venimos, dónde estamos y cómo avanzar. Eso ayuda a entender que el progreso no cae del cielo. Sirve para entender que se construye con conciencia, solidaridad, trabajo común y apoyo mutuo.
El Centro UASD Santiago Rodríguez será valioso si conecta títulos con territorio, ciencia con sensibilidad y futuro con sostenibilidad. Que sus aulas no fabriquen indiferencia, sino compromiso. Que nuestros jóvenes aprendan a producir sin destruir y a crecer sin olvidar sus raíces. Necesitamos una universidad que, además de entregar diplomas, enseñe a convivir mejor.
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