La sociedad dominicana transita por una época tan peligrosa como angustiante, con una complejidad tal que cada vez más opinantes mediáticos no ven punto de retorno hacia la tranquilidad envidiable de ayer porque –según su impresión- la juventud de hoy trae en su ADN la superficialidad y la autodestrucción. Con ligereza extrema anteponen la generación actual a las anteriores, consideradas por ellos como superiores.

Narcotráfico, consumo de drogas, corrupción pública, empresarial y familiar, delincuencia callejera, crimen organizado, violencia doméstica y social, sicariato, atracos, raptos, irrespeto a las más elementales normas para la convivencia (como las del tránsito) e inseguridad pública al doblar la esquina pintan hoy un cuadro realmente desalentador.

Pero la juventud no es la causa; es una víctima de un sistema necrosado que no promueve valores, sino una competencia feroz por eliminar al otro.

La causa principal de esos cánceres sociales es la búsqueda afanosa de don dinero sin importar cuan sangriento sea su origen para cumplir el mandato inapelable del sistema: consumo irracional 24/7 para exhibir buenos gustos y lujos. Único requisito para ser visibilizado a diario como personalidad. Hoy, el prestigio se compra y se vende. La publicidad del sistema no deja brechas para opciones diferentes.

Armarse con un rasero moral para derivar las culpas hacia la juventud de hoy es una manera facilona de escurrir el bulto; actuar como “la gatita de María Ramos, que tira la piedra y esconde la mano”, expresión parida por un supuesto hecho ocurrido en los años veinte del siglo pasado en el barrio Jesús María, de La Habana, capital de Cuba.

Cuentan que Virgilio, proxeneta de la conocida prostituta María Ramos, apareció muerto con un golpe en la frente en la cocina de la casa de la hermosa mujer. Durante el juicio, ella declaró que pudo haber sido su gatita Mimi, que movió la piedra y cayó sobre la víctima. Respuesta que arrancó carcajadas del juez.

Para la juventud, pero también para los adultos y los adultos mayores, resulta harto difícil capear el temporal y abrirse camino con apego a los valores familiares tradicionales de solidaridad, responsabilidad, honradez, honestidad, respeto.

El modelo de éxito instaurado por las instancias de persuasión del sistema se fundamenta en la posesión de dinero y lujo sin importar su turbiedad ni gente non sancta que lo airee. Lleva implícito una orden para seguir esa corriente si se pretende entrar a la categoría de importante y ser visibilizado hasta cuando vaya al baño.

Pese al asedio, sin embargo, hay una juventud que se rebela ante las etiquetas y las malas tentaciones. Actúa a contracorriente al representar el perfil de la gran mayoría de su generación: estudios, trabajo, alegría, ruptura, valores familiares, respeto a la familia y a la sociedad, arte…

Una odisea, para ellos, en una República Dominicana donde predomina una visión excluyente sintetizada en la frase: “La juventud no piensa”. Es decir, se necesita llegar a viejo para madurar. Pero resulta que cuando se llega a viejo, viene el conservadurismo porque hay que retrasar la llegada de la muerte.

En ese contexto desfavorable nace en San Francisco de Macorís: Sol de Jazz, integrado por un grupo de estudiantes universitarios veinteañeros liderado por Axel Pérez, el saxofonista (mi hijo), quien -igual que sus compañeros- ha explicado que han formado equipo para interpretar y fusionar la icónica música de origen estadounidense con géneros criollos y del resto del Caribe, tras impresionarse al participar junto a 200 talentos del país que actuaron en el programa Berklee en Santo Domingo, 2025 y 2026, en el Conservatorio Nacional de Música y en la sala Eduardo Brito del Teatro Nacional.

El desafío es grande para Leury Haffet y Sheila Rodríguez, estudiantes de medicina; Sebastián Enmanuel, música; Abel Ricardo, Derecho; Anderson Sánchez, ingeniería civil; Axel Pérez, Publicidad.

Porque no solo es ensayar, tocar, trabajar (ya los contratan) y estudiar, sino sepultar los estereotipos contra la juventud dominicana y del mismo San Francisco de Macorís, capital de la provincia Duarte, etiquetado como nido del narcotráfico, sin importar su esencia heroica, sus aportes al arte, su gran producción de arroz y del cacao orgánico apetecido por el mercado internacional.

Y de paso, no dejarse desencantar por la falta de oportunidades locales para profundizar en sus estudios.

El Gobierno no ha instalado en la capital del nordeste una sucursal del Conservatorio Nacional de Música con académicos que faciliten la formación musical de jóvenes talentos, aunque sea en jornadas de fin de semana. Los de Sol de Jazz sintetizan un derroche de vocación y autoaprendizaje, pero con urgencia de sistematización.

El Ministerio de Cultura no ha mostrado voluntad. La cara vida de la capital es inalcanzable para la mayoría de la juventud cibaeña, además de los riesgos de la calle. Las provincias del nordeste (Duarte, Hermanas Mirabal, María Trinidad Sánchez y Samaná) registraron en el censo de 2022 un total de 670,000 habitantes, la mayoría jóvenes.

Sol de Jazz es un modelo preñado de talento joven, inusual en ese ámbito de la música. Sus integrantes deberían estar muy conscientes de ello para no fallarle a la sociedad con inconductas que han dañado a tantos artistas en el mundo por perderse entre la burbuja de la fama. Pero la sociedad y las autoridades tampoco deberían fallarles.

Su presentación es atractiva, no apuestan al disparate. Prometen. Merecen respaldo total. Ojalá alguien los apadrine sin propuestas indecentes. Ojalá la embajada de Estados Unidos aprecie este esfuerzo de “improvisación” de la música nacida en Nueva Orleans, Luisiana, pero ya con alcance universal.

Tony Pérez

Periodista

Periodista y locutor, catedrático de comunicación. Fue director y locutor de Radio Mil Informando y de Noticiario Popular.

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