Un paso. Otro.
A ritmo uno–uno,
como al subir en bicicleta.
En cada avance cargo mi peso,
mi historia.
Dos pasos: inhalar.
Dos pasos: exhalar.
Es el pulso.
Mi pulso.
Caminar es merodear la vida,
la mía.
No es alcanzar la cima.
Es escalar conmigo,
conmigo misma.
Partimos juntos
y luego el trayecto se fragmenta:
cada cuerpo halla su cadencia,
como la vida.
En cada paso emergen mis miedos,
mis frustraciones,
mis “no puedo”.
En la extensión de las piernas
dejo planes,
alegrías,
instantes intensos
e íntimos del alma.
Habitar la montaña
es dialogar con el pensamiento,
con lo humano,
con lo sagrado.
Recurro al rezo aprendido,
heredado de la infancia,
el que mi madre pronunció
para sostenerme.
Y aún lo hace.
Miro al suelo,
negocio con el lodo.
Los bastones me acompañan.
A veces las botas ceden al barro
y la voluntad no alcanza.
Cuando el aliento lo exige,
me detengo.
El horizonte se abre:
pinos húmedos,
nubes rendidas bajo mis pies.
Respiro el frío
mientras el cuerpo suda.
Un contraste mágico,
quizá cercano
al silencio del fondo marino.
No alcanza el lenguaje.
Respirar basta.
Vivir es un privilegio.
Tras días de retos en la montaña,
algo se desplaza por dentro.
El llanto irrumpe
sin aviso ni explicación:
brota hondo,
como los nacientes en la cumbre.
El vientre grita,
se vacía lo retenido.
El cuerpo entiende
lo que la mente ignora
y expulsa el peso antiguo.
No llegué más alto:
llegué más profundo.
Continúo liviana.
Moverme es urgente,
como el aire.
La herida queda atrás,
entregada a la tierra.
La naturaleza sana.
Aparecen los ausentes.
Los honro con lágrimas
y con gratitud.
Estar viva
no es azar.
Cumplí.
Me reconozco íntegra.
Cuerpo capaz.
Voluntad firme.
Caminar
fue mi forma
de resistir.
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