La realidad política dominicana parece encontrarse en una etapa de transición. En ella conviven instituciones, liderazgos y prácticas propias del paradigma político tradicional con fenómenos emergentes que responden a una lógica distinta. Nos interesa identificar los principales síntomas de este momento híbrido y describir las tensiones que lo caracterizan.
Lo primero que constatamos es que persiste la estabilidad política desde 1996 y, si miramos más lejos, desde 1978, aunque con episodios traumáticos como los de 1990 y 1994.
Durante este período se ha producido la transición desde los liderazgos originarios (Balaguer, Bosch y Peña Gómez) hacia los liderazgos actuales; también se ha producido el ocaso de varios partidos políticos (PRD y PRSC) y el fortalecimiento de otros espacios políticos (PRM y FP). En este marco y hasta este momento, los partidos y liderazgos políticos tradicionales se mantienen como la única posibilidad de alternancia política.
Esta fortaleza se sostiene, en gran medida, sobre la base de la adhesión política lograda a través del clientelismo en sus más variadas expresiones (nombramientos, contratos, raciones, bonos, tarjetas, etc.). Como es conocido, la práctica clientelar genera adhesiones políticas interesadas y quiebra la cohesión social, lo cual debilita las relaciones entre las personas y las comunidades.
Sin embargo, este predominio partidario coexiste con una importante fragmentación del sistema de partidos, hasta el punto de que existen 34 partidos y 7 movimientos políticos reconocidos, aparte de una cantidad semejante que busca reconocimiento electoral. En la cultura política dominante, las organizaciones políticas constituyen una vía de ascenso social o de búsqueda de beneficios personales, más que instrumentos para construir el bien colectivo. Es decir, la figura del partido es la vía más expedita para el sálvese quien pueda: la búsqueda de soluciones individuales a los problemas y necesidades personales o de un entorno reducido.
Por otro lado, ha crecido el nivel de descrédito de los partidos y de la política, así como también la volatilidad electoral, ya que la simpatía por un partido u otro puede modificarse más fácilmente que antes; las viejas adherencias políticas se mantienen, pero son cada vez menos determinantes. El transfuguismo y la deserción se realizan sin mayores inconvenientes, dado que las fronteras ideológicas entre las formaciones políticas han desaparecido desde hace mucho tiempo.
Asimismo, el crecimiento de la abstención electoral es un aspecto que cobra cada vez mayor importancia a la hora de evaluar la fortaleza del sistema político. La abstención no implica, necesariamente, que las energías de quienes se abstienen se canalicen por otros medios y vías, sino que, muchas veces, se convierte en apatía e indiferencia. No obstante, una franja importante de los indiferentes podría constituirse en la base social de los liderazgos y candidaturas que buscan romper el marco político existente, y si eso se produce podríamos hablar de una ruptura del modelo político existente.
Es evidente que el aspecto que más llama la atención es el hecho de que vivimos en una sociedad digitalizada, orientada a través de plataformas digitales mediante algoritmos que nos hacen vivir en una burbuja informativa que terminamos creyendo que constituye toda la realidad, y que configura nuestros pensamientos y comportamientos. La provocación, el insulto, y las emociones convierten a la política en un espectáculo.
Por eso, no es extraño que desde estos medios surjan personas que se van configurando como nuevos liderazgos, alejados de los ya establecidos. Ya no son necesarias estructuras formales para canalizar el descontento, el enojo y la indignación ciudadana. Por ello, los influencers o comunicadores digitales se van convirtiendo en intermediarios entre la sociedad y el Estado, otro signo más de una nueva realidad emergente.
Si bien existen organizaciones formales establecidas como instrumentos que canalizan la participación política y social, estas no son absolutamente imprescindibles, porque las redes sociales se han convertido en catalizadoras de acciones e iniciativas sociales y políticas sin que medie una organización o un liderazgo formal.
Todo lo mencionado introduce cambios sustanciales en las formas de lograr la hegemonía política sobre la sociedad, porque los programas de gobierno y las declaraciones de principios para buscar la adhesión política ya no son imprescindibles, sino que esta se logra, cada vez más, mediante la conexión con los sentimientos de la gente y no con sus ideas.
Estas transformaciones también favorecen la difusión de determinados marcos narrativos, entre ellos los propios del populismo contemporáneo, tales como la construcción de un escenario en el que se contrapone el “nosotros” al “ellos”; el pueblo a la élite política; y la idea de que “todos son iguales”. Debemos decir que este discurso es asumido cada vez más por una franja de la población dominicana que, ante el fracaso de los partidos y políticos que han gobernado, culpa a todos los partidos y políticos, sin distinción, de los problemas que le afectan.
Un aspecto no descartable es que, dada la persistencia y fortaleza relativa del sistema de partidos, el surgimiento de una figura política que represente la visión antipolítica y antipartidista no sea precisamente un outsider o una figura independiente, sino que surja de un partido ya establecido, como ocurrió con Bukele en El Salvador.
De esta forma, se nos presenta una realidad en la cual conviven instancias, relaciones y liderazgos tradicionales con otros que responden a una lógica diferente.
Considerados de manera aislada, ninguno de estos fenómenos basta para afirmar que la República Dominicana transita hacia un nuevo ciclo político. Sin embargo, observados en conjunto, revelan un patrón: las formas tradicionales mediante las cuales el sistema político construyó estabilidad, representación y legitimidad muestran un desgaste progresivo, mientras emergen nuevas modalidades de liderazgo, comunicación y articulación política cuya evolución aún es incierta.
Más que intentar predecir el desenlace de este proceso, lo importante es identificar y monitorear de manera sistemática estos síntomas, lo que nos permitirá determinar qué tanto perdurará esta heterogeneidad de rasgos en un mismo momento político o si la coexistencia de ambos conjuntos de fenómenos es lo que permite hablar de una etapa de transición hacia un nuevo ciclo político.
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