"El amor de la patria nos hizo contraer compromisos sagrados para con la generación venidera; necesario es cumplirlos, o renunciar a la idea de aparecer ante el tribunal de la Historia con el honor de hombres libres, fieles y perseverantes" — Juan Pablo Duarte y Díez

Después de una parranda maratónica en una discoteca del centro histórico de Santiago —un reencuentro con amigos y familiares tras once años en Estados Unidos— terminé solo, todavía entorpecido, buscando algo de comer. Ya amanecía. Caminé por una desolada calle del Sol, hacia el enjambre de carritos de comida rápida en los alrededores. Pedí una modesta tostada de jamón y queso y me senté en las escalinatas de un parque justo al cruzar la calle.

Los escalones conducían a la estatua del patricio Juan Pablo Duarte. Allí estaba la imagen del padre de todos los dominicanos —dilapidada y cagada por las palomas—, bajo una sombra espesa. Me recordó a mi abuelo, que solía decir con convicción casi litúrgica: "Duarte y Desiderio Arias son dos hombres grandes". Antes de que pudiera hilar ese recuerdo, un borracho se me acercó, señaló la estatua y murmuró: "¿Y la mía, pa' cuándo?" Una sonrisa iluminó su rostro y siguió su camino, dejando atrás una carcajada burlona.

Aquel comentario, tan absurdo como revelador, me sacudió. No terminé de comer. Me subí al carro que renté ese mismo día y conduje hasta el hotel Hodelpa, ubicado en la misma autopista Duarte.

Me apresuré a llegar a la habitación. Al entrar, el sol intruso ya se colaba por la ventana. Mi primer instinto fue sacar el computador y buscar el nombre de Duarte en un mapa digital del país. Pronto, su nombre empezó a multiplicarse hasta volverse paisaje en la pantalla. Seguí buscando, y un breve ejercicio de observación —casi un censo improvisado— confirmó mi intuición: al igual que en Santiago, la fórmula se repetía con una disciplina puntual en otras provincias. En Puerto Plata, San Pedro de Macorís, Higüey o Mao, Valverde, la "calle Duarte" no existía al azar. A su alrededor, como si se tratara de una coreografía urbana, aparecían el parque Duarte y la estatua de Duarte acompañándole. Mientras observaba los puntos rojos en el computador, pensé que el nombre no distinguía; se reproducía.

Tras años fuera del país, lo que más me sorprendía no era la presencia de Duarte, sino su multiplicidad por el territorio nacional. Su nombre aparecía con una frecuencia casi obsesiva: en estatuas, parques, calles, avenidas, escuelas, liceos, politécnicos —esto sin mencionar las sectas oscuras que han secuestrado el nombre del héroe nacional de manera cruda y rabiosa para defender al país de ataques invisibles.

Me tiré en la cama, pero una despiadada luz emanaba desde la ventana. Recordé que en la misma mochila, junto al computador, tenía dos libros que llevaba conmigo como amuletos: La composición social dominicana, de Juan Bosch, y la Odisea, de Homero. Abrí el primero.

Busqué el capítulo XV, titulado "La pequeña burguesía en la historia dominicana". Allí, Bosch cuenta que Duarte fue propuesto para la presidencia por comerciantes de Santiago y andulleros de los campos vecinos, tras la batalla del 30 de marzo. Pero también advierte algo más inquietante: aunque Duarte tenía las condiciones políticas, el poder real —el militar— estaba en manos de Pedro Santana, un hatero del Seybo, y de Buenaventura Báez, heredero de "una familia de cortadores de madera del Sur".

Debo confesar que fue la primera vez que leí ese texto, no como un análisis social e histórico, sino como una queja, ya que Duarte fue humillado y expulsado del país por las mismas fuerzas fraternas que destruyeron, en otro tiempo, el gobierno del mismo Bosch.

El autor presentaba a Duarte, ante todo, como un hombre de fe excepcional: un creyente en las ideas liberales que apenas nacían en su tiempo —estado de derecho, libertades públicas, mérito y responsabilidad— en un país que aún no estaba hecho para sostenerlas.

