Aprovechando este tiempo de Semana Santa, en el que muchos hacemos una pausa en medio de la rutina, quiero compartir una reflexión personal. No para imponer una visión, sino para dejar clara una convicción: necesitamos revisar el fundamento desde el cual estamos viviendo.
Inspirado también en la reciente conferencia de la doctora Victoria Camps sobre La sociedad de la desconfianza, vale la pena partir de un hecho evidente. Vivimos en un mundo marcado por la desconfianza. Desconfianza en las instituciones, en los liderazgos y en los demás. Pero más profundo aún, se ha debilitado algo esencial: la esperanza de que el ser humano puede orientar su libertad hacia el bien. Y como advierte Camps, incluso la idea de formar “buenas personas” ha dejado de ser central. Hablar de bondad ya no resulta atractivo, pero sigue siendo indispensable.
¿Cómo llegamos hasta aquí? El pensamiento liberal, en su origen, colocó al individuo en el centro como respuesta a los abusos del poder. Fue un avance. Pero con el tiempo, esa libertad se redujo a una idea más básica: hacer lo que se quiere mientras no esté prohibido. Y en ese transcurrir, se perdió la capacidad de pensar en el otro. Es lo que Isaiah Berlin denomina libertad negativa.
El problema no es la libertad, sino su reducción. Cuando el yo se convierte en el eje absoluto, sin un marco ético que lo oriente, esa libertad termina convirtiéndose en otra forma de dependencia: del consumo, de las tendencias, de los impulsos y los deseos. Lo que parece autonomía muchas veces es una forma más sofisticada de sometimiento, incluso autodestructiva.
En este contexto, el cristianismo suele ser percibido como una limitación. Pero esa es una lectura superficial. Conviene también aclarar algo: los abusos cometidos a lo largo de la historia en nombre del cristianismo no nacen de su doctrina, sino de quienes la han distorsionado para justificar poder. El problema no ha sido el cristianismo. Ha sido el ser humano.
El verdadero cristianismo propone algo distinto. No una prisión, sino un camino hacia la verdadera libertad. Como dice Jesucristo: “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. La verdadera libertad no es hacer cualquier cosa. Es no ser esclavo de aquello que nos domina.
Y ahí aparece el fundamento esencial que da sentido a esta libertad. Ya en el primer mandamiento Dios declara: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. Jesucristo lo retoma y lo eleva como el mandamiento más grande: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”.
Este mandamiento no es una carga, sino la clave para ordenar nuestra libertad. Cuando Dios ocupa el primer lugar, todo lo demás encuentra su sitio correcto. Los dioses ajenos de nuestro tiempo, el yo absoluto, el consumo, las tendencias, los impulsos y los deseos, o el poder, dejan de esclavizarnos. Solo entonces podemos ser verdaderamente libres para vivir plenamente y libres para hacer el bien.
Aquí el cristianismo converge con lo que la ética griega denomina ética de virtudes. Pero va más allá. No se trata solo de formar carácter. Se trata de una vida transformada por Dios. Una vida que se expresa en los frutos del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Y en actitudes concretas: respeto, generosidad, humildad, empatía.
Porque la ética no se enseña como teoría. Se vive. Y la fe, si no se expresa en obras, está muerta. El cristianismo reconoce algo que hoy resulta incómodo: el ser humano, por sí solo, no siempre es capaz de sostener ese estándar. Por eso Cristo afirma: “separados de mí nada podéis hacer”. No como negación de nuestra capacidad, sino como recordatorio de nuestros límites.
Una sociedad no se sostiene solo con leyes. Se sostiene con personas. Personas con integridad. Personas que no abusan del poder. Personas que entienden que la libertad implica responsabilidad.
El problema de nuestro tiempo no es la falta de libertad. Es la ausencia de un fundamento que le dé sentido. Por eso esta reflexión nos hace una invitación clara: ordenar nuestra vida desde principios verdaderos, vivir conforme a ellos y volver a Cristo. Una buena oportunidad para hacerlo en este tiempo de Cuaresma, recordando que es en su sacrificio en la cruz donde la libertad encuentra su verdadero sentido y la vida su propósito.
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