En la Avenida Máximo Gómez con esquina 27 de Febrero hubo una hermosa y floreada rotonda donde había una estatua del general libertador de América José de San Martín.
Allí, en un homenaje a la Argentina en 1982, durante la Guerra de las Malvinas, escuché a Juan Bosch dar un discurso en el que, con su voz pausada y firme, evocó la valentía de Lord Byron, aquel poeta que no se conformó con escribir sobre la libertad, sino que fue a morir por ella en la independencia de Grecia.
Aquella escena —perdida ya en la transformación de la ciudad, borrada quizá por el tránsito y el olvido— quedó, sin embargo, intacta en la memoria. Porque hay palabras que no se las lleva el tiempo: se quedan sembradas como una semilla silenciosa que un día, sin aviso, vuelve a florecer.
Hay ciudades que se ven y se olvidan, y hay otras —pocas— que se quedan dentro del hombre como una segunda conciencia. Roma es una de ellas.
No se la contempla: se la atraviesa como quien entra en una historia que ya existía antes de uno nacer.
Y sin embargo, cada viajero que llega cree descubrirla por primera vez, como si la ciudad lo estuviera esperando desde siempre.
Así le ocurrió a Lord Byron, aquel inglés inquieto, aristócrata por título y rebelde por naturaleza, que nació en Londres en 1788 con una mezcla extraña de privilegio y herida.
Era cojo desde niño, y quizá por eso aprendió temprano a desafiar al mundo. Heredó su título de barón siendo apenas un muchacho, pero nunca heredó la paz.
La inquietud lo acompañó como una sombra fiel, empujándolo a escribir, a amar sin medida, a vivir como si cada día fuera el último.
Cuando publicó Childe Harold’s Pilgrimage, Europa lo descubrió de golpe.
No era solo un poeta: era un personaje. El héroe que había creado —melancólico, orgulloso, errante— no era más que un reflejo de sí mismo.
Desde entonces, Byron no volvió a pertenecer del todo a Inglaterra. Su vida se volvió un viaje continuo, un exilio voluntario entre paisajes y pasiones que buscaban, sin saberlo, una forma de redención.
Y en ese vagar llegó a Roma.
“Sí, he llegado finalmente a esta capital del mundo… Todos los sueños de mi juventud ahora los veo vivos… solo en Roma es posible comprender Roma”, escribió. Y no era una frase literaria: era una confesión.
Porque Roma no se deja describir con palabras simples.
Está en la bóveda inmensa de la Capilla Sixtina, donde Michelangelo pintó el drama de la creación como si hubiera visto a Dios de cerca.
Está en la Plaza de San Pedro, donde el mundo entero parece reunirse sin necesidad de ponerse de acuerdo.
Está en La Escuela de Atenas, donde Raphael ordenó el pensamiento humano como quien organiza el universo.
Y está, silenciosa y obstinada, en el Foro Romano, donde las ruinas no son restos, sino memoria viva.
Byron, que había escandalizado salones, amado sin prudencia y huido de su propia fama, encontró en Roma algo que no había encontrado en ninguna otra parte: una medida para su propio desorden.
Frente a esas piedras antiguas, comprendió que la grandeza humana no está en el ruido del presente, sino en la persistencia del tiempo. Roma no le habló de poder, sino de duración. No de gloria inmediata, sino de huella.
Y quizá por eso, después de Roma, Byron ya no fue el mismo. Siguió viajando, escribiendo, ardiendo en sus propias contradicciones, hasta que decidió convertir su vida en acto definitivo. En 1823 partió hacia Grecia, no como turista, sino como combatiente.
Allí, en Missolonghi, entre el barro y la fiebre, murió en 1824, joven aún, como mueren los que no saben vivir a medias. Grecia lo lloró como a un héroe. Inglaterra, que antes lo había juzgado, tuvo que reconciliarse con su memoria.
Pero hay algo que quedó suspendido en el tiempo, como una frase que no termina de decirse: ese instante en que Byron, por fin, comprendió Roma.
Porque Roma no se entiende con los ojos, sino con la experiencia. No se explica en libros, ni se agota en monumentos. Roma es una acumulación de siglos que respiran al mismo tiempo. Es la prueba de que el hombre puede desaparecer, pero su obra —cuando es verdadera— permanece.
Y en ese sentido, Byron y Roma se parecen.
Ambos fueron exceso, intensidad, contradicción. Ambos desafiaron su época. Ambos, de alguna manera, sobreviven.
Quizá por eso, cuando uno mira la ciudad desde lo alto —como en esa plaza abierta al mundo que es San Pedro, o entre las columnas rotas del Foro— siente que no está viendo el pasado, sino el tiempo mismo detenido, esperando ser comprendido.
Y entonces se entiende, finalmente, lo que Byron quiso decir.
Porque solo en Roma es posible comprender Roma.
Compartir esta nota