Once años separan dos Asambleas Generales de Naciones Unidas y, acaso, dos estados de ánimo. En 2015 el mundo distaba mucho de estar en calma, pero todavía había chance para un optimismo cauteloso. Y no era solo un estado de ánimo: durante más de dos años, 193 países habían dialogado y negociado en un proceso participativo sin precedentes hasta consensuar la Agenda 2030. El mundo todavía conseguía ponerse de acuerdo sobre hacia dónde quería ir.

Hoy aquel optimismo luce sitiado. No solo se acumulan e interseccionan las amenazas: también se erosionan las reglas concebidas para contener el poder y las instituciones encargadas de hacerlas valer. En la Asamblea de este año 2026 —recién concluida —, Lula ha advertido que «los pilares del multilateralismo están siendo erosionados», mientras Guterres profundizaba el diagnóstico: la paz supone que el poder sea contenido por la ley. Ese principio atraviesa hoy un franco deterioro.

  1. Once años después

En septiembre de 2015 participé en Nueva York durante aquella Asamblea General en que fue aprobada la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. Sus 17 objetivos y 169 metas pretendían integrar desarrollo económico, inclusión social y protección ambiental bajo una aspiración formidable: Transformar nuestro mundo.

No conviene idealizar aquel momento. Siria ardía, Afganistán seguía en llamas, ISIS dominaba amplias zonas de Siria e Irak, millones de personas habían sido desplazadas, persistían enormes desigualdades y el cambio climático ya golpeaba recio. Pero recuerdo otro ambiente. No de optimismo ingenuo, sino de un optimismo cauteloso. Países con intereses, sistemas políticos y niveles de desarrollo enormemente diferentes habían conseguido dialogar, ceder y, finalmente, acordar una agenda universal.

Once años después, vuelvo la mirada hacia aquella Asamblea y el contraste resulta evidente. No es solo que hayan aparecido nuevos riesgos. Algo más profundo se ha deteriorado: la capacidad de las reglas para contener a quienes tienen poder suficiente —propio o prestado— para desconocerlas, y la capacidad de las instituciones para hacerlas respetar.

Lula acaba de calificar este como el momento “más crítico” de Naciones Unidas desde su primera intervención allí, en 2003. Ha señalado el inmovilismo del Consejo de Seguridad, la pérdida de credibilidad de la organización y su menguada capacidad para proteger precisamente a quienes carecen de ejércitos y arsenales.

Guterres llega por otra vía a una preocupación semejante. En su último discurso ante los líderes reunidos en esta Asamblea, ha situado guerra, desigualdad, clima e inteligencia artificial dentro de una misma cuestión: el poder. Quién lo posee, cómo lo ejerce y qué puede limitarlo. Para el secretario general, esas crisis no están separadas; están entrelazadas y ponen a prueba la capacidad de las reglas y las instituciones internacionales para hacer cumplir las obligaciones asumidas y las decisiones adoptadas.

En 2015, aun entre graves fracturas, el mundo consiguió sentarse a negociar hasta acordar qué quería transformar y hacia dónde ir.

Once años después, mientras seguimos transformándolo a una velocidad extraordinaria, la pregunta es otra:

¿Conservamos la capacidad de gobernar el mundo que estamos transformando?

  1. ¿Y los frenos?

Durante décadas aprendimos, muchas veces al borde del abismo, que ciertos poderes necesitaban límites. Lo notable es que, incluso, adversarios irreconciliables llegaron a reconocerlo. Frente a la amenaza nuclear se negociaron reducciones de arsenales, tratados, mecanismos de verificación y canales de comunicación. No desaparecieron las rivalidades ni las violaciones, pero existía al menos la disposición a aceptar que nadie podía quedar enteramente librado a su propio poder. Los frenos se discutían, se construían y, mejor o peor, obligaban a sofrenarse.

Hoy la disposición parece otra. Las nueve potencias nucleares continúan modernizando sus arsenales mientras el régimen de control de armamentos se deteriora. SIPRI advierte que los Estados con armas nucleares vuelven a apoyarse crecientemente en ellas como instrumentos de poder nacional —también geopolítico—, revirtiendo décadas de esfuerzos por reducir su número y su papel.

Con el clima ocurre algo distinto, pero no menos inquietante. Aquí no esperamos que llegue el golpe: es que ya llegó. Mucho de lo que durante décadas fue advertencia forma hoy parte de nuestra experiencia.

Y los riesgos empiezan, además, a encontrarse unos con otros.