Así fue que llegué a una reflexión incómoda:

Nombramos avenidas, levantamos bustos de bronce, repetimos lemas de Duarte —y en ese gesto creemos haber cumplido. Pero el homenaje que no se institucionaliza se vuelve decoración: un símbolo que tranquiliza la conciencia mientras la realidad sigue su curso por otros carriles.

Después de casi dos siglos, la República Dominicana sigue lejos de esos principios. El culto ha preferido la comodidad del bronce antes que la exigencia de poner en práctica sus ideas.

La paradoja es evidente: un país saturado de Duarte y, al mismo tiempo, escaso de su proyecto. Porque seguirlo no es invocarlo; es convertir su ideario en praxis.

Quizá eran los años fuera del país —o esa irreverencia práctica que uno aprende en Estados Unidos— los que me permitían mirar con cierta distancia una costumbre que aquí rara vez se cuestiona. En la República Dominicana, Duarte ha dejado de ser un prócer para convertirse en una etiqueta, usada y abusada para maquillar y legitimar un fracaso descomunal e inapelable: no hemos podido vivir a la altura de su proyecto.

Mientras miraba la internet, no faltaron mediocres y lambones afirmando que esa omnipresencia del bronce en las plazas y parques es prueba de vigencia, que el nombre de Duarte recorre el país como una extensión viva de su proyecto de nación. Otros —más escépticos— sostenían que el relato duartiano solo ha sido magnificado hasta convertirse en un velo cómodo que oculta una narrativa reaccionaria contra los haitianos y el "amenazante" fantasma de la negritud.

Detrás de esa absurda tendencia de usar el nombre de Duarte como etiqueta advertí algo más profundo. Pareciera que al revestir el país con símbolos duartianos se intenta saldar una deuda histórica que nunca se ha querido asumir. Nombramos calles, levantamos estatuas, repetimos consignas —como si la proliferación de su imagen pudiera compensar el hecho de que, en el momento decisivo, la República no se organizó según sus ideas, sino que se le vedó del poder y se le expulsó a morir en tierras lejanas. Bosch lo explica muy claro: después de la independencia de 1844, el poder terminó en manos de los hateros, no de los trinitarios organizados por Duarte; es decir, el poder quedó en manos de las fuerzas bárbaras y no en el mármol de las ideas liberales encarnadas por el patriarca.

Desde entonces, el gesto se repite: exaltamos a Duarte en papel y bronce mientras lo excluimos en la práctica. El culto funciona como sustituto de la coherencia. Y así, entre monumentos y efemérides, se intenta suavizar una verdad perturbadora: que el fundador fue desplazado, enviado al exilio y condenado a ver su proyecto desdibujarse desde el destierro.

Sobra decir que nombrar no es construir. Repetir no es comprender. Y quizá el verdadero homenaje no consiste en propagar su nombre, sino en hacer posible, de una vez, la república que ese nombre prometía.

Creo que olvidamos algo esencial: las estatuas no fundan repúblicas. Si el bronce y la piedra fueran el verdadero cimiento de un proyecto de nación, ni el trujillismo ni la Unión Soviética ni otros regímenes sostenidos en el culto a la personalidad habrían colapsado. Un país no se organiza a base de monumentos ni de consignas, sino de instituciones que traduzcan ideas en reglas y reglas en hábitos colectivos.

Duarte no fue un monumento ni un mito: fue un organizador, una fuente de ideas. Apostó por la calidad moral y política de un núcleo joven que pudiera replicarse; pensó la República como un sistema de libertades, no como un altar cívico inservible.

Después de esas conclusiones, aturdido por el sueño y la nostalgia, me eché a dormir.

Angel Josué Arias

Filósofo

Escritor, comunicador, y lector aficionado de Platón, Nietzsche, Arendt y Jorge Luis Borges. Más que una forma de matar el tedio, Angel ve el periodismo como ejercicio precursor del diálogo colectivo y fervor del pensamiento comprometido.

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