Vivimos una época determinada y condicionada por grandes transformaciones históricas acontecidas desde finales de la Guerra Fría (1989-1991). Cambios que han transformado la política, la economía, la tecnología, la cultura como el desarrollo del conocimiento y, por supuesto, el ejercicio del liderazgo en las instituciones académicas.
¿De qué estamos hablando?
Uno. El orden bipolar que había organizado las relaciones internacionales desde finales de la II Guerra Mundial se desvanece con la desaparición de la Unión Soviética (1991), dando lugar a un fuerte predominio de los EEUU en un primer momento, soslayado hoy por la irrupción de nuevos centros de poder como China, la India, entre otros.
Dos. La llamada globalización que significó la apertura de los mercados, la liberalización comercial y la expansión de las cadenas globales de producción, intensificaron la interdependencia económica mundial, haciendo del mundo “una aldea”. Símbolo de esto fue la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1995.
Tres. La aparición y expansión de la Internet, junto las telecomunicaciones y las tecnologías de la información, y recientemente, la irrupción de la inteligencia artificial, han transformado radicalmente la manera cómo se produce, distribuye y consume el conocimiento. La llamada revolución digital.
Cuatro. La irrupción de la economía del conocimiento. La innovación, la investigación, el talento humano y el aprendizaje a lo largo de la vida se han convertido en recursos estratégicos de gran importancia, poniendo a un lado el predominio del capital físico o las materias primas.
Quinto. La aceleración de los cambios, en todos los órdenes, se ha convertido en una variable estructural, que desafía los modelos tradicionales de producción de conocimientos y la planificación, exigiendo instituciones con mayor capacidad de adaptación a los procesos crecientes de transformación que vivimos.
Sexto. Asistimos a una verdadera crisis de las certezas epistemológicas, que deja claro que las disciplinas cerradas no son capaces de comprender los problemas que afrontamos tanto en el ámbito de la salud física y mental, como del cambio climático, las migraciones, el desarrollo social y económico, planteando la necesidad de la adopción de enfoques interdisciplinarios y transdisciplinarios.
Séptimo. La emergencia de los riesgos globales que enfrentamos trasciende las fronteras nacionales y hablamos, entonces, de las crisis climáticas, las pandemias, la ciberseguridad, la violencia y las desigualdades sociales, la falta de agua como las disrupciones tecnológicas, que obligan a la cooperación internacional y nuevas formas de gobernanzas.
Octavo. La irrupción de la inteligencia artificial que transforma todos los ámbitos de la vida humana, al mismo tiempo que cuestiona las formas tradicionales de enseñar, aprender, evaluar e investigar, obliga a replantearnos la misión formadora de las universidades y la educación, en sentido general.
Hoy, más que nunca, la universidad debe ser un espacio de investigación, de interpretación crítica y de generación de valor intelectual desde una perspectiva bioética. En este contexto, la pregunta obligada es ¿cómo definir y caracterizar el liderazgo académico hoy?
Seguir pensando y desarrollando un liderazgo académico basado solo en una administración eficiente de estructuras estables se convierte en un contrasentido. Éste debe montarse en el tren del desarrollo de las capacidades para gestionar la complejidad, fomentando la innovación, las comunidades de aprendizaje, como el ejercicio de un sensible discernimiento ético (bioético) frente a las nuevas tecnologías y su impacto en la vida en todos los órdenes.
La época de la búsqueda de la estabilidad que se caracteriza por la adaptación continua, obliga al liderazgo académico a desarrollar en su institución la capacidad de aprender a aprender, asumiendo la transformación como reto, pero preservando la misión y la identidad de la academia, en medio de las incertidumbres.
Estamos ante la necesidad de un liderazgo visionario pero realista, cercano y dialogante, que se compromete con dotar a la institución de las capacidades necesarias para aprender, transformarse y mantener su misión en medio de la incertidumbre, engrandeciendo -por encima de todo- lo humano.
Tres competencias resultan especialmente relevantes para un líder académico en medio de la incertidumbre: visión con flexibilidad, capacidad de escucha y coraje ético. Estos son temas para otra entrega.
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