Revisitando los mitos griegos volví a releer por décima vez aquel versos de La Ilíada, en el que el viejo Néstor le decía a los guerreros y héroes  griegos  que no regresaran a su tierra y casa, sin que hayan logrado acostarse con algunas de las esposas de sus enemigos.

Los atenienses y espartanos apoyaban violaciones masivas. En los conflictos modernos, las mujeres, las ancianas y las niñas y niños son los primeros que corren peligro, ya sea por un dron o misil o por las tropas que invaden y toman los territorios.

La masculinidad del guerrero o soldado está marcada por la violencia y el claro objetivo de destruir todo a su paso. El patriarcado en su expresión de poder tiene harta experiencia desde la estructura de la familia, hasta en la forma de gobernar. Se sabe incluso de mujeres soldados que agreden a otras mujeres en una contienda bélica, aunque esas otras mujeres, no estén participando del evento militar.

Los conflictos bélicos son un espacio donde los seres humanos nos enfrentamos con el odio y la desnudez del alma. Es un espacio de la geografía humana, donde se mostrará la realidad  psíquica.

Carl Jung en un libro que publicó en 1934, el cual tituló Realidad del Alma, planteó que los males psíquicos no son fenómenos localizados, sino síntomas de ciertas disposiciones falsas que se corresponden con la personalidad.  Toda sintomatología conduce a  un camino que muestra, lo real de la psiquis.

Por ejemplo, el odio es un elemento esencial de la sombra que contiene aspectos reprimidos de la personalidad.

En la guerra el odio se diseña para poder soportar el acto de matar. El cual se origina por una proyección de los propios defectos del sujeto, los miedos y las debilidades inaceptadas, por el que padece tal sintomatología.

Lo que más odiamos o expelemos odio es lo que más intensamente nos muestra un reflejo de nuestro mundo psíquico.  Es lo que más nos negamos a reconocer en nosotros mismos.

En un combate de guerra, en el cual la gente es capaz de disparar un misil o matar en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, los soldados  se agarran de narrativas que impulsan una búsqueda propia en la psiquis, las cuales  generan estas sintomatologías  que pueden ser removidas para revelar en el inconscientes, los deseos reprimidos, tales  como el odio y la venganza.

En la guerra moderna usan lo virtual para separar y despersonalizar al sujeto de la fuerza destructora del Otro. Es como un vídeojuego letal que destruye por igual y provoca evitación del sujeto con la muerte del Otro.

Esos dramas interiores que se suscitan, a través de la muerte ajena, son los que se replican en los sujetos que van a la guerra.

Los soldados se entrenan para empujar la furia y el odio. La guerra es una fuerza de destrucción que nadie desea, la cual está sostenida en un constructo que autorizan comportamientos que movilizan el terror, la incertidumbre, y las estrategias de destrucción.

Un ser humano que va a una guerra y toma en sus manos el acto de decidir sobre la vida y la muerte ajena desarrolla determinadas sintomatología psicológica tales como: pesadillas, traumas, miedos, ansiedades, entre otros.

Cuando el griego Néstor, le decía a sus guerreros: “maten y eliminen por medio de la fuerza al llamado enemigo”, también solicitaba que utilizaran la depredación sexual contra las mujeres, del Otro.

El viejo Néstor estaba movilizando, la geografía de la sombra, no sólo de los soldados, como colectivo que matan por "una causa", sino también  para levantar el velo que corroe y rompe el alma del sujeto, ya  que dicho acto vinculado con la sexualidad y el goce, quita la represión y hace que aparezca la fuerza de la pulsión de muerte.

Esas fuerzas  interiores son invitadas para que se pongan en escena.  La compulsión del tánatos colectivo, no siempre en los sujetos es la misma, pero hay algunos sujetos que rompen la represión y muestran  la fuerza de lo primitivo que están vinculadas con el sentido del orden del padre.

Estos son los aceites que embadurnan al soldado y son los preferidos del tánatos. Cabe señalar a  la rabia, el odio, la premeditación para destruir y hacer el mal, entre otras. Antiguas combinaciones que son las mejores máscaras para los soldados, porque hace su presencia el sadismo contra el Otro.

