Conocí a Ramón Alburquerque Ramírez cuando regresó al país después de completar estudios en Alemania y en los Estados Unidos. No volvió como político, sino como lo que realmente era entonces: un ingeniero bien formado, culto, riguroso, con mentalidad científica y vocación pública.

A partir de ahí se fue construyendo una amistad que fue, al mismo tiempo, humana, intelectual y política. Éramos de generaciones cercanas, compartíamos lecturas, discusiones técnicas y una preocupación genuina por el rumbo del país. Ese lazo no se rompería nunca.

Había, además, un vínculo político que conviene precisar desde el inicio. Ramón fue uno de los primeros simpatizantes del naciente Partido de la Liberación Dominicana. En los años iniciales, cuando el partido apenas empezaba, llegó incluso a ser circulista.

Eso no era un título decorativo: era disciplina, estudio y compromiso ético. No llegó a ser miembro formal del PLD, pero esa cercanía temprana explica mucho de su manera de pensar la política. Fue, desde joven, un hombre de ideas y de método.

Ese mundo familiar y político se completa con una figura que la historia no siempre ha valorado en su justa dimensión: Félix Alburquerque, hermano de Ramón. Félix fue dirigente sindical de primer orden, secretario general de la Unión Nacional de Choferes Sindicalizados (UNACHOSIN), uno de los gremios de transporte más importantes del país hace seis décadas. Militó y dirigió en el Partido Revolucionario Dominicano, pero, y esto es lo decisivo, fue fundador del PLD y uno de los primeros veinte miembros de su Comité Central en 1973.

Yo lo conocí y lo traté. Félix encarnaba el puente entre el sindicalismo real de masas y el boschismo organizado. Sin Félix, y sin otros dirigentes como él, no se entiende el carácter popular del PLD en sus orígenes.

Ramón entró al Estado por la vía técnica. En el tramo final de los Doce Años, entre 1974 y 1978, fue contratado como asesor del Ministerio de Industria y Comercio durante el gobierno de Joaquín Balaguer.

El ministro entonces, Julio Genaro Campillo Pérez, se rodeó de un equipo de jóvenes técnicos bien preparados. Entre ellos estaban Ramón, Vicente Bengoa, Manuel “Coco” y otros. En ese espacio de trabajo, lejos del proselitismo, se afianzó nuestra amistad. Allí se discutían problemas concretos del país, con cifras, con procesos productivos, con sentido de Estado.

El cambio político de 1978, con la victoria de Antonio Guzmán Fernández, marcó un punto de inflexión. Ramón se vinculó orgánicamente al PRD, partido en el que desarrollaría toda su carrera política posterior y del cual surgiría, años después, el Partido Revolucionario Moderno.

En el gobierno de Guzmán fue designado director de un instituto de investigaciones creado por el Banco Central para apoyar técnicamente a la industria nacional. Esa institución cambió de nombre y funciones con el tiempo, pero entonces cumplió un papel relevante en la articulación entre política monetaria, industria y desarrollo.

En esos mismos años, Ramón asumió una responsabilidad estratégica que hoy conviene recordar con detalle: fue asesor del presidente de Rosario Dominicana, la empresa estatal creada tras la adquisición por el Estado dominicano de las acciones de la compañía extranjera que explotaba la mina de oro y plata de Cotuí.

El presidente de Rosario Dominicana, designado por Guzmán, fue Ramón Báez Romano, quien había sido ministro de Industria y Comercio. El tema no era menor: se trataba de soberanía económica, de cómo se explotaba, refinaba y comercializaba el oro dominicano.

Paralelamente, el PLD —aún en la oposición— pensaba seriamente la economía nacional. A través de Juan Bosch y de su equipo económico original, se formularon propuestas concretas sobre la explotación y comercialización del oro y la plata.

Ese equipo lo integrábamos Vicente Bengoa, Félix Jiménez (Felucho) y yo. Entendíamos que el problema del oro no terminaba en Cotuí: continuaba en la comercialización internacional, en el refinamiento y en la formación de precios.

Como resultado de esas sugerencias, y con visión de transparencia, Ramón Báez Romano decidió enviar a un grupo amplio de periodistas dominicanos a Europa para conocer de primera mano el proceso completo. El viaje se realizó en octubre de 1980.

Yo participé como periodista, no por militancia, aunque fue el PLD quien impulsó la idea. El coordinador del viaje, en su condición de asesor de Rosario Dominicana, fue Ramón Alburquerque.

Salimos de Santo Domingo, pasamos por Nueva York y llegamos a Zúrich, donde visitamos la Swiss Bank Corporation, entonces responsable de la comercialización del doré dominicano, esa aleación de oro y plata que sale del país y se separa en Europa.

Luego recorrimos por carretera desde Zúrich hasta el norte de Italia, a Como, para conocer la refinería Valcambi, donde se realizaba el refinamiento. El viaje concluyó en Milán, desde donde cada quien siguió su camino.

El grupo de periodistas era amplio y representativo del mejor periodismo dominicano de la época. Estaban Mario Álvarez Dugan, entonces director de El Nacional; Aníbal de Castro, jefe de redacción de Última Hora y hoy director de Diario Libre; Bienvenido Álvarez Vega, Pedro Caba, Juan Bolívar Díaz, entre otros. Durante todo el recorrido, Ramón Alburquerque nos acompañó, explicó, respondió preguntas y tradujo la complejidad técnica del oro al lenguaje del periodismo. Ese era Ramón: técnico riguroso y pedagogo natural.

En el gobierno siguiente, el de Salvador Jorge Blanco, Ramón fue designado Secretario Técnico de la Presidencia, un cargo que equivalía en la práctica a un ministerio y que es antecedente directo del actual Ministerio de Economía. Desde ahí consolidó su perfil de analista técnico con responsabilidad política.

Más tarde vendrían la etapa senatorial por Monte Plata y otras funciones públicas, siempre con el mismo sello: análisis con criterio científico, sin estridencias ideológicas, con simpatías políticas claras pero sin perder el rigor.

Monte Plata, por cierto, no era una provincia cualquiera. Desde hacía tiempo estaba en el radar de proyectos agroindustriales estratégicos, como la siembra de palma africana impulsada por la Sociedad Industrial Dominicana, donde la familia Bonetti tiene participación mayoritaria.

No es casual que José Miguel Bonetti Guerra se interesara en aquella candidatura senatorial. Ramón ofrecía algo escaso: previsibilidad, conocimiento técnico y seriedad institucional.

Nuestra comunicación nunca se interrumpió. La última vez que lo vi fue el 29 de enero de 2025, en el Hotel Embajador, durante un homenaje organizado a Julio Hazim. Un año exacto antes de su fallecimiento. Nos saludamos como siempre, con afecto y respeto.

Por eso, cuando pienso en Ramón Alburquerque, no lo recuerdo solo como senador o ministro. Lo recuerdo como un técnico que entró a la política y nunca dejó de pensar como técnico, como un amigo leal, como un hombre que supo moverse entre el Estado, el pensamiento crítico y el periodismo sin perder la coherencia. Esa es, a mi juicio, su verdadera herencia.

Víctor Grimaldi

Víctor Manuel Grimaldi Céspedes (Santo Domingo, 22 de diciembre de 1949) periodista, historiador, político y diplomático dominicano.

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