La inteligencia artificial puede potenciar capacidades militares, cibernéticas o biológicas; la rivalidad geopolítica que dificulta acordar límites tecnológicos es la misma que erosiona el control armamentístico y entorpece la cooperación climática.

Hay una imagen que permite medir, al menos simbólicamente, cuánto ha cambiado el paisaje. En 2015, cuando se aprobó la Agenda 2030, el  Reloj del Juicio Final marcaba tres minutos para la medianoche. Once años después marca 85 segundos, la posición más cercana a la medianoche desde que fue creado, en 1947. El Consejo de Ciencia y Seguridad del Bulletin of the Atomic Scientists, responsable de fijar el reloj, atribuye ese avance, entre otros factores, al derrumbe de entendimientos internacionales trabajosamente construidos y a una competencia entre grandes potencias cada vez más dominada por la lógica —casi de casino: corrosiva, descarnada e incompatible con cualquier orden común— en la que el vencedor se lo lleva todo.

Para administrar peligros que ningún Estado puede contener por sí solo levantamos derecho internacional, tratados, organismos multilaterales y mecanismos de cooperación. Pero el problema actual no es solamente que necesitemos frenos nuevos para poderes nuevos: también se desconocen, debilitan o desmontan muchos de los que ya habíamos construido.

El problema es que reconocer la necesidad del freno no equivale a construirlo, mucho menos a hacerlo funcionar. Mientras las reglas no logren hacerse valer, reaparece la lógica de la primera entrega: cada cual calcula lo que hará el otro, se protege como puede y termina imponiéndose el sálvese quien pueda.

Es la ley de la selva.

Hay, al menos, una fisura en la lógica del “sálvese quien pueda”. A las advertencias de los grandes actores tecnológicos se suma ahora una convergencia entre Washington y Pekín: Xi Jinping sostiene que la IA debe permanecer bajo control humano y que China y Estados Unidos tienen una responsabilidad común en su gestión; Trump ha afirmado que la IA concierne al futuro de la humanidad y que ambos países deben dialogar y cooperar. No resuelve el dilema de la competencia ni garantiza que las palabras se traduzcan en acuerdos. Pero muestra, al menos, que incluso dentro de esa competencia empieza a reconocerse la necesidad de algún freno compartido.

Queda un resquicio de esperanza.

  1. ¿Se vale estar tranquilos?

Llegados hasta aquí, la pregunta cambia. Ya no es solamente qué puede ocurrir con la inteligencia artificial, hasta dónde llegará el cambio climático o cuánto aumenta el riesgo nuclear. Es otra: ¿cómo se vive sabiendo todo esto?

No creo que la respuesta sea el pánico. El pánico exagera la inminencia del peligro, paraliza y nubla precisamente la capacidad que necesitamos para enfrentarlo. Tampoco parece razonable instalarnos en la certeza de una catástrofe inevitable. Estamos, precisamente, en un horizonte de incertidumbre. No sabemos qué pasará. El futuro sigue abierto.

Pero entre el pánico y hacer como si nada estuviera pasando —o fuese a pasar— queda la angustia. El miedo suele tener un objeto: una guerra nuclear, una catástrofe climática, una inteligencia artificial que escape a nuestro control. La angustia va más allá: aparece cuando lo que se tambalea no es solo nuestra seguridad frente a una amenaza concreta, sino nuestra relación con el futuro y nuestra capacidad de gobernar aquello que hemos puesto en marcha.

La tradición existencialista pensó esa angustia desde la finitud del individuo. Nuestro tiempo parece añadirle una dimensión colectiva. Siempre supimos que éramos mortales. Lo nuevo es saber que hemos adquirido capacidades suficientes para comprometer seriamente las condiciones de nuestra propia existencia. Reconocer esa angustia no es una invitación a la desesperación. Puede ser, más bien, una forma de lucidez.

Tranquilos, quizá no.

Epílogo

La lucidez, sin embargo, no basta. La cuestión es si conservamos la capacidad —y la voluntad— de poner freno y límites al poder que hemos adquirido.

No está escrito que vayamos al desastre. Tampoco que sepamos evitarlo.

A acelerar aprendimos. Está por verse si sabremos gobernarnos.

He ahí el reto.

Juan Tomás Monegro

Académico y consultor.

Economista, graduado en México. Académico y consultor. Doctorado en Economía. Ex viceministro de Desarrollo de Industria, Comercio y Mipymes, y ex Viceministro de Planificación en el Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo (MEPyD).

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