En la mirada de los acontecimientos de la geopolítica de la guerra actual, no es sorpresa para nadie que la erótica que más domina es la venganza, por situaciones que pueden ser absurdas, falsas, o creadas para que aparezcan los juegos de la sombra.

En toda guerra se multiplica la pulsión de destrucción, como entidad psicopática que rechaza la diferencia, la cual va dirigida a convertir en ceniza al Otro.

La guerra es una pasión que se desnuda en la venganza del Otro que no se considera un emisor de signo.

Es una erótica del goce que coloca fuera de sí mismo, a los sujetos. Ya  que no se quiere aceptar al Otro. Las  diferencias no se comprenden, porque tampoco se entiende, la del sí mismo. Por tanto, los enfrentamientos, bajo la mirada de la guerra, sea cual sea el motivo, siempre están marcados por la imaginación. A razón de esa falacia ontológica, se elaboran mecanismos de defensas por la incapacidad de soportar la relación con el Otro.

Toda guerra lleva un relato para sostener el odio y la venganza. Es una súplica que explicita lo trágico, por ejemplo en la historia de occidente, el caso de la venganza desbordante de la mujer más sola de la historia griega, es el de Medea. Es un buen ejemplo de lo insoportable que fue para ella, el rechazo de su deseo.

En occidente el juego está moviéndose, no solo en el marco del inter-juego de lo femenino o masculino, se sitúa en la carga psíquica del deseo sostenido en la materialidad de los commodities, y de la vía del Eros como entidad que mueve los campos de batallas.

Los trazos para asesinar en equipo es lo que constituye la letalidad de la guerra. El banquete de la venganza y del odio como estructura de la psiquis es lo que mueve la base de cualquier guerra. Es poner en evidencia la ridiculez de querer buscar la paz, por medio de la destrucción.

Una sola muerte de cualquier bando, no da validez a la guerra.

No obstante, la figura de los héroes en la historia es siempre retomada, para dar fortaleza, a los relatos de los transgresores que interactúan y promueven la muerte como base del goce de lo letal.

La guerra crea víctimas humanas y de otras especies, de un lado a otro de la geografía. No es un cumpleaños, ni tampoco una caricia furtiva en el desván. Es la burla más ridícula que se expone en escena en la historia de la humanidad.

La guerra yo la consideró como una imposibilidad que se impone y provoca en lo personal: impotencia, tristeza y horror. El sustraer la vida de los Otros es en sí mismo, una derrota de la palabra, la cura, la sonrisa y los abrazos.

Esta realidad fundamentalmente humana está sostenida en la irracionalidad, en los desórdenes psíquicos de quiénes la impulsan y la gestionan, en el orden de cualquier grupo, estado o etnia.

Es la vergüenza de los acuerdos, el pecado de los religiosos, la patología de una humanidad  que con una intensidad brutal revela que perdimos los cantos de libertad, de gratitud, de amor recíproco y de construir signos de reciprocidad.

Yo soñé con un siglo XXI llenos de puentes y encuentros que fueran portadores de belleza, armonía, intercambios y de banquetes de sabidurías amorosas e inofensivas. Yo soñé con el amor colectivo.

Ahora estoy atravesando, la pesadilla de las lanzas que me remontan a una vieja genealogía, la de que los seres humanos, no hemos aprendido, a pesar de tantas tintas, conocimientos, rezos y sacrificios para apuntalar a la cura psíquica.

Hoy estamos  en las funestas noches hesiódicas sin romper con ese sin sentido de un viejo malestar, el de culpar al Otro, en el orden del narcisismo primitivo. Occidente construyó el goce de sus imaginarios y  sostiene la obstinación de validar y legitimar  el poder del tánatos.

Fátima Portorreal

Antropóloga

Antropóloga. Activista por los derechos civiles. Defensora de las mujeres y los hombres que trabajan la tierra. Instagram: fatimaportlir

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