"La Semana Santa ha pasado del recogimiento al jolgorio, reflejando el cambio de toda una sociedad."

Por generaciones, la Semana Santa en Santiago de los Caballeros fue sinónimo de silencio, respeto y profunda reflexión. Las calles se transformaban, las actividades se detenían y la vida cotidiana daba paso a un ambiente marcado por la espiritualidad. Hoy, sin embargo, esa realidad parece haber quedado atrás.

A través del testimonio de Humberto Méndez, un profesor pensionado de 72 años residente en Gurabo, nos transportamos a una época en la que la Semana Santa era, en sus palabras, un "recogimiento obligatorio". No se trataba solo de una práctica individual, sino de una norma social compartida. Las emisoras difundían música clásica, las iglesias —especialmente la Iglesia Católica— organizaban misas constantes, y las procesiones con viacrucis y faroles recorrían las comunidades.

Las tradiciones que se fueron

A estas prácticas se sumaban otras manifestaciones culturales hoy casi olvidadas, como la quema del Judas, un acto simbólico cargado de significado religioso y popular. Incluso la alimentación reflejaba el espíritu de la época: la abstinencia de carne durante la cuaresma daba paso al consumo de pescado y a la preparación de platos tradicionales como las habichuelas con dulce, que funcionaban como una forma de cohesión familiar y cultural.

Hoy, ese panorama ha cambiado de forma evidente. Muchas de estas tradiciones han desaparecido o sobreviven apenas en algunos sectores, donde aún se reza el rosario de manera aislada. La asistencia a las misas ha disminuido, las procesiones son escasas y el sentido colectivo de la celebración se ha debilitado. En su lugar, la Semana Santa se ha convertido, para muchos, en un período de descanso, viajes y encuentros sociales.

El peso del cambio religioso y cultural

El propio Méndez, quien se identifica como protestante, reconoce que este cambio también está vinculado al crecimiento de otras denominaciones religiosas y a la pérdida de influencia de la Iglesia Católica en la vida cotidiana. A esto se suma un fenómeno más amplio: el avance del secularismo y la influencia de los medios de comunicación, que han abierto las puertas a nuevas formas de pensar y vivir estas fechas.

¿Es esto necesariamente negativo? La respuesta no es tan simple. Por un lado, estos cambios reflejan una sociedad en transformación, más diversa y plural. Ya no existe una única forma de vivir la Semana Santa, y eso también puede interpretarse como una expresión de libertad cultural y religiosa.

Lo que se pierde en el camino

Sin embargo, también es válido preguntarse qué se pierde en el proceso. Cuando Méndez describe la Semana Santa actual como un "jolgorio" o "francachela", no solo expresa nostalgia, sino que señala una ruptura cultural profunda. Lo que antes era un tiempo de introspección, disciplina y valores compartidos, hoy se percibe, en muchos casos, como una extensión del entretenimiento.

En el pasado, la Semana Santa transmitía valores religiosos estrechamente vinculados a principios morales: el sacrificio, la reflexión, el respeto y la vida en comunidad. Hoy, esos valores parecen diluirse en medio de una cultura más acelerada y orientada al disfrute inmediato.

Un equilibrio posible

Aun así, no todo se ha perdido. Las familias continúan reuniéndose durante estos días —aunque con un sentido distinto—, y algunas personas, como el propio entrevistado, siguen encontrando en esta semana un espacio para la introspección. Para Méndez, la Semana Santa sigue siendo su época favorita del año, un momento para leer, meditar y "examinarse interiormente".

Resulta interesante que, a pesar de su mirada crítica, también plantea una idea clave: no se trata de volver al pasado ni de caer en lo que él llama "oscurantismo", sino de rescatar aquello que aporta valor. En sus palabras, sería positivo "sacar un tiempo para higienizar el espíritu", una expresión que resume la necesidad de encontrar equilibrio entre tradición y modernidad.

Una transformación, no una pérdida

La Semana Santa en Santiago ya no es la misma, y probablemente nunca volverá a serlo. Pero más que hablar de pérdida, convendría entender este proceso como una transformación cultural. Las tradiciones no desaparecen del todo: cambian, se adaptan y se resignifican con el paso del tiempo.

El verdadero reto, entonces, no está en imponer formas del pasado, sino en preguntarnos qué elementos vale la pena preservar. ¿Cómo pueden las nuevas generaciones mantener viva la esencia de estas tradiciones sin renunciar a su realidad actual?

La pregunta que queda en el aire es más vigente que nunca: ¿estamos evolucionando o simplemente estamos dejando atrás una parte importante de nuestra identidad?

Fuente: Entrevista personal a Humberto Méndez (72 años, profesor pensionado, residente en Gurabo, Santiago), realizada el 30 de marzo de 2026 por el investigador Anthony Almonte Minaya.

Anthony Almonte Minaya

Historiador, Educador, Politólogo

Anthony Almonte Minaya, de nacionalidad dominicana, es un destacado profesional con una sólida formación académica y una amplia trayectoria en diversas áreas. Sus credenciales incluyen: Maestría en Historia Dominicana de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Licenciatura en Educación con mención en Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Licenciatura en Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Fue encargado del Departamento de Ciencias Sociales y profesor en el Colegio de La Salle en Santiago. Miembro de Ateneo Amantes De La Luz Miembro de la comisión de Efemérides Patria de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), Recinto Santiago.

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