La discusión entre los economistas sobre la posibilidad de que estemos asistiendo a cierto agotamiento del modelo altagraciano precede a la actual situación de guerra en el Medio Oriente y a sus efectos en los mercados de energía.

Esta, que lo único que hace es complicar el panorama, se está pareciendo bastante a la que tuvo lugar a finales de 1979 y que fue detonante de una serie de eventos que influyeron en la llamada década perdida del decenio de 1980. La guerra podría agravar, acelerar o retrasar procesos internos en función de su duración e intensidad; pero adivinar el futuro es cosa de astrólogos, por mucho que los economistas se empecinen en hacer proyecciones.

Ver la posibilidad de que ya el país no pueda sostener las tasas de crecimiento experimentadas desde 1950 obliga a hacer conjeturas sobre los factores que lo han determinado, en lo cual tampoco hay consenso. El hecho es que, entre etapas de expansión acelerada, otras en que se debilita y algunas crisis, en esos 75 años la economía creció a un ritmo medio de 5.34% anual; ninguna otra economía de América Latina obtuvo éxitos similares, por más que algunas de ellas hayan crecido aceleradamente en períodos más cortos.

Si consideramos los diversos factores a los cuales se atribuye el éxito económico (calidad de la educación, inversión en infraestructura, desarrollo tecnológico, institucionalidad, estabilidad política, etc.), no hay dudas de que han mejorado, pero si fuera a juzgarse por ellos habría muchos otros países de América Latina que merecían crecer más, por lo que nuestra suerte no puede ser más que obra de la Virgen de la Altagracia.

Tenemos que reconocer que en ciertos aspectos las cosas han ido relativamente bien. Por ejemplo, la democracia en la República Dominicana funciona mejor que en gran parte de los países, aunque eso es cosa de los últimos 30 años (desde que existe Participación Ciudadana y una sociedad civil más activa), por lo que podría explicar los logros de tres décadas, pero no de los años 50,s y 70,s.

Se hicieron importantes reformas en los 90,s, que explican bastante, pero no pueden  ser determinantes dado que muchas fueron mutiladas, sencillamente no se ejecutaron, o sometidas a contrarreformas. Otro elemento que gusta a los inversionistas es la estabilidad política, la previsibilidad, en el sentido de que aquí nunca pasa nada, no importa quien gane las elecciones terminará siempre haciendo lo mismo. No existen los radicalismos de izquierda o derecha que se convirtieron en una plaga en la región.

Tenemos acuerdos de libre comercio con diversos países, pero, a decir verdad, ellos le han sacado mayor provecho que nosotros, pues el modelo que hemos escogido es de crecimiento hacia adentro, es decir, la economía crece a base de la demanda interna, y así seguirá siendo mientras la preocupación fundamental sea mantener dólares baratos para satisfacción de la clase media urbana. Las exportaciones de bienes se redujeron del 25% del PIB a inicios del decenio de 1990 al 11% últimamente, y el coeficiente de exportaciones totales, incluyendo bienes y servicios, declinó del 38% hasta 22%.

Durante este largo período muchos cambios estructurales tuvieron lugar, incluyendo la acelerada urbanización, la universalización de la educación primaria, el paso de la economía agro-exportadora a la industrial sustitutiva de importaciones para luego descansar en los servicios. Ahora bien, el único sector desarrollado con capacidad de arrastre hacia otros sectores es el turismo, el cual, junto al efecto de las remesas, ha empujado consigo a la construcción, el transporte y almacenamiento, el comercio, las actividades financieras y las inmobiliarias.

Llama la atención que todos estos sectores hayan perdido dinamismo recientemente, excepto el sector financiero, que fue el único en crecer mucho en el 2025, aunque quizás sea muy temprano para deducir agotamiento del modelo.

En lo que sí parece haber casi consenso entre los economistas es en que las perspectivas de desarrollo futuro del país no se ven muy claras sin reformas fundamentales. Por ejemplo, ya el sistema educativo dominicano no da para más en términos de desarrollo tecnológico, y hay que abordarlo con seriedad, añadiendo que el saldo migratorio es contrario a tal fin, pues emigra población mejor educada que la entrante.

El estrangulamiento fiscal es otra barrera crítica para afrontar asuntos fundamentales: el endeudamiento continuo, la precariedad de los servicios y baja inversión pública no pueden ser opciones eternas y tema fiscal no puede verse por separado del sector eléctrico ni del sistema de seguridad y asistencia social. Y finalmente, no podré cansarme de insistir en la imposibilidad de desarrollar sectores internacionalmente competitivos con la perenne sobrevaluación cambiaria.

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Isidoro Santana

Economista

Ex Ministro de Economía, Planificación y Desarrollo, agosto 2016-2019. Economista. Investigador y consultor económico en políticas macroeconómicas. Numerosos estudios sobre pobreza, distribución del ingreso y políticas de educación, salud y seguridad social. Miembro de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Miembro fundador y ex Coordinador General del movimiento cívico Participación Ciudadana y ex representante ante la organización Transparencia Internacional.

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